Con el de ayer, ya son siete los traspiés que ha sufrido el peronismo mendocino en lo que va del 2015. A pesar de ello, sus dirigentes se niegan a ver que los únicos responsables de estas derrotas son ellos mismos y siguen aplicando fórmulas obsoletas para revertir su situación.
No se trata de un problema que se resuelva caminando la provincia ni imaginando discursos convincentes, pero esta es la receta que el Frente Para la Victoria aplicó sistemáticamente luego de cada revés electoral. Encandilados por los cómodos triunfos de años anteriores, se niegan a ver que no es la oposición la que los derrota en las urnas, sino que ellos mismos han dejado de ser una opción creíble para una ciudadanía desencantada por la negligencia y la corrupción.
Si bien existen municipios que han logrado salvar sus prendas y navegaron con éxito en medio de la turbulencia, son atrapados por otros que como anclas bajo el agua los arrastran al naufragio.
Ya no basta con caminar, militar o pregonar para ganar una elección. Los mendocinos no están dispuestos a seguir avalando gestiones como las de Luis Lobos en Guaymallén o Carlos López Puelles en Luján de Cuyo. No van a votar al partido que abandonó a su suerte a estos dos municipios, a los que desde las elecciones de junio ha comenzado a cubrir la basura.
Los mendocinos están cansados de las falsas promesas, o de las frases carentes de contenido. Ya no toleran las mentiras de un gobernador que se encapricha en negar los problemas que luego se vuelven evidentes a la hora de pagar sus salarios a los miles de empleados estatales.
Están cansados de ver como Francisco Pérez, Carlos Ciurca y tantos otros intentan refugiarse bajo el ala protectora de Daniel Scioli, que para colmo ha comenzado a perder su confortable plumaje.
Y sin embargo, los mismos errores vuelven a surgir luego de una nueva derrota…con un Francisco Pérez ausente cuya autocrítica sigue sin aparecer. Los mendocinos necesitan que su mandatario, el que conduce los hilos de la enorme marioneta que es el Estado, haga un mea culpa.
Pero en cambio, la respuesta sigue siendo el silencio y los promotores de la "ola naranja" (como Ciurca) se demoran en dar vuelta la página de cara a la última batalla electoral: la del 22 de noviembre.
Quizá la victoria de Celso Jaque en 2007 con su famoso “mapa del delito” que nunca existió o el arrastre de Cristina Fernández en 2011 que catapultó a Pérez a la gobernación terminaron por nublar la vista del peronismo mendocino.
Ya no sirven las colectoras, ya no es suficiente la lista sábana, las promesas vacías perdieron efecto y el ataque al rival es una táctica demasiado obvia. Siguen pensando en dividir a la oposición, cuando en realidad no lo necesitan. Solo deben devolverle a los ciudadanos su fe en el peronismo, y eso sólo se logra con gestión.