Los Kirchner en la mesa del comedor

¿Qué dejó la década kirchnerista?

Foto: ABC.es
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Los Kirchner entraron en las casas de los argentinos como ninguno de los últimos gobiernos. Abrieron la puerta de un portazo, dieron un golpe en la mesa y cambiaron muchas fichas del tablero: en la puerta de la heladera congelaron las facturas de luz y gas y se multiplicaron los circulitos de los feriados en el calendario. El chanchito de la jubilación privada fue borrado de un plumazo, en la tele hablan todo el día "del Gobierno y de Clarín" y el fútbol es gratis para todos y todas. Ah, y el vecino gay se casó felizmente con su novio de Colombia.

En los cajones de la mesita de luz los pesos escasean: la inflación se devora los sueldos (en blanco, en negro y en blue) antes de mitad de año y, además, los pesos hay que gastarlos cómo sea porque en pocos meses ya valen menos. 
El colchón de la habitación principal ya casi no se levanta: en la Argentina es casi un delito comprar el principal objeto de deseo y ahorro, los dólares (palabra que por ahora, por suerte, no está penalizada escribirla).

En el comedor volvieron las discusiones "de política" después de décadas, más allá de los afiliados a los partidos y los politiqueros de siempre. Desde la cocina se empezaron a escuchar discusiones épicas que acabaron siendo irreconciliables. Muchos amigos ya no volvieron a la casa. ¿La defensa o crítica de un gobierno de turno amerita terminar con amistades de tantísimos años?

Es que los Kirchner dividieron en dos las cabezas de los argentinos como ningún otro: en el trabajo, el colectivo o el club hay que dar explicaciones de si uno está en una vereda u otra. O sos K o sos anti K, viejo. Cristina o los golpistas. Progre o facho. Patria o Clarín. La intolerancia cotiza a máximos históticos. Una cosa es apoyar por plata y otra por convicción, ideología (¿el kichnerismo tiene hoy ideología?), creencia o fe en la Virgen Cristina. Porque no está mal que miles de argentinos que antes no les importaba un pepino ahora hablen del modelo agroexportador, está genial. Lo penoso en pensar en "enemigos".

Hablar de plata en la Argentina no es algo baladí. Ya lo dijo la mismísima Presidenta en sus años dorados de "abogada exitosa". Ella y su marido necesitaban "platita" de familias en bancarrota de Santa Cruz para "hacer política". Con el tiempo, parece que, además, los Kirchner usaron "la política" para "hacer platita". Y mucha. El valijero Leonardo Fariña reveló ante la famosa cámara oculta de Lanata que Lázaro Báez maneja 5 mil millones de dólares. ¿Cuánto?

En un país en el que el grueso de su gente termina el mes con menos de 500 pesos es mala educación, hasta humillante, señores, que se refriegue en sus narices semejantes cantidades de dinero (encima en moneda extranjera, después de tanto sermón en vivo por TV sobre teoría económica ante sacrificados operarios de fábrica que no pudieron acabar siquiera el primario). Ahora, ¿es necesaria tanta pero tanto plata para ser feliz? ¿Poseer un piso de lujo en Puerto Madero es ser feliz?

Lo que más duele acaso de los derroches o caprichos de ministros, secretarios y amigos del poder no es tanto su cifra estrafalaria (ni siquiera capaz de ser imaginado para un desocupado pobre de La Matanza que siempre votó al PJ) sino que el dinero no es de ellos: es de todos o, mejor dicho, de los pobres, los primeros que necesitan al Estado.

Cuesta creer que, después de una década en el poder con declaraciones juradas millonarias, a la Sra. Presidenta -inteligente ella como es, imposible negarlo- nunca se la haya ocurrido crear, por ejemplo, la fundación "Cristina solidaria" con la que reflejara su coherencia con todos sus dichos sobre la distribución de la riqueza para el pueblo. Hubiese sido un gran gesto de sensibilidad social. Hubiese callado a más de uno. Cristina no lo hizo.

