- He estado explicando Zen toda mi vida, confesó una vez Bashö, y, sin embargo, nunca he podido comprenderlo.
- Pero -dijo su interlocutor- maestro, ¿cómo puede usted explicar algo que no entiende?
- Oh, exclamó Basho, ¿también tengo que explicarle eso?
Matsuo Bashö, poeta y maestro zen.
Que la realidad no existe, sino sus interpretaciones, es un hecho, pero no lo diremos así, tan directamente, sino que iremos poquito a poco, no vaya a ser cosa de que se interprete mal.
Todo aquello que conocemos es lectura de algo: mapas, estrategias, mitos, recetas y recetarios, sonetos, profecías, cápsulas de tiempo, astrolabios, cicatrices, recuerdos y conquistas.
La suma total de la sabiduría acumulada (que, por suerte, no está en manos de nadie) no es más que un discurso de otra cosa: allí donde veas un hombre o una mujer verdaderamente sabio, deberás entender que se trata de un puente, un prisma o una cuerda tendida, jamás de un destino o una respuesta.
La única sabiduría posible reside en hacerse la pregunta adecuada.
Las respuestas, en todo caso posible, no son más que descansos en el camino. Las respuestas son petulancias de esqueletos. Las respuestas son solos de trompeteros para un público idiota. Las respuestas son ceremonias innecesarias, actos fallidos, ademanes de ciegos bajo el agua.
Vamos a un caso: si decimos, por ejemplo, que el Aconcagua es un cerro no faltaremos a la verdad, pero apenas estaremos diciendo una parte ínfima de lo cierto.
El Aconcagua puede ser también un espacio de lo sagrado, medida de uno mismo, tumba de un amigo, recurso económico, opción turística o derrotero del viajero, reservorio de agua, excusa para el ejercicio de la vanidad, escenario de valentías y estupideces, montón de piedra y nieve erecto hasta el cielo o hasta la nada.
¿Qué es el Aconcagua? Una pregunta que cada quien debe preguntarse y que algunos sabrán responderse.
Ya lo dijo el Asterión de Borges, en aquel maravilloso cuento repleto de preguntas: “El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos” (“La casa de Asterión”, El Aleph, Borges, 1949).
Por eso, la cultura jamás será la acumulación de información. Los racimos de datos que repiten los loros barranqueros escolares sólo han servido y servirán para obtener un título, aprobación social, empleo rentado, presunción de inteligencia, comodato con la mass media burguesa y recurso para que algunos que no son doctores se hagan llamar doctores.
Cultura no es más que transformar en obra la herencia recibida. La cultura es una forma de devolución y de reconocimiento de lo ajeno y lo diverso como propio; es también preguntarse qué necesita el otro, más que responderse lo que uno necesita. Todo lo demás, no es más que un arsenal de palabras, como barandas para no caer en la locura.
Nada sabemos de nada. Nada puede enseñarse y sólo un par de cosas pueden aprenderse: aprender a preguntar y aprender a callar.
Vuelvo a recordar ahora que, alguna vez, el poeta Roberto Juarroz dijo algo así: “El mundo es el segundo término de una metáfora que se ha perdido”.
La frase habla por sí misma: todo lo que conocemos es discurso de otra cosa y ya nadie sabe de qué cosa.
Contra lo que pueda suponerse, la evidencia es alentadora.
Que las cosas en verdad relevante sean más carne de preguntas que de respuestas, tal vez, sea la única razón por la cual el ciclo de las estaciones, el sístole y la diástole, la traslación y la rotación, los tres estados del agua, el vals de la sangre por las venas, las fotosíntesis, el gas que llamamos aire y milagros por el estilo se sigan sucediendo sin más razón que la de la vida desplegándose, claro, hasta que un instante en que todo este tinglado se vendrá abajo y ya ni palabras habrá, ya ni silencios.
Bajo esta noche inmensa que a este escriba se le cae encima como un luchador de sumo, una única pregunta flota, la única valedera, hasta que el estúpido sol asome su hocico con tibiezas, delaciones y exigencias salariales de supervivencia: ¿cuál es la cifra que aguarda, como un puma en la falda del cerro, para romperme el pecho y beber de mi jugo?
Lo demás, no existe: es apenas el discurso de un mundo que flotará a la deriva hasta que se harte de tantas hermosas faltas de sentido y de respuesta. Cuestión de tiempo, que le dicen.
Ulises Naranjo.