Si hablás te mato, o el silencio de los corderos

La periodista griega Eleni Varvitsiotis no sólo desnudó a Hernán Lorenzino. Confrontó a un país acostumbrado a callar y a no preguntar. Y al que habla, se lo castiga. Los corderos somos nosotros, la sociedad civil.

El silencio nos vuelve cómplices. Encubridores y temerosos, aún a las personas de bien. Nos acostumbramos al silencio. Y a cambiar de canal cuando alguien dice algo incómodo. Puede suceder tanto frente a un programa de TV, como en una amable conversación social. El relato necesita una contracara que es el silencio. De eso no hablo. De eso no hables. Me quiero ir. ¿Se puede cortar esto?

El silencio de la sociedad civil, versión moderna del “no te metás” y del “algo habrán hecho”, siempre es peligroso. En la película “Los Juicios de Núremberg” (1961) hay una escena extraordinaria en la que Marlene Dietrich (Mrs. Bertholt) trata de convencer al juez americano protagonizado por Spencer Tracy, que el juez alemán cómplice de los crímenes del nazismo (Burt Lancaster) era en realidad una buena persona y que había hecho lo imposible contra el régimen. Finalmente el juez alemán es condenado y en su alegato final, Spencer Tracy explica que una de las cosas más extraordinarias del nazismo era que había conseguido que cientos de miles de buenas personas terminaran callando y aceptando las atrocidades del régimen.

Estamos muy lejos de aquello, y el ejemplo es exagerado. Pero sirve para explicar el problema.

El silencio es un arma política y económica. Una de las grandes contratistas brasileñas de obra pública con mucho trabajo en la Argentina, suele contratar pauta publicitaria en los medios para que el nombre de la compañía no aparezca mencionado en ninguna circunstancia. El silencio es un bien que se puede comprar. Los brasileños tomaron nota de esa costumbre, inaugurada por grandes empresas de capitales argentinos en los ’90. El silencio es un valor preciado sobre todo en empresas de servicios públicos, donde se manejan grandes inversiones, grandes dineros, y problemas grandes también.

Los funcionarios no hablan de inflación pero tampoco los periodistas preguntan. Una periodista griega simplemente dijo que si no interrogaba sobre inflación no hacía su trabajo. Y dejó al desnudo el verdadero nivel de autoritarismo de nuestro país. “Es difícil entender para alguien de afuera” le explicaban a la periodista helena que puso en ridículo al ministro de Economía Hernán Lorenzino. En Mendoza, los funcionarios y las empresas están acostumbrados a que casi no hay preguntas incómodas de los periodistas en las ruedas de prensa. Son pocos los que se animan a romper el silencio. Lo demás, es como bailar un vals. Suave y armonioso.

El silencio se consigue en las góndolas. Los dueños de supermercados aceptaron que un Secretario de Estado les prohíba “de palabra” publicar sus ofertas en los diarios. Pero les permiten publicitar en un programa de TV producido por las esposas del mismo secretario y de un ministro. Los más militantes salen después frente a los medios a defender las medidas más insólitas.

Está prohibido hablar de inflación. Un ministro provincial que entiende de números dice que no sabe cuánto es la suba de precios porque él no va al supermercado.

La culpa es siempre de la crisis internacional y de los demás, del “afuera” hostil. Los estados autoritarios siempre creen que alguien los quiere agredir. Nunca sucede lo malo por impericia propia. La inflación y los altos costos, el desmadre económico, el cepo y la inseguridad jurídica preocupan a los inversores. Gobernadores y ministros lo niegan. Pero un inversor indio, el de la fábrica de lentes intraoculares, le preguntó a Paco Pérez justamente por la relación del gobierno con las empresas privadas. Querían saber si lo de Repsol podía pasar de nuevo. A ellos, se ve, no les gusta el silencio.

Desde hace años la presidenta no habla con los medios independientes, no hay conferencia de prensa ni preguntas molestas. Cuando debió enfrentar interrogantes de estudiantes en Harvard, hizo agua y protagonizó un papelón.

Funcionarios del máximo nivel se enojan porque una empresaria dice lo que todo el mundo sabe: la Cancillería argentina es incapaz de armar contactos comerciales útiles en el exterior. Lo malo no es que ocurra, sino que se hable de ello.

Hay medios que hacen desaparecer de las noticias a los funcionarios que no responden a sus negocios o directamente arman campañas en su contra. Es habitual, tanto como que periodistas jóvenes recién recibidos pregunten por la línea editorial, o si los medios están “a favor o en contra del gobierno”. Esta es otra versión del silencio de los corderos.

El canal oficial usa el monopolio de la transmisión de fútbol para propagandizar sus "logros" y explicar sus políticas, ya sea el 7D o la reforma de la Justicia, o para encabezar desde allí campañas de desprestigio, escrache y acoso de políticos, periodistas y empresarios que no comulgan con el “modelo”.

 

Pocas cosas hay más facciosas que conseguir el silencio con la intimidación pública.


Muchos gerentes de marketing y agencias de publicidad son peores que los políticos. Están convencidos que si contratan publicidad tienen derecho al silencio, al encubrimiento, al disimulo de medios y periodistas. Hasta hace no mucho tiempo era habitual en los medios ver que gerentes de publicidad de los anunciantes tenían más poder que los propios editores.

La clave de una sociedad autoritaria es que aun las buenas personas se vuelven cómplices. Lo normal -opinar, disentir, polemizar- se vuelve peligroso. Por eso vamos camino a una sociedad cada vez más autoritaria. Y eso no es sólo culpa del kirchnerismo. La sociedad civil también es cómplice, con el silencio.