Casi de una forma inentendible, al menos hasta que apareció el cuerpo de Melina Romero, la joven que desapareció hace 23 días cuando salió a bailar para festejar su cumpleaños, parte del eje mediático recayó en la “conducta” de la adolescente tratando de desentrañar quién sabe cómo, si el hecho de que una chica use piercings o sea tarjetera en un boliche tiene algo que ver con su muerte.
Para ser mas clara, si algo de lo que Melina era o hacía podía explicar cómo salió viva de su casa y apareció en un arroyo mugriento, días después.
Cierto tipo de opinólogos parecen plantear una suerte de relación entre marginalidad – en varios medios se resaltó el origen humilde de la joven- y estilo de vida con lo que significa la consecuencia mas terrible del odio machista. Porque lo de Melina es un crimen de género, un femicidio.
Melina antes que nada muere por ser mujer. Porque otro u otros piensan que pueden poseerla como objeto a punto tal de que no alcanza su cuerpo y es necesaria su vida. Y porque es como tantas, víctima de políticas inexistentes y de prevenciones que brillan por su ausencia.
Entonces de un lado se paran quienes plantean que usar cierto tipo de ropa, tener cierto tipo de relaciones o ser de tal o cual manera explican que una mujer termine muerta. Es una manera solapada de señalar por lo bajo que “se lo buscó”. Como si una saliera de su casa todos los días a ser una de las posibles victimas de violencia de género que hoy suman una muerte cada 30 horas.
En otro extremo, ciertos grupos feministas hacen el juego de los sectores retrógrados cuando plantean que vestirse o ser de tal o cual forma es "hacerle el juego al patriarcado” y ridículamente el eje de debate termina puesto en el uso o no de la minifalda y de la cera depilatoria. Pero de una manera u otra la culpa paradójicamente siempre es de la víctima.
Sería mas serio y razonable que para empezar, existan en el país cifras oficiales sobre la cantidad de Melinas. La única estadística la releva la ONG Casa del Encuentro, y solo contempla a las víctimas cuyos casos trascienden en los medios.
Luego vendría el turno de las políticas. Las de Emergencia por este tipo de violencia sexista que mata, mutila y desparrama el miedo. Y las educativas, que busquen formar varones que no necesiten ejercer una condición de superioridad inexistente y por cierto perimida, del modo que sea, aunque sea extremo.
Por ahora, parece que detenerse en detalles triviales, resulta una salida distractiva y hasta elegante para seguir haciendo nada.
Clarisa Ercolano