Fue importante y saludable plantear un debate, pero el resultado fue soso, como chupar un clavo, porque los candidatos no pensaron (pensar es un riesgo), sino que repitieron sus recetarios oportunistas de memoria.
Fue, en síntesis, un fenomenal show de abstracciones y algunas particularmente insanas, como las que vinculan fuerzas armadas en barriadas pobres o los festivales de préstamos, la pobreza cero, el crecimiento económico desmesurado y las quitas mágicas de impuestos.
Los convocados se esforzaron hasta lo patético en prometer que nos levantarán un paraíso. En esto, Massa y Macri picaron en punta, cacareando lo indecible y asegurando que pondrán huevos de oro a partir del año que viene. Y Rodríguez Saá, bueno, es sencillamente propietario de una liviandad inaudita y de una seriedad tragicómica.
Algo llamó la atención: la dificultad de los tres para responder preguntas fuera de la cantinela que tenían preparada y otra dificultad, mayor aún: la de hacer una simple y llana pregunta en sobrados treinta segungos, sin quedar trabados en argumentaciones sin norte. Aparentar solidez, en sus casos, fue una forma de la debilidad.
Salvo Margarita Stolbizer, por nobleza y lucidez, y Nicolás Del Caño, por destino e ideología, los candidatos fueron vagos y aburridos. Por eso, se destacó la minoría: una mujer –inteligente e idónea– y un joven, sostenido en el hecho histórico de que la suya es una lucha de clases, ideológica, y la de los otros, es una lucha por conseguir el poder.
Sin dudas, el debate hubiese ganado si Scioli hubiera estado presente: no habló bien de él gambetear la invitación. Debería haberlo asistido, claro que sí, intercambiando y conflictuando sus ideas, pero este es también un juego de conveniencias y le convino, quizás, dejar a sus rivales en compañía de su ausencia, pues el sustento mayor de los opositores no radica en la exhibición de gestión, sino en sus críticas al oficialismo (de hecho, todos se pusieron en fila sólo para “pegarle” a Scioli tal como estaba estructurado en detallados momentos del show -por eso, tal vez, haya sido inteligente para sus aspiraciones no ir-, incluso lo hicieron los periodistas, siempre tan poco discretos, tan aparentemente circunspectos y falsamente neutros, siempre protagonistas enmascarados).
Para muchos votantes, los candidatos opositores han ganado valor sólo parándose en la vereda de enfrente del oficialismo, pero está visto que no es suficiente: hay que tener un plan distinto, si la intención es diferenciarse. Por esto mismo, se diferenciaron bastante Margarita y un poco Nicolás: porque se mostraron distintos, tal vez porque son distintos.
En fin, salvo excepciones, fue esta puesta en escena tediosa, ñoña, presuntuosa, pueril y, no obstante, nutritiva para el proceso democrático.
Nada de lo que prometieron o dijeron fue probado o sostenido con evidencia. ¿Por qué? Porque no es el momento de probar nada. Es éste un momento de prometer nirvanas a troche y moche, con recetas aprendidas de memoria y con evangelios mórbidos de estupendos bachilleres, algunos más trompeteros que otros, tal como los supimos conseguir.
Ulises Naranjo.