“Todos los indicadores de pobreza e indigencia han mostrado a través de organismos multilaterales de crédito y de las Naciones Unidas, que por un lado la Argentina ha prácticamente erradicado los niveles de indigencia y hambre”, aseguró por estos días el jefe de gabinete Jorge Capitanich en uno de sus habituales monólogos mañaneros.
“Ahora resulta que hay mucha más pobreza. Hay más obra pública, más construcción, más jubilaciones, pero dicen que hay más pobreza. Es insostenible”, dijo casi bravuconeando el ministro de economía esta semana.
“Si tenés la posibilidad de vivir más cerca, en lugares bastante dignos como los hay en las villas, porque la gente cree que son un verdadero desastre y nunca las caminaron; si vos tenés tu trabajo a 20 minutos de micro de Buenos Aires, lo que estás ahorrando de tiempo, de economía… Y además es más fascinante darte el gusto de por ejemplo poder escaparte al (cine) Gaumont.”, dijo sin sonrojarse uno de los periodistas voceros del modelo k.
Y de pronto, sin que nadie le abriese la puerta, con la fuerza propia que tienen las palabras duras EL HAMBRE, se colaba esta semana en el relato oficial. Aunque sea para negarla, los principales voceros del gobierno debieron traerla al escenario de la política de micrófono.
Y llegaba hasta ahí, la palabra tan temida y tan menospreciada, después de escalar en soledad recorriendo las villas cerca de los cines, los pueblos del interior, y las manzanas del conurbano olvidadas por las cámaras de TV y las planificaciones oficiales.
Esa misma palabra que fue sepultada por las estadísticas oficiales de un solo plumazo cuando a principios de año el INDEC la vio aproximarse y le cerró la puerta en la cara.
Y era casi obvio, que con las puertas oficiales cerradas buscaría otra manera y estrados para aparecer, porque la negación de su existencia no logra borrarla de la realidad.
Y así llegó hasta otra usina de cifras como el Barómetro de la deuda social de la UCA, que se fue transformando (propiciado por la ausencia de cifras oficiales) en una referencia para medir la pobreza y por consiguiente, EL HAMBRE.
En el total de la población urbana del país, la pobreza entre los menores de 18 años está estimada en 38,8%, contra el 37,2% de 2012. El porcentaje indica que unos 5 millones de niños y adolescentes son pobres, y dentro de este conjunto hay unos 800.000 (9%) indigentes.
El estudio de la UCA abarca 5700 hogares de 19 áreas urbanas. En el conurbano, en 2012 los niños sumergidos en la pobreza eran el 42%, un índice seis décimas inferior que el de la medición del año pasado pero el aumento es más pronunciado en comparación con 2011, cuando la tasa alcanzó el 38,5%, año en que se había registrado una baja significativa como efecto de la extensión del pago de la asignación universal por hijo.
Pero no solo la iglesia cuantifica el problema, que hoy miles de familias viven sin necesidad de que nadie les venga a cuantificar y mucho menos a negar. Según el último informe del Observatorio de la Pobreza, dependiente del Centro de Investigaciones Participativas en Políticas Económicas y Sociales (CIPPES) en febrero de 2014, tras la devaluación, la pobreza habría alcanzado al 33% de la población, esto es 13, 7 millones de personas, mientras que la indigencia es la situación hasta del 8.4% de los argentinos, es decir unas 3.5 millones de personas.
2001 y después.
Conscientes del mal recuerdo que la crisis del 2001, y la situación económica de aquellos días representan en el sentimiento colectivo una y otra vez los funcionarios apretados por las cifras o los fenómenos actuales recurren a la comparación como una especie de bálsamo auto satisfactorio. Y nadie puede negar que el hambre que comienza a aparecer no es la desesperante de finales de los 90. Pero ese argumento no alcanza. O por lo menos no les alcanza a aquellos que han tenido que volver a los comedores.
“Cada vez tenemos más chicos, y los chicos vienen con hambre. Repiten hasta tres veces de ración y en muchos casos han empezado a venir los padres también”, explica Lucrecia González coordinadora Barrios de Pie.
No puede haber hambre, si hay trabajo razona el joven ministro de flamantes patillas. Y aunque incluso las cifras oficiales reconozcan una merma en las cifras del trabajo y un estancamiento en la creación de empleo nadie parece relacionarlo. O por lo menos no en público.
