Nadie revela ninguna gran verdad si se le ocurre decir algo como “la educación está en crisis”. De hecho, esta frase se ha convertido en caballito de batalla de partidos políticos en época de campañas, de escuelas privadas que pretenden convencer a los padres de que ellas son la excepción, de quien quiera que ande por ahí tratando de justificar la reducción de la edad para mandar a los pibes a la cárcel, de todo aquel que necesite una excusa para apartarse de sus responsabilidades.
Pero remitámonos a la contradictoria frase con la que fue titulada esta columna: “Matemos a un maestro y digamos no a la violencia”. Tal sinsentido es una mera excusa para llegar adonde queremos, que es a la revisión de aquello de “la educación está en crisis”, porque no es tan simple como que es la educación la que está haciendo, desde hace varios años, agua, sino que esto va más allá. Por eso, veámoslo así: la educación está en crisis, sí, pero no es la causa, sino una de las consecuencias, porque es la sociedad la que está en crisis.
Bah, tampoco decimos nada nuevo con esto, pero tal vez la intención no es elaborar grandes y despampanantes enunciados, sino poner negro sobre blanco. Miremos a nuestro alrededor y revisemos una por una las instituciones (familias, iglesias, clubes y demás) y tratemos de descubrir en cuál de ellas no se han modificado las relaciones y en cuál de ellas estas relaciones no se han convertido en algo más complejo, más inasible, más crítico.
Por supuesto que hay excepciones, pero la mayoría de los rincones a los que miremos estarán envueltos en dudas sobre sí mismos, sobre sus elementos, sobre las personas que lo componen.
Aunque, claro, lo más fácil es echarle la culpa a la escuela.
Que quede claro. La educación necesita reformas tanto como necesita un gobierno que dé pasos decididos hacia tales reformas y que invierta en ellas. Es preciso que se realicen cambios que incluyan a todos los estudiantes y que trasciendan una gestión, que se piense en veinte, treinta años, que no se actúe en lo inmediato sin tener en cuenta el futuro.
Pero la escuela no está sola en la sociedad. De hecho, aquel viejo adagio que sentenciaba que la escuela es el reflejo de la sociedad sigue tan vigente como en el momento en que fue enunciado. Por eso, cuando se cargan todas las responsabilidades sobre la escuela y se concluye que todos los males son consecuencia de que la educación está en crisis, estamos, por un lado, viendo (y criticando) sólo una parte y no el todo, y por otro, y más importante, no haciéndonos cargo de lo que nos corresponde.
Está claro que debe haber gente capacitada que se haga responsable de conducir la educación, de elaborar políticas que conduzcan a que todos los jóvenes estudien, de garantizar que la escuela sea una escuela. Estamos hablando de políticos, claros, que en definitiva serán los responsables de una parte importante de lo que suceda en las aulas.
Pero tal vez también debería quedar en claro que, como sociedad, no nos estamos haciendo cargo de lo que nos corresponde.
La familia cena tomando Coca-Cola, sentada a una mesa encabezada por un televisor en el que transmiten un programa de Tinelli donde lo más importante es el culo de una vedet. Claro que después queremos que los chicos aprendan a alimentarse sanamente, que puedan conversar sobre sus problemas, que sean respetuosos de la diversidad y, sobre todo, que lean al menos un par de libros al año.
Es sólo un ejemplo, pero tan contradictorio (aunque no tan ficticio) como aquello de “matemos un maestro y digamos no a la violencia”.
No le quitemos a la escuela la responsabilidad que tiene, pero tampoco miremos para otro lado emitiendo sentencias contundentes sobre el estado de la educación, cuando somos todos los que construimos esa sociedad que se verá reflejada en la escuela.
A modo de espejo, si lo permiten, propongámonos el siguiente juego. Hay a continuación una serie de chistes que, como buenos chistes que son, nos ponen a veces antes caricaturas de nosotros. Todos esos chistes (aunque algunos no lo son tanto) muestran situaciones relacionadas con la educación, a veces con la escolarizada, otras veces con la familiar.
El juego consiste en lo siguiente: si somos padres (algunos de ustedes serán docentes, otros no, pero sirve para todos por igual), veamos los chistes, repasémoslos, riámonos de lo que debamos reírnos, pero al final preguntémonos en cuáles y cuántas de esas situaciones nos vemos reflejados, y tal vez de esa manera podamos asumir que no es sólo que la educación esté en crisis, sino que es que la sociedad está en crisis, y tal vez así decidamos hacernos cargo de lo que nos corresponde.
Y al final, aquel padre o madre que no se haya visto reflejado en ninguna de estas viñetas, que arroje la primera piedra.