El “fariseísmo” del papa Francisco

Respuesta a la columna titulada "Por qué el Papa no habla con los gays", publicada en MDZ.

 En la columna de opinión aparecida el día domingo 7 de diciembre, titulada “¿Por qué el Papa no habla con los gays?”, el Dr. Carlos Lombardi –a quien se presenta como “experto en derecho canónico”- recuerda que el Papa Francisco aún no se ha reunido con el “colectivo gay”, que era, al parecer, lo único que cabía esperar luego de que declarara “¿quién soy yo para juzgar a un gay?” Por tanto, al cabo de una espera más que razonable, el Dr. Lombardi no ha medrado en acusar al Sumo Pontífice de farisaico y demagogo. En la misma inteligencia que muchos asignaron a sus palabras, el autor apenas oculta su enojo por lo que sería una inexcusable demora en derogar las históricas formas de trato discriminatorio de la Iglesia Católica para con los homosexuales. Por tanto, concluye su nota afirmando que “lo cierto es que permanecen inmodificables las ideas que nutren la doctrina religiosa”.

Dejo de lado de momento la cuestión relativa a si las esperanzas del Dr. Lombardi sean razonables o si la suya sea la interpretación más sensata de las palabras del Papa, allende el hecho de que es la que, en efecto, los medios de comunicación han querido asignarle. Incluso, para centrarme con rapidez en lo medular de su crítica, me permitiré tener por cierto que si el Papa hubiese declarado, por ejemplo, “juzgaré con máxima dureza a los homosexuales”, el Dr. Lombardi no habría encomiado su coherencia y sinceridad. Luego, la coherencia –esa extravagante virtud de la modernidad que exige al malo no disimular su maldad y al débil no resistir sus inclinaciones- pareciera tener sin cuidado al comentarista. Lo que el Dr. Lombardi objeta, en rigor, es la doctrina misma de la Iglesia Católica que, como bien sospecha, el Papa Francisco no puede cambiar, sin importar el tenor de sus declaraciones públicas o cuán contrastantes se muestren con aquélla. Cualquiera sea el poder que detente, el Papa carece de potestad para modificar sustancialmente la doctrina de la Iglesia.

Supóngase por un momento que hubiera un cúmulo de cosas que fuera menester creer y, aun, algunas otras que imperiosamente hubiese que practicar como condición para lograr la máxima felicidad asequible al ser humano. Pues bien: el dogma de la infaliblez papal –como lo denominaba Castellani- implica que cualquier novedad que dijere un Papa en tales asuntos no será sino sólo aparente; es decir, no pasará de un mero desarrollo o explicitación de algún otro asunto que la Tradición y el Magisterio de la Iglesia ya hubieran extraído previamente de ese depósito que los católicos llamamos “Revelación”. Los medios periodísticos desconocen en general esta garantía de identidad o continuidad de la Iglesia, que permitiría a un católico de hoy juntarse a conversar sobre el Evangelio con uno del siglo primero sin sufrir mayores incomodidades; y, al contrario, quienes se han hecho alguna idea de dicha garantía la tienen por un lastre, ya que impediría al católico contemporáneo, verbigracia, congraciarse con el homosexual denostado por el católico de antaño.

Difícilmente logre yo convencer al Dr. Lombardi de la eficacia de la fórmula católica para proveer a la felicidad. Antes bien, concedo que aquel cúmulo de verdades y prescripciones morales, al que la Iglesia asigna una suerte de eficacia causal con relación a la felicidad humana, pueda haber sido relativamente cruel con los homosexuales. Como bien cita el articulista, la Iglesia considera que los actos homosexuales son “intrínsecamente desordenados” y, por tanto, absolutamente malos, y no duda en calificarlos como “depravaciones graves”; a resultas de lo cual sólo ofrece a tales personas la alternativa de “vivir en la castidad, dominar sus impulsos, acercarse a una amistad desinteresada. Es decir, vivir […] con prohibición absoluta de enamorarse y manifestar sus sentimientos como les plazca (sexo incluido)”. Agrego a lo anterior que sólo el descreimiento del autor ha podido omitir de este breve listado de crueldades la que, a mi gusto, sería la peor de todas: pues la Iglesia augura al pobre desdichado de nuestro ejemplo, a más de las muchas penurias que padecerá en esta vida por causa de sus desvíos, toda una eternidad de sufrimientos.

Es un hecho fácil de demostrar, sin embargo, que si la Iglesia ha sido dura con los homosexuales, no lo ha sido menos con ningún heterosexual. La Iglesia manda al homosexual irredento al Infierno, es cierto. Pero lo hace en compañía de la más candorosa de las niñitas que voluntariamente haya faltado a la Misa dominical. La Iglesia, por tanto, bien puede ser tenida por cruel, pero no sin reconocer que ha sido igualmente cruel con todos. El caso del homosexual, a quien la Iglesia recomienda “vivir en la castidad”, no es distinto al del heterosexual célibe. A ambos se les manda lo mismo: vivir en castidad. Esta ha sido siempre la doctrina de la Iglesia, cuya impopularidad en este punto ha ido creciendo a la par que el descrédito a que las leyes positivas han arrojado el matrimonio, y que la publicidad, la televisión e Internet prometen deleites sexuales ilimitados y sostenidos sin relación con ninguna otra finalidad que el disfrute mismo. A contrapelo de tal promesa, la Iglesia siempre ha considerado que el sexo es, eminentemente, un acto oblativo, que gana sentido trascendente en la intimidad de la unión matrimonial exclusiva y en tanto esté abierto a la procreación. Una locura que no me propongo defender en este momento, pero que ha sido constante y que alcanza a todas las personas, cualesquiera sean sus gustos, preferencias o situación. Una locura, por tanto, que el Papa Francisco no puede modificar.

