Toda medida restrictiva de la circulación de público en plena democracia y bien entrado el Siglo XXI suena –siempre- antipática. Pero hay que “agrandar” la lupa y ver el problema desde los múltiples aspectos sociales que representa. Hay amplias franjas de adolescentes que piensan que el comportamiento vandálico es aceptable, y que incluso significa inclusión social entre sus pares. Cuanto mayores sean los desastres y mejor se promocionen en las redes sociales, más populares serán los protagonistas.
Días atrás se supo que el mall Palmares había decidido restringir la presencia de menores de edad los días sábados en todas las instalaciones y el predio exterior, sin la presencia de un adulto responsable o que al menos dejase los datos de contacto. La medida restrictiva sería ampliada a los viernes, y se tomó porque numerosas “banditas” de chicos muy descontrolados habían provocado desmanes desde menores, hasta más serios como uno ocurrido el sábado 5 de abril, que empezó adentro con corridas y peleas y siguió con una batahola adolescente en el estacionamiento y cerca de uno de los locales de comidas.
La medida de Palmares plantea varios puntos de vista. El primero, es sobre la seguridad. La empresa, francamente, tiene derecho a tomar las medidas que crea necesarias para garantizar la seguridad de los comercios, los comerciantes, y de las numerosas familias que concurren al mall a pasear, entretenerse, ir al cine o comprar. Este derecho restrictivo figura en una ordenanza de la Municipalidad de Godoy Cruz, que considera tanto a Palmares como a Jumbo en la categoría de “shoppings”, lo que incluye las dependencias internas y las calles exteriores del centro comercial. Parece raro porque un mall es abierto, pero la verdad es que la cobertura legal existe. La única obligación de la empresa es señalizar, informar la restricción, y ampararse en el derecho de admisión, tal como hacen por ejemplo los clubes de fútbol para evitar la violencia.
Esto es sólo una parte del problema. Hay además una cuestión muy compleja. Los adolescentes, en gran mayoría y sin importar la condición social de la que provengan, tienden a generar grandes descontroles cuando están en grupo. En el caso de Palmares, en la propia página de Facebook del mall podían leerse las quejas de numerosos paseantes respecto de las corridas, los apretujones, los golpes, el lío con grupos de chicos. Incidentes menores pero muy molestos, y cuyas raíces hay que buscarlas en los barrios, las familias y las escuelas. En la Argentina hay un clima de violencia social horizontal, que atraviesa todas las franjas sociales. Si puede haber un comportamiento violento en algún lado, éste ocurre. Y es lógico que la gente tienda a protegerse, sobre todo si se trata de empresas y comercios que tienen que vender para vivir y además tienen todo el derecho del mundo a proteger sus inversiones.
Hay un aspecto comercial –y social- que debe colocarse sobre la mesa porque forma parte del fenómeno. Mendoza tiene muy pocos lugares de esparcimiento. Y los jóvenes buscan lugares en los cuales organizar sus “previas” a las salidas, o los regresos. El comportamiento en esas salidas suele ser deplorable. Este fenómeno se toca con otro: Palmares ha pasado de ser un lugar exclusivo a uno masivo. Y ello plantea desafíos a la empresa propietaria y a los comerciantes, para garantizar por un lado la seguridad propia y ajena, y por el otro cuidar el perfil de negocio que desean tener. Es muy habitual escuchar en Mendoza que “tal o cual lugar se ha puesto feo”. El “ponerse feo” tiene que ver en la mayoría de los casos con este tipo de incidentes en banda, con robos, escruches, carterismo, o simplemente molestias. A nadie le gusta estar en un paseo recibiendo codazos y tropezándose corridas de chicos descontrolados. Ya pasó primero en el centro mendocino, prácticamente invivible a determinadas horas del día y en el que hay choques de tribus urbanas que dejan verdaderos destrozos, con varias plazas más tarde y luego con paseos comerciales.
Será complejo para Palmares organizar la logística del control de edad de los chicos que allí circulan, lo que supondrá a la empresa grandes gastos en agencias de seguridad privada. Pero peor sería abandonar sus instalaciones a la buena de Dios, lo que a la larga le significará caída de clientes y pérdida de su carácter comercial, es decir, del “espíritu” familiar y de compras exclusivas, por lo menos algunas, de los que goza el lugar. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que la violencia, el alcoholismo, el vandalismo y las drogas no son patrimonio exclusivo de los menores de 18 años.
Es cierto que las restricciones son antipáticas. Pero la verdad es que la gente se hartó de los desmanes, y ello es comprensible. Nadie permitiría el vandalismo en su propia casa. ¿Por qué tolerarlo en los paseos públicos, donde miles de familias van cada fin de semana justamente a desenchufarse de los problemas sociales, económicos, políticos?
Finalmente, el problema de fondo es el de siempre: la educación. Lo que comenzó a ocurrir en Palmares ya pasaba en varios paseos públicos, en la calle, en cualquier lugar. Y el germen, la base de ello, el motivo central, es que hay familias cada vez más desintegradas, y que la escuela produce cada vez más analfabetos funcionales. Saben leer y escribir, pero no pueden pensar. Ese es el problema que debe atacarse y que excede y en mucho, a un derecho de admisión en un centro de compras.
Palmares: una restricción comprensible
Es fuerte el debate por la restricción al ingreso de menores los sábados al mall, sin un adulto responsable. Pero la empresa tiene cobertura legal para tomar la decisión y cuenta con el apoyo de los comercios. El debate de fondo es la educación.