Tragedia de Once: CFK y su desafortunado "hay que apechugar"

Luego de casi un año de silencio sobre el tema, la presidenta envió un mensaje a los familiares de los muertos en Once, pero antes que aproximarla, sus palabras parecen alejarla de la gente.

Foto: Télam
Foto: Télam

“Porque hay que acordarse de todo también, queremos recordar y rendir un homenaje, porque mañana se cumple un año de la tragedia de Once, y queremos también rendir un homenaje y un recuerdo a todas las víctimas y un abrazo solidario a todos sus familiares. También… Fuerte… Yo sé que la pérdida de un ser querido es irrecuperable e irreparable, nadie lo puede suplir, nada lo puede reparar pero, bueno, allí está la Justicia para determinar responsabilidades, seguramente, pero así todo, con justicia, con reparación económica, con lo que fuere, la vida no vuelve, y la vida de un ser querido, de un ser humano, es algo muy valioso y muy doloroso perderla. Así que un gran abrazo para todos ellos… Y también, porque hoy… La vida es así, la vida es alegría y tristeza, no estamos siempre alegres ni siempre tristes, nos tocan momentos difíciles, hay que apechugar y salir adelante, de acá la miro a Estela… ¿Cuántos años, Estela [de Carlotto], pidiendo justicia? Treinta y… Treinta y cinco años pidiendo justicia las Abuelas, las Madres, y recién después de treinta y cinco años está llegando la justicia. Así que también es importante saber que la vida es así, con  momentos duros, con momentos difíciles, pero también con momentos de alegría, de recuerdo y de memoria y de mucho respeto”.

Lo anterior, tal vez ya haya sido reconocido, es la referencia que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hizo el jueves 21 de febrero al primer aniversario de la tragedia de Once, el accidente de una de las formaciones del Ferrocarril Sarmiento que dejó un saldo de 51 víctimas, y de ahí el impactante JU5T1CIA que representa a la lucha de los familiares para que las responsabilidades se distribuyan como corresponde y, consecuentemente, sean condenados quienes deban ser condenados.

Pero estas palabras de la mandataria (a las que siguieron, sin solución de continuidad, otras dirigidas a Macri), contra lo que podía ella llegar a suponer, antes que acercarla a los familiares y al resto de la gente que siente aún en carne propia lo que pasó el 22 de febrero del 2011, antes que tender un puente solidario, la apartó más. Y este puede llegar a ser el quiebre simbólico más importante de Cristina con la gente.

Y aclaremos que estamos hablando de la gente común y corriente, la que se pasó toda la mañana del 22 de febrero del 2012 con el televisor, la radio o Internet encendidos tratando de saber qué sucedía, qué había pasado y cuántas eran las víctimas, lamentando el dolor de esas personas aprisionadas por toneladas de hierro, viendo piernas que se asomaban por las ventanillas y que ya se suponía que eran cadáveres.

No estamos hablando de los que concurrieron a las marchas del 8N (y no vengan con que no hubo producción ni con que no había intenciones partidarias detrás, menos considerando todo el cotillón del que disponían) ni de los que concurren a cualquier acto oficialista (trasladados incluso más de cincuenta kilómetros en micros contratados y con cantitos estudiados, y hasta con retribución económica para los líderes). No estamos hablando de esos que, pagos o no, por el sánguche y la coca o por unos pesos, se mueven adonde los lleven. Estamos hablando de los otros, los que prefieren mirarlo desde afuera y después ir a votar de acuerdo, entre otras cosas, a una suerte de sentimiento de hermandad que lo une con el candidato.

No vamos a comparar, pero para ejemplificar esto último, muchos votos de los que recibió Menem en el 95 vinieron de la mano de la muerte de su hijo.

Lo dicho por Cristina sobre la tragedia de Once puede llegar a ser su quiebre simbólico más importante con la gente.

A lo que vamos. En lugar de “ganarse el corazón” de la gente, Cristina dio lo que podría llegar a ser el primer paso hacia la desconexión total.

