Lo que se juega el domingo en Brasil

Un análisis profundo sobre el vecino país en la actualidad, a horas de que su futuro se decida.

“Yo quisiera vivir en una favela

Mi sueño es vivir en una favela

Yo me llamo excluido como alguien me llamó

Pero puede llamarme como quiera, doctor.

Yo no tengo nombre

Yo no tengo identidad

Yo no tengo ni certeza si soy gente de verdad

Yo no tengo nada

Me gustaría tener una pizca de orgullo

Pero eso es imposible para quien come restos

Mezclado con las ratas y las cucarachas

Y con el papel higiénico usado

Yo soy el resto

El resto del mundo

Soy un mendigo, un indigente, un molesto, un vagabundo

Yo soy... Yo no soy nadie.

Tengo hambre

O pido dinero o me quedo aquí pasándola mal

Tengo que rebajarme a ese punto

porque la necesidad es

mayor que la moral

Yo soy sucio, soy feo, yo soy un anti social

Yo no puedo aparecer en la tarjeta postal

Porque para el rico y el turista yo soy sólo polución visual”.

Así dice una canción de Gabriel o Pensador. Una canción que me hicieron escuchar mis amigos Leandro y Sandro, en uno de mis viajes a Brasil durante la década del ’90, cuando en Brasil y en Argentina se vivían más o menos las mismas atrocidades.

Fui a Brasil muchas veces, desde chico, casi siempre de vacaciones, y algunas veces por un tiempo, primero a estudiar y luego a trabajar de periodista en Porto Alegre. Pero incluso cuando fui de vacaciones, evité ser turista. Realmente no soporto al típico turista, sobre todo al turista argentino que va con el estereotipo en la cabeza y vuelve con el mismo estereotipo reforzado. Que cree que Brasil es sólo playas, mujeres, fútbol y carnaval. O peor aún el que sabe que Brasil no es sólo eso, pero no le importa. El experto en playas que te habla sólo de lo blanco de la arena, o lo transparente del agua, o lo caro o lo barato de tal posada o cual restaurante. Siempre miré para el costado, no sólo a las favelas, sino también a los que como el de la canción soñaban con vivir en una favela, porque vivían directamente en la calle, como verdadero deshecho de la sociedad.

En la década del ’90 había 20 millones de personas así. No de pobres, porque no llegan ni siquiera a ser pobres. Todo el mundo reconoce que Brasil, durante los mandatos de Lula y de Dilma, sacó de la pobreza a 40 millones de pobres, pero también sacó de la calle a 20 millones de indigentes, de miserables, como el de la canción de Gabriel o Pensador.

La ONU acaba de anunciar que considera a Brasil como país libre de hambre. Recuerdo como si fuera ayer aquel 1° de enero de 2003, cuando al asumir la presidencia, Lula anunció que su prioridad sería el proyecto “fome zero” (hambre cero). Pues bien, 11 años después lo cumplió, con la ayuda de quien continúa el proyecto del Partido de los Trabajadores.

¿Que falta? Por supuesto que falta. ¿Que se puede hacer más y mejor? También. Y la mayoría de los que reclaman son parte justamente de esa nueva clase media hija de Lula y Dilma. Personas que en los últimos años salieron de la pobreza y ahora, con la panza llena, y con mucho derecho, reclaman mejorar más todavía. Reclaman tener acceso a mejores servicios, sobre todo de educación, salud, transporte, energía, etc. Pero no hay que dejar de tener en cuenta que esas mismas personas antes no tenían ningún tipo de acceso a esos servicios.

Por otro lado, además de haberle mejorado la vida a la inmensa mayoría de los brasileños, Lula y Dilma reposicionaron a Brasil a nivel internacional. Ya no es aquel Brasil mendigo, aquel Brasil indigno que, como la mayoría de nuestra Patria Grande, se arrastraba atrás de los designios de Washington. Los embajadores estadounidenses eran especies de procónsules que decidían no sólo las políticas económicas, sino también cuándo podía haber democracias controladas y cuándo eran necesarias dictaduras genocidas.

Hoy Brasil es otra cosa. Hoy Brasil no es una promesa de potencia como lo fue siempre. Hoy Brasil es una potencia mundial. Está en los BRICS (Brasil, Rusia, China, India y Sudáfrica), se codea de igual a igual con los países más poderosos en el G20 y en otros foros internacionales y hasta le disputa influencia continental al Imperio. Pero principalmente hoy Brasil vuelve su mirada hacia la región, hacia Sudamérica, y se integra en la Patria Grande. Como no sucedía desde la época de Getulio Vargas y Perón.


Por eso también es tan importante para nosotros la continuidad del proyecto del PT después del domingo que viene.

Y si no, ¿qué puede pasar? Ni más ni menos que una horripilante pesadilla en la que volveríamos a los vergonzosos años ’90, con la rifa del Estado y la pauperización de la sociedad. Con cada vez más pobres y sobre todo más miserables como los de la canción de Gabriel o Pensador. Ni más ni menos que eso es lo que podría pasar con un eventual (aunque improbable) triunfo de Aécio Neves, el candidato del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB).

