¿Acaso los libros pueden enseñar a hacer el amor?

Aquí, el filósofo y docente Nicolás Lobos nos deja un texto muy reflexivo: “El voyeur de los ojos vendados o Crítica apresurada al sexo tántrico.

El sexo tántrico parece ser un sexo igualitario, democrático, llano y controlado. Un sexo técnico y táctico. Un sexo sin oscuridades ni remordimientos, sin imaginario ni temblores. Parece ser un sexo biológico –digamos- no en el sentido de instintivo o natural sino en el sentido de que investiga, despliega y agota las posibilidades sensitivas y sensuales de los tejidos y terminaciones nerviosas, de la piel y las zonas erógenas, de las energías sexuales y corporales. Parece ser un sexo cartesiano, medido y silencioso, con algo de gimnástico y de práctica de yoga. Un sexo concentrado, respirado, lacónico y transparente. Un sexo que propicia orgasmos pulidos, blancos, pausados y lineales. Un sexo que sirve para conservar y acrecentar la energía. Sin duda tenuemente iluminado y fuertemente utilitario.

Sin embargo, más allá de las promesas del sexo tántrico, lo interesante del sexo es que puede ser un terreno donde devenir algo que no hemos sido hasta ahora, un escenario donde desenmascarar rostros conocidos y conocer máscaras sin rostros. Lo interesante del sexo es que nos arrastra a dejar de ser lo que siempre fuimos o lo que ya nunca seremos. El sexo no es democrático ni igualitario. El sexo puede ser una fuerza que va más allá de cada uno, la posibilidad de que emerjan multitud de identidades, de sombras chinescas y de gestos ajenos que nos pueblan. El sexo del que hablo es la correntada, la crecida, el alud que no nos conoce y nos atropella, es el sexo que no sabe preguntar y quiebra nuestra identidad como un espejo de mala suerte, como una vieja cáscara que ha permanecido demasiado tiempo resguardada. Pero no se trata de nada animal, inhumano o desalmado, no se trata tampoco de la erupción inmanejable de la pulsión pura ni del brillo negro de la pura pulsión. Se trata –digamos- de la pulsión encarnada en figuras, en historias, en imágenes que nos ignoran o nos exceden, que nos subyugan y nos desconocen, que nos abruman y que tiemblan en algún lugar del cuerpo.

Lo interesante del sexo es que expone a los cuerpos biológicos a ser impelidos por mareas ideológicas, fuerzas poéticas, figuras perversas, ímpetus políticos, miradas extrañas, voces ajenas, bocas que no hablan y labios que no besan. Se trata de los cuerpos poseídos y halados por vientos de distintos mares, por mares de distintas latitudes y por latitudes de mundos perdidos hace tiempo.

Este sexo es peligroso, sin duda - no es un sexo con baranda-. No es un sexo democrático, ni igualitario ni saludable. Allí se espía con los ojos cerrados y se aprietan las manos como condenados. Es un sexo de reojo, oscuro, entrecortado. No es para preocuparse, para nada, pero… hay algo allí que tiembla. Este sexo no sirve para comunicarse ni para complementarse, no sirve para hacer la vida más placentera, plena o energética, en realidad…. no sirve para nada En la cama donde habita este sexo hay personas que no saben ya quiénes son… no recuerdan quiénes eran, y temen –con la certeza que otorga el miedo- no volver a ser las que nunca fueron.

Así ama el voyeur de los ojos vendados.

(continuará)



Nicolás Lobos.