¿Y los líderes dónde están?

¡Qué triste es para un hombre morir con la certeza de que a pesar de sus esfuerzos no ha logrado mejorar en nada a su patria!, decía Lincoln.

Foto: Web
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 Desde finales de la década del 80’ el mundo entero comenzó a hablar de una fuerte crisis de liderazgos que se profundizó en los años 90. La falta de referentes y modelos en todos los ámbitos de la vida social: comenzado por la política, las empresas, las asociaciones gremiales, sociales llegando incluso a las religiosas, sumieron a las teorías de liderazgo imperantes en una gran crisis. Y ante la caída en desgracia de los líderes carismáticos que habían destacado en el mundo y la ausencia de referentes que pudieran convertirse en un verdadero ejemplo a seguir, comenzó la debacle y pareció entronizarse en el mundo un estilo de conducción desprovista de todo sentido de ideales, principios, y orientación al bien común; por el contrario el éxito se fijó en el logro rápido de los objetivos sin ningún miramiento en los métodos utilizados; y los ejemplos populares de personas exitosas pasaron a ser aquellos que obtenían riquezas de forma veloz sin indicios de esfuerzos, preparación o dedicación a una disciplina, oficio u profesión.

La ostentación, el modo de vida de consumismo exagerado, el disfrute de la vida al extremo en la inmediatez y la idea de soluciones mágicas a los problemas dieron pábulo a demagogos y charlatanes que se entronizaron en lo más alto de las jerarquías sociales en todas las organizaciones y comenzó la era de la promesas sin fundamento, la “revolución productiva” prometida de un día para el otro, los viajes a la “estratósfera” y el millón a partir de un llamado telefónico. La sociedad toda en Argentina pero también en muchos países del mundo comenzó una búsqueda desenfrenada de líderes mágicos que les aseguraran un modo de vida mejor en un tiempo record y sin ningún esfuerzo. Lejos de las palabras del viejo lobo inglés Winston Churchill cuando en los momentos más difícil de la historia de su pueblo les prometía solo “Sangre, Sudor y Lágrimas”, los noventa marcaron la vigencia de las promesas de “Éxito, riquezas y disfrute YA”.

A principios del tan esperado Siglo XXI la suerte de la crisis estaba echada y nos dimos cuenta que, nuevamente, como tantas veces en nuestra historia habíamos perdido la oportunidad de construir un destino común tanto en el país como en la región, y como si no bastaran los golpes de la crisis del 2001 cuando el siglo comenzaba a transitar su primera década un nuevo crack mundial, que algunos compararon con el de 1929, llegó de la mano de una economía mundial que se caía a pedazos y nuevamente ponía de relieve la falta de líderes, de verdaderos líderes que se ocuparan de la cosa pública y del bien común. La crisis económica del 2008 atribuida a unos pocos CEO’s o conductores de empresas que encerrados en sus oficinas de grandes rascacielos idearon herramientas financieras, no productivas, que permitieron a unos pocos amasar grandes fortunas en una práctica empresaria que el mismo Presidente de EEUU: Barack Obama describió como “la codicia desenfrenada” de unos pocos que había llevado al mundo a esa situación de inestabilidad económica global.

Estos líderes económicos alejados de la realidad cotidiana enclaustrados en sus mundos dorados sin ningún apego por el mundo de la producción y el trabajo tomaron decisiones sin importar las consecuencias que las mismas tendrían para millones de personas, contradiciendo así uno de los principios centrales del “buen líder”: la responsabilidad de sus decisiones y sus actos.

Así en los finales del siglo XX y principio del XXI asistimos a guerras creadas por la avaricia, los intereses económicos y la ambición, la crisis económica más grande en los últimos 70 años de historia del mundo y la generalización de la pobreza, la marginalidad y el hambre a las puertas del desarrollo tecnológico más impresionante que, a partir de buenas decisiones, permitiría mitigar los grandes problemas de la humanidad ahora sí en un tiempo record como nunca el mundo imaginó.

Lo cierto es que hoy más que nunca se hace evidente la necesidad de modelos de liderazgos creíbles, productos del esfuerzo, el trabajo y la formación continua; la sociedad en su conjunto necesita de referentes que tengan convicciones, intereses comunes y por sobre todas las cosas muy claro el ideal del bien general y el bien común. El mundo empresario, por ejemplo, está haciendo pie en la RSE (Responsabilidad Social Empresaria) con la idea fuerza de que nada sirve intentar alcanzar el éxito a cualquier precio cuando el entorno se encuentra sumido en la pobreza, problemas sociales, medioambientales, etc.; por suerte un número creciente de líderes empresarios advierten que el crecimiento económico sostenible es la única vía para un desarrollo armónico de la economía, esto como un modelo de liderazgo económico que a través de las vertientes de la economía social y la economía solidaria, presentan un camino de corrección del rumbo devastador que impuso la economía liberal extrema.