En este punto es bueno hacer una pausa para llamar la atención sobre la semántica y sobre la prostitución de las palabras. Así como cualquiera habla descaradamente de libertad, de democracia, de igualdad, de la misma manera un neoliberal de la más recalcitrante Escuela de Chicago se hace llamar socialdemócrata. Casi tan pérfido como Macri que pone su caripela en las remeras relacionándola con la del Che. Aunque ese récord de cinismo es imposible de igualar.

Volviendo a Aécio Neves. Se trata del nieto de Tancredo Neves, aquel que ganara las primeras elecciones después de la larguísima dictadura brasileña, pero que muriera antes de asumir. A Tancredo todavía le quedaba algo de socialdemócrata, algo que se terminó de perder cuando asumió por el PSDB Fernando Henrique Cardoso, uno de los mayores traidores de la historia brasileña. En primer lugar, traidor a sí mismo, porque muchos de nosotros todavía conservamos sus libros de los años ’50 hablando de la Teoría de la Dependencia. Luego de 40 años, FHC hizo todo lo que antes criticaba, y lo hizo mucho mejor que su antecesor Fernando Collor de Melo, destituido no por ser ladrón (que lo era), sino por ser inútil y contraproducente al proyecto de implementar en Brasil los dictados del Consenso de Washington. FHC fue mucho más aplicado, más confiable y más eficiente en la entrega del país.

Pero con estos antecedentes, los propios Tancredo primero, y Fernando Henrique después, trataron siempre como un inútil al actual candidato a presidente Aécio Neves. Recuerdan los memoriosos que Fernando Henrique le decía de todo a Aécio, como el Coronel Cañones a su sobrino Isidoro: alfeñique, botarate, mequetrefe, tirifilo, pelafustán, zopenco, cuando no parásito directamente.

La vida disipada de Aécio, su estilo de Play Boy del subdesarrollo, su frivolidad ostentosa, le granjearon incluso el desprecio de los mismísimos popes del establishment brasileño. Sus prioridades eran las fiestas, los autos y las modelos. De hecho, se casó con una de ellas: Leticia Weber, con quien ahora intenta mostrar una imagen de “Familia Ingalls”. Sin embargo, su vida privada sigue siendo una herramienta de marketing política, y las revistas que más le prestan atención no son las de análisis político sino las del corazón. En una de ellas, la revista Piauí de junio pasado, llegó al límite del ridículo al mostrar su estancia y presentarla como “mi palacio de Versalles”. La misma estancia donde construyó un aeropuerto privado con dineros públicos cuando era gobernador de Minas Gerais.

En este punto volvemos a la prostitución de los sentidos, porque casi toda la campaña de Aécio fue hecha sobre la base de consignas vacías de contenido, sin explicar ninguna de sus propuestas, y acusaciones de corrupción contra la actual presidenta Rousseff. Justamente él… El colmo de la caradurez.

Pero aunque Aécio es el campeón de la corrupción, creo que es un error circunscribir los últimos días de campaña a este tema, que en realidad no significa absolutamente nada. Hablar de la corrupción es como no hablar de nada, o como hablar del clima. Se sobreentienden que en la función pública, la corrupción es de lo más detestable y execrable. Se supone que todo político tiene que ser honesto y que eso no es ningún mérito sino una condición sine qua non. Y si bien es cierto que hay una corrupción estructural en nuestros Estados, es lógico que debemos luchar contra ella. Pero en eso tenemos que estar todos de acuerdo, y de ningún modo puede ser bandera de campaña. Los que la levantan, es porque quieren tapar las otras y no quieren mostrar lo que realmente son. En definitiva, lo que quiero decir es que no habiendo nadie que pueda tirar la primera piedra (menos que menos Aécio Neves y el PSDB), y partiendo de la base de que todos tenemos que luchar contra la corrupción, pues bien, hablemos de política.

Pero algunos se avergüenzan de sí mismos o son tan cínicos que no pueden decir lo que piensan hacer. Aécio Neves no puede decir que quiere volver al Brasil de los ’90, al Brasil que se arrastraba tras las botas de Estados Unidos, al Brasil de las desigualdades, al Brasil de las inmensas mayorías populares postergadas y sumidas en la pobreza, y al Brasil de los 20 millones de miserables. O sea, al Brasil de la canción de Gabriel o Pensador que escuché por primera vez en 1994.

Lo contrario es esperar para el domingo y claro triunfo de Dilma por más de cuatro puntos de diferencia. Un triunfo que signifique un piso y un respaldo para continuar adelante, pero sobre todo para hacer realidad aquello de “nunca menos”. Nunca menos educación de la que se ha conseguido, nunca menos salud, nunca menos empleo (hoy el desempleo está en el 5 por ciento), nunca menos dignidad. Y también para ir por más, por ejemplo una profunda reforma financiera que grave las rentas financiera y dé más oxígeno a la clase trabajadora; una reformas sociales que hagan avanzar en derechos a las minorías sexuales y a las mujeres en sus decisiones reproductivas; y sobre todo una ley de medios que con sus propias características ponga un freno al monopolio más grande de la región: el Grupo O Globo, todavía mucho más nefasto que el Grupo Clarín en Argentina. Y eso es mucho decir. Todo esto y mucho más se juega el domingo en las elecciones brasileñas. Y el resultado influirá absolutamente en el proceso electoral que se abre en la Argentina de cara a las presidenciales del año que viene.

Mariano Saravia.