El docente cascoteado

Una experta en temas educativos nos deja una interesante visión sobre los “opinadores” que abundan.

Escenas de pugilato


Resulta sencillo pontificar sobre el rumbo de la educación desde un escritorio o dar recetas desde una confortable cátedra rodeada por el verde campus. Es tentador armar un esquema y reducir la complejidad de fenómenos como la violencia social o la “realidad educativa”, jibarizando a los actores sociales y convirtiendo a la escuela en un mecano. Es bueno para el ego, asumir el lugar de intérprete y ofrecer pociones mágicas desde un kiosquito montado para vender “capacitación” (como placebo, bálsamo, barniz, pirotecnia). Asimismo echar leña al fuego de la “tragedia educativa”, desde un escenario que da más para la comedia y el cotilleo de palacio, que para la búsqueda de un compromiso social genuino. De hecho, parece ser que cualquiera que haya ido a la escuela se siente experto en educación y expende soluciones de pacotilla, rebuznadas a granel.


Primer round: Trabajar para el cachetazo


Los docentes solemos ser entronizados en algunas fechas claves, para luego ser puestos en el incómodo lugar de chivo expiatorio de todos los males de la educación. Se sospecha que todo cambiaría si estuviéramos más “capacitados”, “motivados”, “actualizados”, si nos arrimáramos al libro de moda o nos ciñéramos a un manual de procedimientos, tipo receta de chocotorta, para aplicar en cada situación escolar, como si las mismas fueran predecibles y rutinarias.

De hecho, tenemos muchos reglamentos, resoluciones, normas, tal vez demasiadas. El problema, es que muchas de ellas no se aplican o no se pueden aplicar. Para los miopes, es preciso aclarar que no hay una “escuela” sino “escuelas”, en plural, y no hay un solo tipo de niño o niña “al que vale la pena educar”, sino muchas formas de transitar la infancia y la adolescencia (que van desde la sobreabundancia de todo hasta las carencias más dolorosas). Así es la frondosa y desconcertante diversidad en que acontece la educación escolar.

La sobrerregulación, en este caso de la vida escolar, no genera procedimientos de mejor calidad, más flexibles y ajustados al contexto. Todo lo contrario, frecuentemente cercena la iniciativa, la confianza en el propio juicio y autoridad, para derivar en un “yo hago lo que me dicen”, en penosa burocracia o en el aplanamiento de la vida social, en la que todo da lo mismo.


Segundo round: todo tiempo pasado fue… pasado.


Indudablemente, los que trabajamos con niños, niñas, adolescentes y jóvenes, padecemos las condiciones bajo las cuales se educa hoy, en este mundo desbocado, con lazos sociales “líquidos”, en el cual prima el “nada a largo plazo” y se alteran las relaciones intergeneracionales de autoridad. No es fácil, nada fácil seguir construyendo utopías.

Es de necios fugarse hacia el pasado, montados en la nostalgia (de algo que nunca jamás sucedió, como canta Sabina) y pensar que el reloj puede marchar en reversa; no hay nada que se pueda recuperar o restaurar, tan solo podemos avanzar en la búsqueda de soluciones más justas para los problemas que hoy nos acosan. Sería bueno, entonces, que en vez de tratarnos como viejos actores, malpagados, que repiten un libreto agotado, en un nuevo y desconcertante escenario, nos concibieran como profesionales que podemos aportar referencias importantes para entender qué está pasando en nuestras comunidades, producir, indagar y proponer.


Tercer Round: Y como si esto fuera poco…


Sigamos, entonces. Los docentes también nos encontramos sometidos a un constante escrutinio público (que no suele ser muy generoso en reconocer, pero sí rápido y furioso para cuestionar), pues nuestra tarea se desarrolla en ese ámbito. Muchas de las situaciones que vivimos en las escuelas, terminan impúdica y erróneamente expuestas y destripadas en las tapas de los diarios, en muchos casos, escudriñadas por algunos “expertos”-cacatúa, que en vez de ampliar el análisis, comprometerse a investigar, proponer líneas para profundizar la indagación o ponerse a pensar con los afectados, distribuyen culpas, dan consejos de Perogrullo o nos ponen orejas largas en el rincón de “reflexionar sobre sus propias prácticas”.