La re-re y el 2015 probablemente sean más una obsesión para todo el séquito de funcionarios, empresarios y los descamisados de La Cámpora que secundan a Cristina que para ella misma. Hábidos de continuar con sus negocios y privilegios principescos de toda clase, dentro o fuera del aparato estatal, son los primeros interesados en el que el modelo traspase esa fecha.

Ella, sin Él (con ele sostenida), seguro debe estar pensando en algún tiempo sabático después de tantos años de tensión y nervios. Lógico. El final de Él es conocido. Se inmoló por el proyecto nacional y popular. Cualquier politólogo reconoce que fue la jugada política más astuta jamás conocida.

Porque hay que recordar que Cristina manda donde vive desde hace mucho más que diez años. Primero mandó con Néstor en Río Gallegos en 1987. Después, en 1991, asumieron el mando ya en todo la provincia de Santa Cruz, donde hace mucho frío y vive el 0,5% de los argentinos. Y en 2003 todos saben qué pasó.

En total, Cristina Elisabet reina en su feudo desde hace 26 años.

Por eso es difícil imaginarla fuera de la administración pública. Quizás ese sea el primer incentivo para continuar en la Casa Rosada más allá de 2015: no saber qué hacer de su vida después de ser la presidenta más famosa, observada, comentada, aplaudida y a la vez odiada, elogiada y al mismo tiempo criticada.

Es que Cristina, todos lo saben, está muy obsesionada sobre qué dirán de Ella los manuales de historia en treinta o cuarenta años. El "juicio de la historia".

Seamos justos: también hay cosas que rescatar. Hoy decenas de ex policías y militares que el 24 de mayo de 2003 almorzaban con postre y largas sobremesas en la Costanera Norte ahora están presos acusados de delitos imperdonables por la revolución K de los Derechos Humanos. Ni la hipocresía de los Kirchner respecto a los desaparecidos antes de su llegada al poder (nacional) puede desteñir acaso el mayor avance de la ArKentina en la última década. Los Derechos sociales son el otro poroto K. 

Ojalá se pudiera decir los mismo de la política energética (se gastan muchos bolsos de dinero, en pesos, para importar combustible), la económica, las viviendas sociales a semanas de las elecciones, los planes familiares que se reparten en los actos oficiales o las asignaciones universales atornilladas a los votos. Porque si en una familia de cuatro miembros, tres viven subsidiados por el Estado durante ocho años -sin trabajar ni pretenderlo-, algo en ese sistema debe estar fallando.

Y claro, la 'Argentina subsidiada' fastidia a la otra Argentina, la que paga religiosamente cargas sociales, impuestos y debe tener todos los papeles en regla para evitar la mordedura sorpresa de sabuesos de la AFIP. Es la Argentina que se ve por aplaudiendo en los actos oficiales por las tevés públicas versus la Argentina que cada tanto sale a la 9 de Julio hastiada con pancartas dolorosas. 

¿Qué dejó la década kirchnerista? ¿Hay mejor educación? ¿Hay más seguridad? ¿Hay salud eficiente para todos y todas? ¿Las condiciones de vida mejoraron para el grueso de los habitantes? ¿Las instituciones funcionan mejor? ¿Hay políticas a largo plazo? ¿Posee el país infraestructura acorde a 2013? ¿Somos más parecidos a Brasil o a Venezuela, donde se quedaron sin papel higiénico?

La contestación depende de la fuente y la inKlinación que provenga, ya se sabe. La cultura instalada de la mentira de forma sistemática que aplicaron los Kirchner para defender su autoridad moral y el re-relato fue otro de sus bastiones. La intolerancia, un fuerte resentimiento a quienes no piensan como Ella (y no la votaron), el "vamos por todo" sin respetar nada ni nadie; negar la verdad más comprobable (sólo falta que se niegue que dos más dos es cuatro) son de las peores herencias del kirchnerismo, acabe cuando acabe y de la forme que acabe. Ojalá sea con una Plaza de Mayo feliz, en la que haya más hombres y mujeres con sus banderas que polícias, caballos y carros hidrantes.