El terrorismo se ha transformado en un actor principal de la política internacional en los últimos tiempos. El hecho más reciente es el atentado en el subte de Santiago de Chile, pero se suma a la inminente guerra total contra el Estado Islámico y a las pruebas que siguen surgiendo sobre el ataque que abatió al avión de Malasian en plena zona de conflicto entre Ucrania y los rebeldes pro-rusos.
El terrorismo no es nuevo, pero lo nuevo es que hoy sea un actor internacional que ha crecido en la ilegalidad pero bajo la sobra de los actores legales y legítimos, que son los países. Dicho de otra manera, más allá de las condenas lógicas de cada caso, si rascamos un poquito, encontraremos complicidades e hipocresías que alimentan este fenómeno.
Todos deploramos el ataque contra el avión cargado de pasajeros, pero está claro que no hay muchas alternativas, o fueron las fuerzas ucranianas con el apoyo de Estados Unidos y Europa, o fueron los rebeldes con el apoyo de Rusia. En cualquiera de los dos casos, países importantes de la comunidad internacional están detrás de un acto terrorista.
En el caso del Estado Islámico, todos nos angustiamos ante las imágenes de los periodistas degollados frente a cámara, o el ataque masivo contra poblaciones enteras del norte de Siria o de Irak. Pero lo más grave de todo es que esos terroristas desalmados fueron inventados, financiados, armados y potenciados por Estados Unidos y Europa, a través de sus correveidiles mediorientales que son Arabia Saudita, Qatar y Turquía.
Ahora nos sorprendemos con el atentado en el subte de Santiago, que dejó 14 heridos. Fue en la estación de Las Condes, uno de los barrios más ricos de la capital trasandina. Pero lo que más debería sorprendernos es que este hecho haya tomado por sorpresa a las autoridades chilenas. Porque si bien es el más grave, no es el primero. Desde 2005 ha habido 200 atentados y sólo en 2014 hubo más de 30.
Chile es un país militarizado, donde la herencia represiva del pinochetismo sigue vigente. Los carabineros son una temible policía militar y existe una dura ley antiterrorista que se usa sistemáticamente para reprimir a los mapuches que pelean por sus territorios. Pero entonces, uno se pregunta cómo puede ser que un “grupúsculo” anarquista y antisistema, como lo catalogó la presidenta Michelle Bachelet, haya podido hacer lo que hizo. ¿Qué hacen los servicios de inteligencia si no pueden prever estas acciones? ¿O es que en realidad no se trata de un grupúsculo aislado? ¿Chile es y seguirá siendo un país seguro?, como dice Bachelet. ¿O más bien como le reconocieron fuentes policiales al diario The Clinic, “el miedo se ha instalado para siempre y ya nadie está seguro en Chile”?
Y finalmente, ¿cuáles son los motivos que hacen que un grupo político opte por métodos terroristas, que ahora le costaron amputaciones a una mujer y fracturas expuestas a un hombre, pero que podrían haber costado vidas? Volvemos a una realidad: la falta de discusión política e ideológica de fondo, el descontento del pueblo chileno con un sistema que no da alternativas reales y el gatopardismo de Bachelet y sus socialismo “de baja intensidad” que no sólo desilusiona, sino que tapona la posibilidad de algo superador. Ante la falta de opciones políticas, la olla a presión de la sociedad chilena está explotando por dos vías: el movimiento estudiantil que en los últimos años es lo más saludable y destacado, y esta expresión terrorista, que es lo más condenable. Dos caras de la misma impotencia de una sociedad que no encuentra su camino de discusión y cambio democrático.
Mariano Saravia.