¿El erotismo es un humanismo?

¿Con quién te relacionás en la cama? Con el otro o con tus fantasmas? El filósofo Nicolás Lobos nos deja una nueva tajada de su serie “El voyeur de los ojos vendados”.

Foto: web
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En la cama no te relacionás con el otro sino con sus peores/mejores fantasmas, sus deseos no confesados, sus pasiones vergonzantes. Lo que allí se pone en funcionamiento no es una “naturaleza instintiva” pero tampoco la búsqueda de algún sentido trascendente. El erotismo es tan antinatural como antihumanista.

El humanismo ha sido la manera occidental de domesticar al animal humano. Una de sus ideas fundacionales -tal vez no la más mencionada- ha sido que “nosotros”, los humanos, no copulamos (como hacen los animales). Nosotros hacemos el amor. Y hay que mencionar que para nuestra sensibilidad humanista -que desde hace doscientos años quiere decir burguesa- nosotros no “trincamos a lo obrero”, si eso significa una cierta premura indiferente, un apremio ciego, mudo y descortés. Los animales copulan, los ángeles no tienen sexo y los seres humanos hacemos el amor como forma íntima y lograda  de comunicación afectiva.

Buen intento, interesante y atractiva idea, ordenadora…, pero estrecha.

El erotismo es, sin duda, algo para nada simple o evidente. Por un lado es tan poco natural como extraño a la técnica. Por otro, es tan poco espiritual como ajeno al humanismo. Nos explicaremos; en el erotismo no se trata simplemente de “liberarse de las represiones, dejarse fluir y… ¡ser capaz de todo!” No basta dar rienda suelta a los instintos, a las pulsiones o al indomable deseo. El erotismo no es equivalente a ceder a “la naturaleza irrefrenable”,  a “el empuje de la sangre” o  a “la fuerza del cuerpo que desborda”. Y no lo es simplemente porque la naturaleza es tan indiferente al sexo como ignorante del deseo. En realidad, si tenemos que caracterizarla tenemos que decir que la naturaleza ni siquiera es cruel, es básicamente indiferente. Por otro lado muchos aspectos -“saberes” digamos- de la sexología o del ya mencionado sexo tántrico, son técnicas. Técnicas que se aprenden, como se aprende a lavarse los dientes, respirar correctamente, manipular alimentos de manera higiénica o moldear cerámica en frío. Es decir, prácticas sin alma. ¡Pero… todo bien con las técnicas! No quiero aquí levantar el dedo acusador contra ellas. Las técnicas son necesarias, pero sólo son eso, técnicas. Nosotros sostenemos que el erotismo es tan antinatural como anti-técnico porque no se trata de algo a lo que simplemente haya que dar rienda suelta pero tampoco es algo que haya que “aprender”. Digamos que no tiene que ver con la naturaleza pero tampoco con la cultura (como nada de lo importante en la vida, dicho sea de paso).

El erotismo no es un “dejar que la naturaleza fluya” porque a la naturaleza no le importa el otro. A los instintos no les importa el partenaire, porque el instinto es ciego, indiferente, y por lo tanto no hay ninguna posibilidad de una ética de los instintos o algo parecido. -¡Claro!- se dirá entusiasmado desde el humanismo… -¡en cambio el erotismo tiene que ver con el otro/a! ¡Lo importante es no olvidarse del otro/a como persona!... ¡se trata, entre otras cosas, de no tratarlo como objeto sexual!-. Sí y no… el erotismo tiene que ver con el otro/a, pero no nos confundamos, tampoco es posible enarbolar una ética del respeto al otro en el erotismo. En el erotismo no te relacionás con un “tú” al estilo ético, al estilo de Levinas. Si bien no se trata de un sujeto que toma a un objeto (sexual) para su satisfacción, tampoco se despliega el erotismo con un yo que se relaciona con un tú. El sexo no es algo que pasa entre “dos personas”. Necesariamente el otro debe ser incluido -claro, por supuesto- pero de una manera sesgada, fantasmática, diríamos para empezar. Cuando estás en la cama no te relacionás con el otro sino con sus peores/mejores fantasías, sus deseos no confesados, sus pasiones vergonzantes, su pasado olvidado, sus historias truncas y sus rizos, loopings y caídas en picada tan vitales como fastidiosas. Digamos que nadie que se relacione con el otro en cuanto “objeto sexual” puede coger bien, pero tampoco el que respete éticamente al otro en cuanto “persona” puede hacerlo bien. Digamos que el erotismo se basa en una cierta falta de respeto, una cierta violencia, un cierto “no me importa lo que pensés de mí”, un cierto “bueno,… pero, ¡no me respetes tanto!”. Digamos que lo que se pone en funcionamiento no es una “naturaleza instintiva” al estilo de “no pude contenerme”, o “es más fuerte que yo” o cualquiera de sus variantes, ni tampoco se trata de la búsqueda de sentido al estilo de “hacer el amor es entregarse al otro….”, “lo importante es la complementariedad…”, “allí podés lograr una comunicación auténtica” con todas las variantes de sentido posibles. El erotismo es tan antinatural (no tiene que ver con los instintos) como anithumanista (no se trata de relaciones entre “personas”).

