Las propuestas de Ernesto Laclau articularon de una manera renovada a buena parte de las principales referencias teóricas del siglo XX: Lacan, Sausurre y Gramsci proyectan sus espectros sobre un campo problemático alimentado por el fugaz e intenso paso que Laclau tuvo en las huestes de Jorge Abelardo Ramos durante la década de los ´60. Apadrinado por el mismísimo Eric Hosbawm y plenamente inserto en la academia británica, esa impronta quedó, sin embargo, grabada a fuego en una trayectoria que jamás dejó de interrogar esos campos problemáticos que el “marxismo bolivariano” había descubierto.
En tal sentido, invirtiendo la connotación negativa que el liberalismo le atribuyó al populismo, Ernesto Laclau interpretará a éste fenómeno como la referencia histórica de una cadena de demandas sociales relativamente equivalentes, y siempre minoritarias en relación a la expresión colectiva que las contiene en su seno. Esas demandas particulares se articularían gracias a la referencia populista, determinando la emergencia de un “significante vacío”: Una forma de nominación lo suficientemente laxa como para dar cuenta de todas las demandas en conjunto, pero de ninguna en particular.
El Peronismo es un ejemplo insustituible en este sentido. Polisémico por definición, constituye un significante “vacío”, una palabra carente de significado, que puede llenarse con cualquier definición. Menemistas, duhaldistas, kirchneristas, sciolistas, cada quien puede atribuir su propio significado al significante “peronismo”. Como ironizaba la sonrisa amplia del general, “ah no… peronistas somos todos”.
Pero la amplitud y la complejidad de la obra de Laclau se resisten a revisiones sintéticas. A los fines de estas líneas, y en ocasión de su desaparición física, bastará con señalar una clave de lectura que ha terminado reduciendo las posturas de Laclau a legitimación teórica del más burdo eclecticismo político.
En su proyección al absurdo la teoría del significante vacío permitiría que una célula trotskista ingresara al PRO invocando su significado en disputa. La lucha por dotarlo de uno propio exigiría ocupar espacios en su seno, obtener cargos, contratos y fondos para repasar las épicas de la Rusia del ´17, publicar reseñas de Trotsky y Lenin, o reproducir las estrofas de “La Internacional” en cada sesión legislativa. Si el macrismo, no obstante, insistiera con apalear a los indigentes que trasnochan en las esquinas porteñas, la célula trotskista debería garantizar la “distancia crítica” con respecto al gobierno, sosteniendo que se trata de un “proceso abierto” y que Macri apalea indigentes sencillamente porque la célula trotskista no ha crecido lo suficiente como para transformar la correlación de fuerzas. Como el “peronismo” o el “Vaticano”, tampoco puede atribuirse al PRO un significado monolítico. Reducirlo a expresión lisa y llana del bloque liberal-oligárquico sería un simplismo inaceptable para los razonamientos que la progresía le atribuye a Ernesto Laclau. Cualquier emergente político que suponga la existencia de una cadena de demandas que evidencien un trasfondo de pueblo, puede ser considerado como un significante vacío.
La lectura progresista ha desbordado la propuesta de Laclau, lo político no sólo carece de un anclaje social -no hay, en rigor, intereses de clase en lo político-, sino que la tensión entre significante y significado se ha elevado al absurdo licuando los procesos históricos sobre los que las palabras adquieren sentido. Los macaneos semióticos, teóricos y políticos a que dio origen “el primer papa argentino” han sido aleccionadores en este sentido. Más de quinientos años de irrestricta complicidad con la opresión y la explotación de los latinoamericanos no parecen alcanzar para las ingenuas expectativas sobre “el significado en disputa” del Vaticano (aún cuando algunos se dediquen a sugerir continuidades entre Camilo Torres o Carlos Mugica y Francisco I).
En el mismo sentido, la hipótesis de un peronismo socialista cosechó constantes y brutales evidencias contrarias: de Ezeiza al golpe, pasando por un aspecto inocultable para el derecho humanismo: la complicidad de Perón con la Triple A. No hay rasputinismos ni peronómetros que puedan disimular los horizontes macabros que la intención de atribuirle un significado socialista al Peronismo adquirió durante la década del '70.
La propuesta de un peronismo socialista quedó presa en aquella fórmula grouchomarxista del humor como ecuación entre tiempo y tragedia. Irrumpe con las carcajadas viscerales que nos arranca “Bombita Rodriguez” recordándonos el huevo de la serpiente: la intención de “llenar” un significante invirtiendo su significado de clase puede preanunciar la masacre. Las palabras “dicen” aquello para lo que fueron escritas, la polisemia que les es constitutiva no es neutra social ni políticamente. Es esta una afirmación que Ernesto Laclau, a pesar de sus divulgadores locales, difícilmente cuestionaría. Los significados no son meras construcciones simbólicas, adquieren el peso de los sujetos políticos y sociales que los sostienen. Más allá de los discursos, llevan, como una marca indeleble, el eco de las relaciones sociales que determinaron su emergencia histórica. No son arcilla dispuesta a nuestra manipulación, sino símbolos que condensan una identidad histórica que nos constituye, que nos atraviesa, que nos rasga en nuestro carácter de sujetos de lo simbólico. Quizás, rescatar el legado más radical del autor de “La razón populista”, exija levantar la guardia contra buena parte de sus adeptos, reconociendo claves de lectura que trasciendan los “significantes vacíos” que constantemente ofrecen los vendedores de ilusiones para vehiculizar su oportunismo histórico.
Juan Manuel Lucas
Sociólogo, UNCuyo.
En torno a los significantes vacíos de Ernesto Laclau
El sociólogo Juan Manuel Lucas nos deja un análisis sobre las propuestas teóricas del pensador kirchnerista fallecido hace unos días.