Por otro lado la necesidad de referentes se ve plasmada también hoy en la gran adhesión mundial que ha suscitado el Papa Argentino Monseñor Jorge Bergoglio, para todos Francisco I, un líder comprometido desde hace mucho tiempo con la más cruda realidad social y que ha llevado su modo simple, austero, sincero y transparente de ejercer el liderazgo a la antigua, rancia y pomposa Roma provocando la admiración de propios y extraños, pero por sobre todo poniendo de relieve en todo el mundo la necesidad de líderes más cercanos a las necesidades de su gente, con acciones concretas tendientes a alcanzar la misión para la que han sido elegidos: más allá de las creencias y la fe que cada uno profese, sin duda Francisco I es hoy un modelo de líder observado y admirado por gran parte del espectro mundial.

Hoy se necesita volver a mirar a líderes referenciales que guíen a la humanidad en un camino de progreso sostenible, equidad, justicia social y paz que permita aprovechar en pos del bien general los avances tecnológicos obtenidos por la humanidad en los últimos cincuenta años y que han permitido un progreso en las artes, las ciencias y la tecnología como nunca en su historia. Y no se trata de buscar conductores mesiánicos o providenciales que de la nada nos deslumbren con sus promesas de recetas mágicas, sino todo lo contrario, se trata de apostar a la formación de líderes que sean capaces de transformar su entorno y generar cambios multiplicadores a partir de sus enseñanzas, sus palabras y sus acciones: quien puede dudar de un Belgrano o un San Martín que en el peor momento de la revolución sudamericana con su ejemplo y su entrega lograron encauzar el camino independentista, o de un Gandhi que logró sobreponerse a la guerra y la violencia a partir de una revolución que logró la libertad de su patria sin derramar sangre, o un Muhammad Yunus, el banquero de los pobres, que ha revolucionado el microcrédito y salvado a grandes bolsones de pobres de la miseria extrema; ni que hablar de tantos modelos autóctonos, sin ir más lejos el Dr. René Favaloro todo un ejemplo para las generaciones de su tiempo y las futuras a partir de un legado de esfuerzo, trabajo y tesón que lo ubicaron en lo más alto de la ciencia médica mundial, y sin embargo es recordado por su humildad, entrega y capacidad de trabajo a partir de un gran legado como es la Fundación Favaloro.

Aquí en Mendoza contamos sin ir más lejos con un verdadero ejemplo de liderazgo científico y social a partir de la acción de CONIN y la prédica de su fundador el Dr. Abel Albino cuyo trabajo es reconocido en el país y el mundo.

Cuantos ejemplos inspiradores podemos mencionar de Líderes que basaron sus decisiones en principios y valores sociales allegados al bien común y que pueden servir como guía para muchos otros.

La gran crisis de liderazgo a la que el mundo alude actualmente y que como hemos visto data de los últimos 30 años tiene solución; la misma consiste en la recuperación de la acción colectiva que permita valorar el mérito sobre el oportunismo, que destaque los esfuerzos y los logros sostenidos en el tiempo sobre el éxito inmediato y la ostentación desmedida; debemos apostar de nuevo a las escuelas de liderazgos que funcionaban en todo el entramado social: clubes de barrios, centros estudiantiles, organizaciones religiosas, juventudes partidarias, foros juveniles de organizaciones empresariales, etc., aquellos lugares formadores de conductores que enseñaban a partir del trabajo en equipo, el esfuerzo colectivo, y las acciones sociales coordinadas que hasta los planes más ambiciosos, las epopeyas más grandes y los sueños más utópicos se pueden realizar.

Lo buenos ejemplos, por gracia aún son muchos, y debemos recordarlos, transmitirlos y difundirlos sobre todo los jóvenes. Necesitamos una nueva generación de líderes, sin duda, pero para ello debemos comenzar por lo más básico la construcción, formación y educación colectiva de quienes en un futuro no muy lejano deben ocupar ese lugar y a quien en definitiva elegiremos para conducir los destinos de nuestro país, la región y el mundo, por ello la mirada debe estar puesta en las generaciones presentes, en las nuevas generaciones a través de la única y más efectiva herramienta de regeneración del tejido social y de formación de liderazgos basados en principios éticos y valores sociales: La Educación; ese es el gran desafío y hace tarea debemos abocarnos con dedicación, esfuerzo y tesón, para así poder comenzar a modificar el presente y construir un futuro mejor.