Estamos tratando de ubicar para el erotismo una materia que no es biológica y un sentido que no es espiritual ni necesariamente consciente. Obviamente que se trata del inconsciente, claro, de la determinación fantasmática dirían los psicoanalistas. Sí, ¡por supuesto! Pero también se trata de las ideologías que nos atraviesan y de las relaciones de poder que nos conforman. Se trata de saber que no hay erotismo sin relaciones de poder, y lo más interesante y desafiante es dejar que todo eso juegue su juego. Hay fuerzas allí que están librando su batalla armada. En nuestros cuerpos, que son las preguntas retóricas de multitud de fuerzas históricas. Entonces el erotismo está hecho de historia, del torrente de la historia concreta que no es sólo –y tal vez para nada- personal. Están jugando su juego las relaciones entre los géneros, las relaciones entre las sexualidades, las relaciones entre las generaciones. Todas estas relaciones son relaciones son relaciones de poder. Están presentes el feminismo tierno y el desafiante, sus reivindicaciones y renunciamientos, sus marchas y contramarchas, el machismo enardecido, apesadumbrado o declinante, la homofobia enhiesta y  los deseos homosexuales, las inquietantes identidades emergentes y la deconstrucción que desbroza senderos posibles.

Dijimos recién que el erotismo no es algo que sucede entre “dos personas”, explicamos por qué no hablamos de “personas”. Ahora diremos por qué no hablamos de “dos”, (lo que no implica la necesidad de que sean tres o cuatro o…). El erotismo concreto, el realmente existente, no es una producción autografiada, no podemos decir que sea obra mía ni tuya ni de aquel, aunque tampoco podemos decir que es “de todos”, algo genérico, propio de la humanidad. Estas fuerzas, gestos, trazos, movimientos, constituyen obras sin autor; son estilos sin firma, identidades sin nombre (en el sentido de “¡esto no tiene nombre!”), herencias sin testamento, genes sin ADN, aprendizajes sin maestros, saberes sin título, deseos sin sujeto. Estamos frente a una pura conjunción anónima de fuerzas, experiencias, placeres, tajos y cicatrices cuyos causantes y creadores se pierden en el anonimato. Se trata de una multitud con la mayoría de sus integrantes ausentes. Ya Freud decía que cuando dos personas están en la cama hay –en realidad- por lo menos cuatro. Esto es cierto, pero sólo en cierto sentido. Freud estaba pensando en los fantasmas parentales de cada uno. Puede ser, seguro que sí, pero es un poco esquemático, burgués, un poco estrecho el planteo. El psicoanálisis, -o digamos mejor, muchos psicoanalistas- suelen tener dificultades para salir del esquema “mamá, papá, hijitos”, suelen tener dificultades para plantear estos temas más allá del triángulo edípico. Sería pertinente pensar que los fantasmas y los deseos, los goces y las sombras, no siempre, no en todos los casos, no necesariamente… remiten a “mamá, papá, hijito”.

En la racionalidad biológica el orgasmo es descarga y alivio de la tensión. En el paradigma liberal del cuerpo como propiedad y de la sexualidad como iniciativa privada el orgasmo es un logro individual. Decimos: “me cogí una mina”, “me cogí un vago”. ”Mis” orgasmos son clitorianos, vaginales, marginales,. “Soy” multiorgásmica. Logros individuales, rentísticos y publicitarios.

En el romanticismo se dice que el amor es ciego, es decir, no importa con quién estés, o traducido en otros términos: en el enamoramiento no vemos más que nuestra propia imagen reflejada en los ojos del otro/a como espejo. El enamoramiento es siempre narcisístico: por eso es tan simple y fascinante.

En el humanismo conyugal decimos que se trata de mirarse a los ojos y comprender todo lo que encierra esa mirada, ponerse en el lugar del otro/a y fusionarse los dos en uno. Allí el orgasmo es la encarnación de esa comunión, y anhelamos el orgasmo simultáneo, uno y evolvente. “Ellos son dos por error que la noche corrige” dice de manera definitiva E. Galeano.

En el erotismo nada es simple ni certero, nada es ideal ni seguro. Se trata –para empezar- de estar atento a lo que los ojos ocultan cuando se abren y a lo que muestran cuando se cierran.

Al contrario del paradigma liberal del sexo, tal vez haya que afirmar que cada orgasmo es –por lo menos- una coproducción. Pretender que un orgasmo, masculino o femenino, es un logro propio y privado es –digamos- una infantilidad, algo primitivo y simplista. El orgasmo no es algo que yo logre porque haga los procedimientos adecuados (también puede ser por eso, por supuesto), en el ámbito del erotismo un orgasmo es algo que se dona, que se entrega, pero no se entrega al otro en cuanto persona humana, no como ofrenda al vínculo transparente del amor (también puede ser por eso, por supuesto) sino que es algo que se entrega para el goce del otro, para la satisfacción erótica-lasciva-vital del otro/a, se entrega a la parte no humana (pero tampoco animal) del otro/a, a su mirada curiosa, ávida, golosa, sedienta, esa que no quiere respetar ni ser respetado, esa que no quiere tu cuerpo (solamente) sino que va por tu alma. Ver, presenciar el goce del otro, ese que en parte yo produzco pero que está poblado de una multitud ausente y que me es ofrecido -no como un espectáculo- sino como un regalo que no endeuda, una ofrenda que no sacrifica, que es una joya expuesta para ser robada, un ramito de violetas que se ofrece para ser arrebatado, algo que yo recibo como una de las entrañas, precisas, preciadas y preciosas, como uno de los órganos vitales del alma.



Nicolás Lobos.