A veces, cuando la vara es muy alta, cuando las expectativas son desmedidas o cuando se ha insinuado o prometido de más, es difícil estar a la altura de las circunstancias y se camina al borde de desilusionar a propios y extraños.
Es lo que pasa con dos personalidades internacionales que acapararon la atención esta semana: el papa Francisco que cumplió un año de pontificado y Michelle Bachelet que asumió el martes su segundo mandato en Chile.
Empecemos por lo que tenemos más cerca, Chile. El martes asumió la misma Bachelet que gobernó Chile entre 2006 y 2010. Lo digo porque en algún momento se creó un espejismo, el de que quizá estábamos ante la presencia de “otra” Bachelet distinta y que esta vez sí haría algo por su pueblo, no como en sus primeros cuatro años. Esa expectativa fue real porque evidentemente las circunstancias son distintas. Son distintas primero porque en 2006 se trataba de una continuidad de los anteriores gobiernos de la Concertación, en los que se alternaban en el poder demócratas cristianos y socialistas de bajas calorías como Ricardo Lagos, y como demostró ser también la propia Bachelet. Pero además, la propia coalición de fuerzas políticas y sociales que la llevaba al poder era distinta esta vez. De hecho, ya no se llama Concertación, sino Nueva Mayoría, y ahí están esta vez el Partido Comunista y muchos de los ex líderes estudiantiles como Camila Vallejo y Karol Cariola. Pero sobre todo, fue la propia Bachelet la que generó expectativas porque esta vez sí habló de la necesidad de cambiar la constitución pinochetista, de una reforma tributaria para cobrarles más a los que más tienen, de darle salud al pueblo, y sobre todo de un sistema de educación pública, gratuita y de calidad. Como si hubiera descubierto ahora esas falencias. Sea como sea, esta vez prometió que si los chilenos la votaban, iba a ponerse a trabajar en eso
Y así fue que ganó la primera y la segunda vuelta electoral, contra Evelyn Mathei, la candidata de la derecha pinochetista. Por supuesto que es para festejar. Pero acalladas las bombas, llegó la hora de la asunción y de ponerse a trabajar.
De la jornada del martes, lo más rescatable es que un gobierno democrático termine su mandato y entregue el poder a otro gobierno democrático de signo político distinto. Esto, que parece una obviedad, no lo es tanto en Sudamérica, ojos vista de lo que está pasando en Venezuela donde el único objetivo de los que manifiestan es voltear a un gobierno constitucional.
Pero volviendo al análisis político de las primeras señales, la mayor sorpresa es la designación del nuevo ministro de Educación, Nicolás Eyzaguirre, ex director del Departamento para el Hemisferio Occidental del FMI. Es el mismo que venía a la Argentina en otras épocas a retarnos y a imponernos las recetas neoliberales. Éste es el hombre elegido por Bachelet para timonear el barco de la educación, el que más agua hace por todos lados. De hecho, la Unesco dice que el chileno es el sistema más desigual del mundo.
La reacción de los estudiantes no se hizo esperar, la Confederación de Estudiantes de Chile (Cofech) está en alerta y ya hay una convocatoria de estudiantes independientes a una gran marcha para el sábado 22 de marzo, para ir marcándole la cancha a Bachelet. La propia Camila Vallejo lo dijo: tendrá un pie en el congreso de Valparaíso y otro en la calle con los estudiantes.
Así las cosas, la prensa hegemónica de Argentina nos pone lo que pasó en Chile como un ejemplo de madurez cívica, de consensos políticos y tranquilas continuidades . Y ese es justamente el problema, que Chile necesita cambios y no continuidades. Chile necesita que sus hijos puedan tener educación y salud, y necesita sacudirse la vergüenza de seguir viviendo en sociedad bajo la constitución de Pinochet. Veremos si queda resto para la esperanza del cambio, que fue para lo que los chilenos votaron a Bachelet.
En el caso del papa Francisco es distinto, porque ya cumplió un año y seguimos con el pescado sin vender. A pesar de lo que nos quiere hacer creer la prensa hegemónica que plantea una revolución en la Iglesia. En realidad, así como festejamos que en Chile gobierne Bachelet y no Piñera, también valoramos tener un papa como Francisco y no como los dos últimos (Benedicto XVI y Juan Pablo II) que hicieron retroceder a la Iglesia atrás del Concilio Vaticano II. Sobre todo hay otro discurso, otra actitud, otros gestos.
Está muy bien que Francisco no viva en el lujoso Palacio Apostólico sino en la Casa de Santa Marta; está muy bien que no use el papamóvil blindado; está muy bien que se ponga zapatos negros como todo el mundo y no los rojos que usan por tradición los papas; está muy bien que su cruz y su anillo sean de plata y no de oro. Pero esos son gestos, que ya deberían empezar a dejar lugar a cambios en serio en una Iglesia que los exige a gritos.
Por ejemplo, el papa sigue siendo un monarca absoluto, sigue siendo tan infalible como antes cuando habla de doctrina. Los teólogos “rebeldes” como los de la Teología de la Liberación y los que bregan por el ministerio para las mujeres siguen sin ser reivindicados. Y por contrapartida los pederastas siguen gozando de distintos niveles de protección en la Iglesia. Por ejemplo, en Argentina, Julio César Grassi no ha sido reducido al estado laical y sigue siendo cura. Los curas siguen sintiendo la opresión del celibato obligatorio. Y no ha cambiado la situación de marginalidad religiosa de los divorciados y los homosexuales, más allá de que Francisco ha dicho en varias ocasiones que no hay que condenarlos. Pero seguir excluyéndolos de la comunión es seguir condenándolos.
En definitiva, hay cambios de forma en el papado, lo cual es bienvenido. Pero no hay ningún cambio de fondo en la Iglesia. Y si Francisco quiere, lo puede hacer. La mejor forma sería convocar urgentemente a un concilio, que es donde todos los miembros de la Iglesia discuten todo. Juan XXIII también había sido elegido papa para ser más continuidad que cambio, y a los dos meses de papado convocó al Concilio Vaticano II, que fue verdaderamente revolucionario en su momento. Si Francisco tiene voluntad, puede hacerlo.
Igual que con Chile, nos aferramos a la esperanza, tratando de que no se demore tanto que nos suelte en brazos de la desilusión.
Mariano Saravia, analista internacional, periodista y autor de una docena de libros.
Michelle y Francisco De la esperanza a la desilusión
Tanto la presidenta de Chile como el pontífice católico guardan semejanzas que dan para el análisis del periodista Mariano Saravia.