Urgidos por la necesidad imperiosa de responder a la enciclopédica normativa y al frondoso papeleo, dar respuestas a infancias y adolescencias que transcurren en escenarios turbulentos, adecuar las didácticas a las singularidades cognitivas de estas nuevas generaciones, comprender las mutaciones familiares y el corrimiento de las funciones de socialización y transmisión cultural, terminamos –siempre- sumando exigencias, mandatos y expectativas que van agotando recursos, no solo materiales sino también emocionales y simbólicos. Basta leer algunos párrafos del proyecto de Ley Provincial de Educación para advertir como, cada vez más, se atribuyen más funciones a las escuelas y a los docentes.

Este “hacerse cargo” genérico, de todo y de todos y todas, parece emplazarse siempre más lejos de lo que se puede y lejos del campo para el que estamos preparados: el pedagógico didáctico.

Más allá de esta hipertrofia de funciones, desde el punto de vista emocional es muy duro estar, cara a cara, ante la más cruda pobreza –material o emocional- en la que viven muchos niños, niñas y adolescentes, como enfrentar las muchas formas que asume la exclusión, el abandono, la tristeza y soledad de algunos. También “convivir” en el desfondamiento de algunas comunidades asoladas por la desesperanza, la ausencia de expectativas y la violencia social.

Sea en el ámbito estatal, como un representante del Estado -con el cual mucha gente se encuentra en conflicto- o atendiendo a sectores que de una u otra manera sostienen la lógica que hace de su autoridad una mercancía y de los padres, clientes (que siempre tienen la razón), ocasionalmente funcionamos como puching ball. No está de más comentar que padecemos el arrasamiento de problemáticas sociales y familiares que afectan a nuestros niños y adolescentes.


Cuarto round: Políticas educativas: traducción y después


Toda política expresa un horizonte de valores, es decir, metas valiosas para una comunidad que deben convocar a las personas, configurar las instituciones y darle sentido y sustancia a lo que hacen. Nacen en algún lugar y llegan a las filas que están en la línea, traducidas.

Muchas políticas son luminosas y motivadoras, pero al pasar por el cedazo de estas sucesivas “explicaciones”, se alteran… como en el juego del teléfono, el primero dice hola y vaya a saber qué terminará diciendo el último. De hecho, muchas son traducidas con muy mala leche, para sostener intereses, posiciones o privilegios.

Muchos términos, como “incluir”, “calidad”, “exigencia” se barajan como si fueran unívocos, es decir, como si tuvieran el mismo significado para todos y en todo lugar. Así, por ejemplo, se utiliza la palabra contener, un termino convenientemente ambiguo, según quien sea y qué interés mueva al que la enuncia, para referirse a tantas cosas: calmar o tranquilizar, cuidar, aprobar a mansalva, generar un entorno solidario y de ternura, aguantar hasta reventar, hacer la vista gorda, poner el cuerpo, el corazón y la mente en alojar a estas nuevas generaciones con sus problemáticas -que supimos conseguir- o en mantener a los niños y niñas tranquilos en el corral hasta que sean mayores de edad. Un término de pobre pedigrí, que nació en la construcción, indicando a aquello que detiene o modera el desborde, para pasar a las revistas para leer en las peluquerías y terminar acomodándose rutilante en el campo de la educación, diciendo de todo un poco.

No es lo mismo incluir, que es, para esta traductora, sostener una posición inflexible: no hay ni un solo niño, niña o adolescente que esté de más, que sobre, que sea superfluo (como plantea Sloterdijk). Ni uno solo/a del cual esta sociedad pueda prescindir. Se trata de tener una certeza: ninguno de ellos es descartable o trivial.


Quino round: La escuela sola no puede


Las familias llevan a cabo su tarea educativa bajo las mismas o mayores condiciones de confusión que los docentes, asolados por consejos de puericultura contradictorios, intranquilidades y culpas, generalmente invitados a desoir sus propios criterios o dejar de lado algunas herencias o el más sano impulso parental. Poco se las apoya para fortalecer esta parte de su tarea.

Y no hay que ser un iluminado para ver cómo han cambiado las formas de crianza y educación familiar, como también advertir las dificultades que experimentan muchos padres para cuidar, delimitar y ejercer una autoridad que cobije y oriente, y proteja el mundo de los recién llegados, como afirma Arendt, para que puedan sumarse y vivir en él.

