¿Existieron las “peladas de la corrupción”?

Una muy interesante columna sobre la probable existencia en Mendoza de mujeres “de vida fácil”, rapadas y recluidas, que cosieron los uniformes del Ejército Libertador.

Entre las mujeres del pueblo de Resurrección, las de oficio indigno, están las que perdieron el pelo, y las que fueron rapadas. Peladas con pena y muchos años, con la cuadrícula del mapa de la ciudad tatuado en sus calvas. Está claro que se trata de un simbolismo, de una parábola sobre el infierno personal de las habitantes del desierto, según creación literaria de Raúl Silanes, autor quien ya desde el título preanuncia un laborioso alboroto del lenguaje: “Envidia el viento a los difuntos” se llama el libro, ganador del Certamen de Novela de la Ciudad de Mendoza en 2010. 

Lejos de ese registro, en las orillas santas del Tajamar o Taballqué, otro escritor hará aparecer a las “peladas corruptas”, esas mujeres de vida fácil que eran recluidas y a las que les cortaban el pelo. Esas voluptuosas de mente clara han de bailar un domingo de una mañana de 1800, no muy lejos ni de los hombres que liberarán la América, ni de las chinas y negras que lavan los ropajes de las familias criollas. La escena pertenece a Carlos Córdova y su “Don Juan Draghi y la máquina voladora del tiempo: la fabulosa historia, la increíble historia del molinero Andrés Tejeda que soñó con volar y murió intentándolo”, obra pensada para radio-teatro. 

Es curioso este cruce de mujeres cuyos pelos faltan por efecto de la parábola, la imaginación y la metáfora, y las que hacen su aparición por el afán del rescate histórico, ese que anida en el compromiso con los más humildes que contribuyeron a la gesta libertadora. No es un dato menor que uno de los patriarcas de nuestra literatura, Juan Draghi Lucero, haya inaugurado esta vía, al haber investigado, evocado y dado aliento a estos actores sin estatuas ni monumentos al quedar fuera de la mirada de las élites intelectuales y políticas. Su texto  “Los benefactores de Mendoza: Tejeda-Pouget” es de una pasmosa hondura imaginaria, de ahí que inspirara el radio-teatro citado, aunque es de rigor aclarar que se trata de un historia muy bien documentada. 

Lo que pasa es que en los documentos recopilados por Draghi Lucero las únicas mujeres que figuran con sus nombres son las indias Juana Mayorga y Magdalena, por el asunto de las raíces de los tintes que precisaban los tejidos salidos del batán de Andrés Tejeda. No pasa lo mismo con las peladas corruptas o peladas de la corrupción.

Estas mujeres que cosieron los uniformes de los soldados del Ejército de Los Andes figuran sólo a título de “vecinas”. Y además está la confusión del lenguaje. Según Draghi Lucero, peladas corruptas eran las mujeres de “vida airada”, las que en esa época eran recogidas por el Estado. Ahora bien, quienes más han investigado este período dudan sobre la práctica de trasquilarles el cabello. Al parecer, dicha práctica era propia de las instituciones de origen europeo. Lo que sí es posible es que la palabra “peladas” tenga que ver con la expresión chilena para con las mujeres prostitutas.

Tiene su lógica: muchas expresiones chilenas pudieron haber influido en el hablar mendocino en fechas tempranas del siglo XIX. Un ejemplo es la expresión “ser niño huacho”, detrás de la cual parece existir una historia real de una pobre mujer que murió tras dar a luz a quintillizos. Con el caso de las peladas, el diccionario de modismos dice: “mujer fácil que tiene la vagina depilada”. Ahora bien, vale pensar si lo pelado remite más bien al pubis, a la práctica de afeitarse que era habitual en las mujeres por razones de higiene o por medidas de profilaxis.

Este tema del lenguaje no es lo único para repensar, también cuál era entonces el rol del Estado ya que para entonces todo aquella aparatosa burocracia colonial se había venido abajo. Estaban sí los conventos y los monasterios, donde debieron funcionar las Casas de Recogidas, en un contexto de afirmación de poder sanmartiniano donde es obvio que al Estado le interesa hacer alianzas con los diferentes sectores de la sociedad, entre ellas, las mujeres de las clases populares.

Un documento clave en favor de esta hipótesis es la carta-petitorio de Petrona Barandon a José de San Martín, escrita un 29 de  junio de 1816. Se halla en el Archivo Histórico de Mendoza. Ella ha sido señalada ante la sociedad como interna de la Casa de Recogidas lo cual es una deshonra que amerita la intervención del Gobernador. En su misiva denuncia que esta acción es obra de enemistades, dice que “todos tenemos émulos y malquerientes, éstos siempre se valen de la ocasión que se les proporciona para dar pábulo a su pasión vengativa”. Según consta al pie, San Martín accedió a lo solicitado por la mujer justo en los días en que las urgencias que más preocupan al Libertador tienen que ver con la ropa de los soldados. ¿Quién se va a ocupar de coser las camisas, los pantalones? Pero fundamentalmente, ¿llegarán a ser cosidas a tiempo?

De acuerdo a los documentos oficiales todo el mes de julio fueron repartidas para su costura 700 camisas y 715 pares de pantalones de bayetillas, telas que habrían sido de una dureza acartonada. El tono de San Martín es agónico. “Se aguarda para exigir nuevos repartos de esta clase. Ellos se multiplican, el tiempo decrece cada día y a este paso la urgencia es incalculable”.

Otra comunicación del mismo tenor es del 4 de diciembre. Llega al Cuartel General de Mendoza y es por el mismo asunto: “Comunico que pasará a este gobierno el nuevo crecido número de camisas que hay en poder del comisario para que los intermediando el gobierno, se apresten las señoras a coserlas a la mayor brevedad por la urgencia con que la tropa necesita este vestuario”. Y por último, el 19 de diciembre, otra expeditiva misiva informa: “Que los 500 cortes de camisas que llevará el comisario espera se sirva disponer sean cosidas a la mayor brevedad repartiéndola entre el vecindario”.

El curso de la historia indica que la costura llegó justo a tiempo pero el puesto de “heroínas” se le reservó a las Patricias Mendocinas  y a las monjas del Monasterio de la Buena Enseñanza que confeccionaron y bordaron la Bandera de Los Andes. Luego vendría la sobre representación de ese asunto del donativo de las joyas por parte de las damas cuyanas. Hay en el hall del Correo Central un monumento a la heroína mendocina que consiste en una mujer de pie con ambas manos y brazos extendidos. No hay en esas manos hilos fuertes o grandes agujas o sea útiles instrumentos de costura, sólo atuendos tipo peinetas o collares de perlas.  



Eva Guevara.