De confirmarse los pronósticos disponibles, las elecciones parlamentarias del próximo 27 de octubre serán analizadas y juzgadas en el futuro como uno de los hitos más significativos en el proceso de transformación estructural de de la política argentina.
El primer dato central para el análisis es, sin duda, su carácter anticipatorio de lo que se presenta como un verdadero punto de inflexión en el proceso político de los últimos años.
Las urnas reflejarán, muy probablemente lo que las encuestas vienen sugiriendo con claridad desde hace al menos un año: la política ha perdido el monopolio de la iniciativa social y procura acomodarse a cambios muy profundos en la estructura y dinámica de la sociedad. Una nueva sociedad reclama otra política.
Con apenas un tercio de las preferencias nacionales de voto, el kirchnerismo no ha tenido esta vez otro remedio que ceder antes las resistencias e inercias de una sociedad resistente a cualquier tipo de salto institucional como el que hubiera requerido una nueva reelección presidencial. No habrá ya otra presidencia Kirchner, aunque de hecho pueda persistir en el poder un movimiento con raíces profundas en el ciclo política inaugurado por los Kirchner
La súbita autonomización de Sergio Mazza, “primerando” en el previsible torneo sucesorio marca el comienzo de un realineamiento profundo adentro y afuera del espacio del poder nacional. De hecho, el primer efecto fue un realineamiento de importancia similar: el reencuentro entre Daniel Scioli y la Casa de Gobierno. El orden de los factores –definido seguramente en los próximos días por los números de las PASO- incidirá seguramente sobre el producto final. Aún así, el cambio ya ha comenzado. Un cambio con mucho de generacional, que, con el correr de los meses, irá ganando profundidad y alcances políticos hacia el futuro.
Junto al cambio en el elenco de actores centrales del juego electoral – intendentes y gobernadores con títulos claros e indudables de gestión en ámbitos territoriales definidos y concretos-, despuntan cambios de paralela importancia en el propio electorado, frente a los cuales la política no tiene otro remedio que adaptarse.
Las elecciones del 2013 han sido las primeras elecciones desprovistas por completo de programas y propuestas. Campañas sin discursos, de gestos y posicionamientos. Esta nueva actitud de prudencia adaptativa a un electorado suspicaz y por momentos agresivo incentiva posturas adaptativas por parte de los candidatos. A la grandilocuencia de elecciones anteriores sucede una especie de instrumentalismo pragmático, cada vez más crudo y especulativo. “¿Progresista?: este es un gobierno práctico” sentenció ya en enero del 2008 Sergio Massa, nuevo referente paradigmático de este nuevo espíritu, al asumir la Jefatura del Gabinete de Ministros de CFK (Vid. Diario La Nación Domingo 4 de enero 2008, p 1) Este espíritu de adaptación a la complejidad del nuevo escenario social, ha terminado por desplazar criterios ideológicos, postulados programáticos e incluso posiciones de conveniencia personal de líderes y candidatos. A diferencia al “ofertismo” de la política tradicional –basada en los programas, liderazgos, plataformas ideologías o promesas de campaña, la nueva política implica una revolución “desde la demanda”. El centro de la escena es un ciudadano informado, alerta, curado de espanto, que se indigna y que reclama cosas que la política no llega siquiera a entender del todo. Este es el nuevo espíritu de la política argentina y las elecciones en curso remarcan el giro copernicano vivido por el proceso político en estos años. Los años del final de la pasión política y del comienzo de un nuevo ciclo de perfiles todavía imprevisibles.