Las contradicciones del sistema

El plan de Obama para los inmigrantes, bajo la lupa.

 El presidente de Estados Unidos, Barak Obama, anunció ayer en horario central de televisión unas medidas que están lejos de la reforma migratoria que él había prometido, pero que mejoran la situación legal a entre cuatro y cinco millones de personas sin papeles.

En total, hay en Estados Unidos unos 11 millones de inmigrantes indocumentados, de los cuales la inmensa mayoría son latinoamericanos. Y estas medidas anunciadas alcanzarán a los que hayan cruzado la frontera antes de 2012 y tengan hijos nacidos en Estados Unidos. No se trata de la famosa y anhelada “green card”, pero sí un permiso provisorio de trabajo que tendrá dos consecuencias directas: evitará que esa persona viva con el miedo permanente de ser deportada y le permitirá negociar mejores condiciones de trabajo con sus empleadores.

Estas son dos contradicciones al interior de un sistema que se basa justamente en el miedo y en la explotación rayana a la esclavitud moderna. El miedo permanente a la deportación coloca a los trabajadores “ilegales” en inferioridad de condiciones y permite por ejemplo que a estos latinoamericanos se les pague entre el 30 y el 40 por ciento menos que a un trabajador con papeles. Un ejemplo concreto: en mi reciente viaje a los Estados Unidos tuve que terminar almorzando en una hamburguesería, por distintas circunstancias pero principalmente por el bolsillo. Allí, me atendió Alfredo, un mejicano de Oaxaca, de unos 30 años. Me contó que gana 1.500 dólares por mes, pero paga 1.000 dólares de alquiler por un departamento de un ambiente. Y trabaja 10 horas por día y seis días por semana, absolutamente en negro. Si esto no es esclavitud, ¿qué es? Esto sucedía en Chicago, a una cuadra de Haymarket Square, un lugar sagrado que dio al mundo la fecha del 1º de mayo, día en que se celebra el Día del Trabajador. En todos lados menos en Estados Unidos. Ese día de 1886 comenzó una protesta obrera que culminaría con el asesinato “legal” en la horca de los famosos Mártires de Chicago. Pedían por la jornada laboral de 8 horas. Pasaron casi 130 años y en la esquina un trabajador es explotado durante 10 horas diarias, seis días por semana.

Esos limitados efectos de los anuncios que se contraponen a la esencia del sistema mismo son la verdadera causa de la reacción desmedida de los republicanos, que dijeron que interpretaban la actitud de Obama como una declaración de guerra. Desde hace dos semanas, los republicanos dominan las dos cámaras del Congreso, y ahora saltan en defensa de la esencia del sistema estadounidense: una libertad sin límites que no registra otros valores como justicia o solidaridad. Las excusas son otras, como siempre. Apelan a la división de poderes y llegaron a hablar del “emperador Obama” que ahora gobernará por decreto. Y lo amenazaron con obstaculizar cada medida, no aprobarle la designación de funcionarios claves como el fiscal general y tampoco el presupuesto del 2015, buscando con ello el cierre del gobierno federal, como ocurrió el año pasado. Hasta están hablando de un impeachment como el que se le hizo en su momento a Bill Clinton por el caso Lewinski.

La disputa que subyace detrás de todo es también el futuro de la identidad estadounidense. Lejos quedó aquella sociedad WASP (White, anglo saxon and protestant). Hoy, la sociedad estadounidense ni siquiera es completamente angloparlante. Pero los signos de descomposición del Imperio también se notan en la política interna, no sólo en sus políticas bélicas alrededor del mundo.

Por último, un párrafo más para el bueno de Obama. La medida anunciada es un manotazo de ahogado para recuperar algo de iniciativa política, en su tramo final de su segundo mandato (el del pato rengo). También es un manotazo de ahogado para ser recordado por algo y evitar que se haga realidad lo que le dijo el cineastra Michael Moore: “Pasarás a la historia por ser el primer presidente afroamericano, pero nada más que eso”.

Las medidas son mejor que nada, pero están lejos de la reforma migratoria que prometió en aquellos lejanos tiempos de la obamamanía. De hecho, ahora es fácil decir que la reforma no sale en el Congreso por culpa de los republicanos que la obstruyen. Pero es bueno recordar que Obama llegó a la Casa Blanca en 2008 con las dos cámaras del Congreso dominadas por su partido, el Demócrata. ¿Por qué no lo hizo entonces? Recién en 2010 perdió la Cámara de Representantes en manos del Partido Republicano y ahora el Senado.

Y una cosa más, este Obama que aparece preocupado por los inmigrantes, es el mismo Obama que pasará también a la historia como el presidente de los drones. Los aviones no tripulados que no sólo usa en Irak o Afganistán para bombardear población civil, sino que usa también en la frontera con México para luchar contra los “inmigrantes ilegales”. No hay personas legales o ilegales, hay personas y todas ellas tienen derechos humanos. Pero Obama lleva gastados en su programa de drones sobre la frontera de Arizona y Texas más de 250 millones de dólares, además del muro de más de mil kilómetros y 18 mil soldados. Desde que empezó a usar los drones, Obama “cazó” a unos 5.000 “ilegales”. Se gastó un promedio de 50.000 dólares por persona. El equivalente a haberle dado una educación universitaria a cada uno de ellos.