El Dr. Lombardi, según entiendo, incurre en el error de “sustancializar” una diferencia que, para la Iglesia, es enteramente accidental y que, por tanto, no merece particular atención. La Iglesia considera al homosexual como persona moral, no en relación con sus inclinaciones sexuales, así como no lo considera según su oficio, altura o nacionalidad. Al uno y al otro, al homosexual y al heterosexual, al carpintero y al abogado, al argentino y al inglés, ofrece la misma fórmula, las mismas vías y la misma Gracia. A ambos ofrece el perdón irrestricto de sus faltas, las más horribles, las más abyectas, las más vergonzantes, al irrisorio precio de su arrepentimiento y su confesión. Y les garantiza, en tal caso, la más anchurosa y duradera felicidad en el Cielo. Al uno y al otro los considera máximamente dignos y, por ello, sin desmedro de su dignidad, condena en ellos el acto contrario a la moral. No al homosexual, llamado como cualquier otro hombre a un mismo Cielo, sino, como bien cita el Dr. Lombardi, al “acto homosexual”. “¡Ah, pero aquí hay una trampa! ¡Al heterosexual se le ofrece la salida del matrimonio, en tanto que al homosexual, nada!”, me replicará Lombardi. Es verdad. Al homosexual no se le ofrece ninguna salida “sexual”; pero, bien visto, tampoco se le ofrece al heterosexual. Si el matrimonio fuera sólo esto, una escapatoria sexual, mal haría nadie en casarse. Cuanto hay de sexual en el matrimonio lo hay de unitivo y procreador, por lo que no es casual que la Iglesia designe al acto matrimonial como un “débito”, para destacar su esencial sujeción al metro de la conyugalidad.

Ahora bien, es evidente que ningún católico debiera tener inconvenientes en ser juzgado según las normas que definen su religión de pertenencia; pero, como nos señala el articulista, la Iglesia avasalla y pretende imponer su moral a todos. Y aquí parece que llevara razón.

Lamentablemente, no puedo intentar un contrapunto a este argumento sin garrapatear algunos rudimentos de filosofía, que me exceden por los cuatro costados. En tal lance, empero, yo expondría mi argumento del siguiente modo: Hay bienes que se dicen comunes no sólo en cuanto resultan participables por todos, sino más propiamente en razón de que, al ser participados, no se consumen; es decir, porque son espirituales. Los más excelentes de entre tales bienes no pueden ser alcanzados por un solo hombre, sino que por su misma altura son sociales, como la cultura, la ciencia, etc. El hombre mismo es por naturaleza social, y el sujeto propio de las perfecciones más altas es la misma sociedad, antes aun que el hombre individual. Un hombre bueno en una sociedad mala es, estrictamente, una rareza. Como diría Péguy, nadie se salva ni se condena solo. De allí que la Iglesia no pueda limitar la observancia de las normas morales a sus fieles, individualmente, pues el sujeto último de las perfecciones mayores es, en este sentido, la sociedad toda. Por lo demás, se hace evidente que de nada valdría que la Iglesia prohibiese el asesinato a sus fieles, si igualmente podrían ser muertos por un infiel, entre quienes estuviera permitido. Pues bien, algo similar ocurre con el acto homosexual, que repercute en el todo social.

En este punto, sin embargo, seguiré el ejemplo del Dr. Lombardi, que no se detiene en explicar por qué el “proyecto de vida gay” sería tan bueno como cualquier otro, de modo que yo tampoco intentaré demostrar lo contrario. El tema no es sencillo, al punto que el mismo Lombardi se muestra errático a su respecto, pues destaca que un gran número de homosexuales integran la jerarquía de la misma Iglesia que los execra, donde habrían llegado incluso a ser Papas; de modo que no se entiende bien si la Iglesia los combate o los prohíja. Sólo me interesa destacar que, si se es pluralista –como se enorgullece en ser el Dr. Lombardi-, mal puede objetarse la doctrina de la Iglesia, que exige a los católicos en general, y al Papa en especial, postular en forma absoluta y universal lo que es bueno para el hombre y proscribir, en iguales términos, lo que es moralmente malo. Esto es propio de cualquier religión, tanto de la verdadera como de las falsas, según lo ha puesto de resalto el mismo Papa Francisco. Por mi parte, se me hace sencillo comprender que esta propensión de las religiones sea contraria al dogma de la tolerancia absoluta, que reconoce validez universal a una única norma; norma que válidamente podría enunciarse así: “nadie puede violentar mi libertad absoluta de pensar y actuar a mi entero gusto”. Es obvio que, si tal norma fuese absolutamente válida, el credo pluralista exigiría, por su propia naturaleza, una adhesión irrestricta de los no-pluralistas a tal postulado. Luego, tal credo se habría transformado, según la misma inclinación que acomuna a todas las religiones, en una nueva religión, levantada sobre el baldío de las religiones tradicionales.

La ley universal de la tolerancia entraña un intríngulis, pues convierte en ley hacer lo que a cada cual plazca, salvo que le plazca hacer que otros hagan algo que no les plazca. Y así, o bien los tolerantes se ven forzados a tolerar a los “intolerantes” –y, entre ellos, a los católicos-, o bien procuran su proscripción. Este es el caso del Dr. Lombardi. A él resta explicar por qué el pluralismo sería más tolerante con los católicos que éstos con los homosexuales. Un dilema al que seguramente el Dr. Lombardi sabrá dar pronta y puntual respuesta.