Cada vez más, la escuela afronta problemáticas derivadas de entornos familiares complejos, en algunos casos con déficits importantes en los procesos de socialización. A diario vemos en muchos niños o adolescentes que asisten irregularmente o abandonan la escuela, que experimentan furia ante cualquier frustración, desinterés por aprender, escasa capacidad de empatía o de flexibilidad para adaptarse a un entorno reglado. Y, como decimos los criollos, la culpa no la tiene el chancho.

Eso sí, si hay un conflicto, aparecen muchos de los padres que jamás asisten a las reuniones para convertirse enlos más ardientes y ciegos “defensores” de sus pequeñuelos. La judicialización de algunos conflictos escolares, muchos de ellos bizarros o destinados a obtener recompensas, muestran la incesante banalización de la “justicia”, que se presta a chicaneos de todo tipo.


Madura el knock.out: los quejosos y sus penas


Para acallar nuestras penas, que no son ajenas, se nos trata a todos y todas de vagos, de obsoletos o de pedigüeños de licencias. Y habrá algunos que lo son, pues nosotros mismos, cada tanto, padecemos a “colegas”, cómodamente nutridos por la teta del estado, ocupando su lugar al sol luego de haber hecho tropelías de todo tipo. Pero hay una gran mayoría que sigue empujando el elefante; que está, en este mismo momento preparando una clase, corrigiendo exámenes, enseñando, recortando figuras en goma eva comprada de su bolsillo, buscando materiales, pensando en cómo conseguir unas zapatillas para Carlitos que las comparte con su hermano, tratando de atajar el cotorrerío de los padres en el Whastsapp o soñando con las próximas vacaciones.

Como lo hemos demostrado una y otra vez, la mayoría amamos lo que hacemos, pero no por eso estamos dispuestos a inmolarnos. Una cosa es comprometerse y trabajar, y otra poner el pecho a las balas, mientras todos miran para otro lado. Tenemos esta profesión de vida, de sembradores, pero necesitamos respaldo, escucha, reconocimiento y voz.


En la lona


Hay mucha tarea pendiente.

Todos los días miles y miles de docentes apechugamos con realidades que son inimaginables para quienes no están ahí, o para aquellos que en vez de escuchar, bajan línea. Por eso reclamamos, una y otra vez, por eso insistimos.

Habrá algunos amargos, seguramente otros quemados o ineptos; pero la mayoría nos quejamos porque padecemos este mundo que se hace tan difícil de transitar para los niños, niñas y adolescentes que están cada vez más a nuestro cargo; porque vemos a muchos de sus padres desorientados o enojados con lo que han conseguido educándolos de la forma en que lo han hecho, porque a veces estamos solos, muy solos, en esta tarea.

Y esa queja, una copa amarga que no queremos beber, debe ser transmutada en un discurso de posibilidad, de cuidado y alojamiento, de invencible esperanza, porque en cada niño y niña hay un universo de posibilidades y en cada docente que parte a su escuela, quejándose o no, está esa fe renovada en que la educación es el camino, un camino empedrado de pequeños logros.

Y si, todo funciona mejor cuando las escuelas están sostenidas por una red de normas claras y articuladas y por un proyecto educativo que mantiene su integridad a pesar de las traducciones; cuando trabajamos en instituciones instaladas en la comunidad, fortalecidas internamente, centradas en lo pedagógico y saludables para todos; cuando cada uno de sus estudiantes es considerado imprescindible y recibe una mirada esperanzada y positiva sobre sus capacidades; cuando las familias se involucran y tienen oportunidades significativas de participación.

En un mundo ideal todo esto funciona y no se necesitan oráculos que muestren donde está el norte. Pero en este, el real, hay que tener bien claro por qué y para qué se educa, y poner pilas. Muchas pilas y de esas recargables. Sobre todo cuando va llegando diciembre y hay que seguir en la lucha, que no es cruel pero es mucha.

Tal vez el mayor desafío sea ponerle límites a una sociedad que se extralimita con sus demandas y que nos deja girando en descubierto, cuando se necesita una mano.


Mónica Coronado.