Incluso pensando que el fenómeno del estancamiento del empleo fuese pasajero, cosa que hoy no se anima a asegurar ni el funcionario más negacionista, los números oficiales son demoledores.
La mitad de la población ocupada registró un ingreso inferior a los $4.500 mensuales al cierre del primer trimestre del año, según informó este martes el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). En tanto, sumando la totalidad de los ingresos de los hogares, el 50 por ciento reunió menos de 8 mil pesos por mes.
Siempre de acuerdo con la información oficial, tres de cuatro trabajadores obtienen un ingreso máximo de $7.000 por mes por su ocupación principal, mientras que apenas un 10 por ciento de los ocupados remunerados consigue ingresos superiores a los 10.000 pesos. A su vez se reveló que el 10 % inferior tiene retribuciones por hasta $1.500 y el 15% siguiente no supera los 2.800 pesos.
Sueldos por debajo de lo que hoy se necesita para conseguir llegar a la canasta familiar, y no ser pobre.
Lo que el estudioso del mercado laboral Javier Lindenboim explica como el fenómeno de los pobres con trabajo, hablando de aquellos que a pesar de tener trabajo estable lo tienen dentro de una precariedad que no les permite salir de pobres. Y asi parece ir empujando a cada escalada inflacionaria a más argentinos a la pobreza, tratando de hacer equilibrio para no desbarrancar hacia el oscuro rio del hambre.
Como si esta situación fuese posible de “instalar” la idea del hambre es ninguneada en su diagnóstico y en sus posibles causas. La palabra inflación que durante mucho tiempo sufrió la misma restricción de acercamiento al discurso oficial que hoy el hambre, (pero que ya se hizo presente en la agenda desde hace más tiempo) parece explicar gran parte del fenómeno.
Cuando el Centro de Estudios Sociales y Acción Comunitaria (Cesyac) difundió los resultados del relevamiento de precios al consumidor en Rosario correspondiente al mes de mayo la situación ya era complicada. Hoy, incluso con pronósticos optimistas la cosa ha empeorado.
En mayo la canasta básica de alimentos y servicios de Rosario alcanzó los $10.418,91, lo que representó un aumento de 1,69% respecto a abril. Pese a que en general no se registraron grandes variaciones en los precios de los productos, se destacó el rubro de productos envasados comestibles que creció 4,41%, mientras que otros tuvieron una variación negativa como carnes (1,46%), productos de limpieza (5,06%), frutas y verduras (17,54%) y bebidas (0,67%).
Y la caída en la venta de los supermercados por primera vez en 8 años parece atestiguar fielmente el fenómeno. La gente que hasta ahora viraba sus hábitos de consumo hacia segundas marcas como estrategia de combate a la inflación, ha comenzado a dejar de comprar. Y poco puede achacársele a este fenómeno alguna idea de especulación. Con la comida no se especula. Se deja de comparar cuando el bolsillo lo obliga.
Mas preocupa la respuesta que el diagnóstico
La indignación que puede causar la palabra oficial que niega el aumento de la pobreza y el retorno en algunos sectores vulnerables del fenómeno del hambre, queda secundarizada ante el horror que implica ver como esa negación se traduce en falta de políticas públicas para corregir los problemas (siempre teniendo fe en que se quieren corregir)
Los comedores populares subvencionados en parte por el estado son una muestra cabal de las consecuencias prácticas de esa negación. El Estado invierte unos seis pesos diarios por chico para darles de comer en los comedores comunitarios, cuando los nutricionistas aseguran que para garantizar una alimentación saludable hacen falta, como mínimo, unos $16. En las provincias más pobres, el presupuesto que se destina es todavía más bajo: en Misiones o en el Chaco, no llegan a los $4. En Córdoba, es $ 4,20.
En el horizonte no aparecen anuncios que den idea de que se va a encarar seriamente el tema, los discursos oficiales siguen jugando a la escondida tratando de ocultar las palabras, convencidos que así el fenómeno desaparecerá por arte de magia, y mientras tanto van tratando de ubicar algún culpable, algún enemigo a quien achacarle el tema cuando se desmadre, como suele pasar en algunos diciembres calientes de nuestra historia de crisis cíclicas. Barrionuevo les dio una mano.
Por su parte EL HAMBRE no se resigna a la invisibilidad y va dando señales. Está en cada uno verlas o mirar para otro lado.