Y cuando decimos Cristina nos referimos al kirchnerismo en general. A Pichetto reclamando contra el minuto de silencio por las víctimas, a las dudas de la AFA sobre si hacer o no el minuto de silencio en las canchas (claro, con la cantidad de millones de pesos que recibe del Estado nacional, no es tan fácil decidirse), a la actitud de varios funcionarios, a una cadena de desafortunadas ausencias que comenzó el mismísimo 22 de febrero del 2012 en la boca del entonces secretario de Transporte de la Nación, Juan Pablo Schiavi, cuando, demasiado fresco, aseguró que parte de las responsabilidades del accidente eran de esa “cultura muy argentina” de ir a los vagones de adelante para ser los primeros en descender, a lo que sumó que si el accidente hubiera pasado el día anterior no hubiese sido tan grave, en referencia a que el lunes 20 y el martes 21 de febrero del año pasado fueron feriados por Carnaval, y la tragedia sucedió el miércoles 22.

“Si esto hubiera ocurrido ayer, que era feriado, hubiera sido una cosa mucho menor”, dijo Schiavi, y uno prefiere leer en esa frase que no estaba haciendo referencia a que si la cantidad de muertos era menor entonces el asunto no era tan grave.

Con las declaraciones de Schiavi el mismo día de la tragedia ya el Gobierno comenzó a tomar distancia no sólo del accidente y de los 51 muertos y los cientos de heridos, sino también de la gente. Porque se mostró insensible, o mejor, más interesado en sacarse de encima el asunto antes que resolverlo. Y un año después, la presidenta tiene la desafortunada idea de decirles a los padres de los muertos en Once y al resto de los argentinos que, aun viviendo en un sistema democrático y respetuoso de los derechos humanos, pueden perfectamente esperar (le faltó decir “sentados”) justicia, e incluso que no estaría mal que esperaran 35 años.

Pero también quedó en suspenso una segunda lectura de lo que dijo la presidenta, y que tiene que ver con algo que desde varios sectores se viene reclamando desde hace un tiempo: que derechos humanos no es sólo juzgar a los genocidas.

Y que se entienda bien, para evitar lecturas fanáticas: está perfecto, es deseable, es sano para el país y para la historia y es lo que correspondía que se juzgara y condenara a los genocidas.

Con las declaraciones de Schiavi el Gobierno comenzó a tomar distancia de la gente.

Pero con frases como las que la presidenta dijo el jueves y con claras actitudes como la desidia en la investigación de lo sucedido en Once o la de dirigir la vista hacia otro lado cuando, por ejemplo, los qom reclaman sus tierras, y dirigir la mirada aún más allá cuando se habla de derechos de tercera generación, como lo es el de vivir en un ambiente sano, el Gobierno no hace más que confirmar que cuando habla de derechos humanos está hablando de los que le interesan particularmente, dejando de lado muchos otros.

Puede que Cristina haya cometido su mayor error simbólico: con el "hay que apechugar" puede que no haya hecho más que minimizar el dolor de los familiares de los muertos en la tragedia de Once. Porque allí no murieron oficialistas u opositores, periodistas pagados por la corpo o voceros oficiales, mucho menos macristas, cobistas o sciolistas. En Once murieron personas. Hombres y mujeres que quedaron simbolizados en Lucas Menghini, cuyo cadáver estuvo dos días atrapado entre los restos de un tren que pertenecía a una empresa que recibió millones de pesos del Estado nacional para que esos trenes no tuvieran, por ejemplo, un accidente como el del 22 de febrero del 2011.

 

(Discurso de la presidenta en Tecnópolis el 21 de febrero del 2013. A los 11.05 minutos comienza a referirse a la tragedia de Once.)

(Declaraciones de Schiavi el 22 de febrero del 2012. A partir de los 8.15 minutos se refiere a la "cultura argentina" y el problema de que el accidente sucediera en día hábil.)

Alejandro Frias