Desde el instante en el que el actual Obispo de Roma se inclinó ante su pueblo para ser bendecido por él, una transformación profunda se ha ido operando en la Iglesia. Así lo señalan todos los comentaristas más prestigiosos y también eclesiásticos de diversos países, o laicos que se expresan desde los medios o en los comentarios parroquiales, o entre amigos y familiares. Todos parecen de acuerdo en esa sensación de estar viviendo tiempos nuevos y cambios importantes.
Más difícil es describir esas modificaciones de las que todos hablan. Cuando se intenta ir un poco más allá de las frases hechas sobre la necesidad de los cambios que necesita la Iglesia, los caminos empiezan a bifurcarse y fácilmente se convierten en un complejo laberinto. Las opiniones se multiplican, y en muchos casos algunas voces, cada vez más audibles, expresan preocupación o molestia.
Es inevitable comparar con otros momentos de la vida de la Iglesia y sus últimos pontífices. En todos los casos quienes se han sentado en la silla de Pedro han estado envueltos en debates, pero en el caso de Francisco se puede observar una diferencia que no es menor: ahora el Papa no es el que cierra los conflictos o el que acalla las discusiones sino el que los provoca. Sus palabras, sus gestos, la manera de plantear los temas más espinosos, empujan al debate, abren la discusión; y no sólo no impide la controversia sino que plantea las cuestiones abiertamente en los medios de comunicación, sin temor a torcidas interpretaciones. Y hace algo más: señala los espacios adecuados para que esas discusiones pendientes se concreten.
Al comienzo de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium podemos leer: “Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo. No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable «descentralización».” (nº 16)
Esta manera de plantear las cosas está llamada a tener una repercusión de incalculables dimensiones en la vida de toda la Iglesia. Si el Papa no acalla los debates abiertos sino que los encausa, e incluso los alienta ¿qué debe esperarse en diócesis, parroquias, movimientos, congregaciones religiosas? ¿quién puede atreverse ahora a silenciar lo que debe ser hablado? Esta parece ser la novedad más importante: no hay temas tabú, todo puede y debe ser expresado, lo que no quiere decir que cuanto se diga tiene el mismo valor, ni que cualquier respuesta sea la correcta.
Retos y novedades
La actitud provocadora del Papa Francisco, podría convertirse así en una actitud que caracterice a toda la Iglesia, no solo en sus debates internos doctrinales o de cualquier tipo, sino especialmente en su actitud ante el mundo, más concretamente en su actitud ante los temas que son tabú fuera de la Iglesia. Porque no es cierto que la Iglesia católica sea la única institución que necesita una sana y enriquecedora discusión. La política, la economía, la justicia, la educación y muchos otros ámbitos, están necesitados de un aire nuevo que desafíe lo “políticamente correcto”, que cuestione a fondo las “verdades” que han engendrado este mundo plagado de injusticias y violencias.
En los tiempos del Vaticano II se hablaba de “aggiornarse”, de ponerse al día, de estar acorde con los tiempos nuevos. Pero ese no es un lenguaje que se encuentre en los labios de este Papa-profeta que hoy gobierna la Iglesia. Francisco habla de “conversión”, no a los tiempos nuevos sino al Evangelio. Esa es su obsesión, la Buena Noticia anunciada a todos. Eso es lo que lo hace un provocador que desafía a la Iglesia y a todo el que pretenda mantener “las cosas como están”. Porque están mal. Porque no es posible no debatir en profundidad lo que sea necesario en un mundo que destruye la naturaleza, que trafica con personas, con drogas y con armas, que hunde en la pobreza a países enteros para conservar la riqueza intocable de unos pocos.
Pero allí no termina el desafío. Para ser coherentes hay que hacer todo eso desde la actitud y el espíritu del Evangelio, es decir, desde el amor. Es fácil ser un provocador desde el resentimiento y la indignación, en realidad eso no es ninguna novedad. Lo nuevo, lo verdaderamente revolucionario es atreverse a hablar de todos los temas y denunciar todas las injusticias, y hacerlo con una sonrisa llena de esperanza. Eso es lo que hace la diferencia, eso es lo que propone un pastor bendecido por su pueblo.