“El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que Napoleón.
He estrechado contra mi pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant escribió.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada”.
Fernando Pessoa, “Tabaquería”, (fragmento).
Resulta que desde las 6 de la mañana, hasta ahora mismo, he estado yendo y viniendo, como un imbécil apropiado por las rutas de la vida, así, comportándome como un hombre convincente, tras el merecido hueso, que recién llega hacia el final de la jornada: son las 23.30 y al fin puedo sentarme a escribir esta columna, en la que diré exactamente lo contrario.
Empezaré de este modo: detenerme a borronear con casi todo el mundo a mi alrededor dormido o haciendo silencio, me provoca una sensación de indecible bienestar. Vivo acechado por imberbes con quienes me veo en la puta necesidad de interactuar y, al final del día, termino cansado de tanto tolerar necios y de gambetear la zoncera mundial, como un torero que se hace un lado, para que el toro, a bordo de su furia, siga camino y no le ensucie su impecable chaqueta.
Si pudiera, pienso ahora, volvería a vivir en un lugar apartado, un sitio desde donde mirar la ciudad desde lejos, como quien mira una caravana fúnebre hundiéndose en un lago.
Si fuera millonario o miserable, por ejemplo, usaría buena parte de mi dinero o mi miseria para evitarme la fatiga de tener que interactuar con toda una manada de imbéciles que hacen lo que hacen, sólo porque tienen miedo: pavor de perder lo mucho o lo poco que tienen, horror de sentirse desnudos bajo la tormenta, espanto de tener que aprender a levantarse en la intemperie, caída tras caída, y de sostener la mirada contra todos los males de este mundo, cuando justamente eso es aquello que nos determina: no el fracaso, no el éxito, sino el erguirse una y otra vez, sin perder la sonrisa.
Por eso, mientras se muere esta jornada y el silencio es el rumor de una moto de alguien que escapa de algo, me entrego a decir: allí donde vean una buena persona, es probable que no estén viendo más que un chimpancé temeroso y disciplinado que aprendió el menú de trucos para ser aplaudido a rabiar, a cambio de una banana. Allí donde vean un alumno correcto, deberán ver una hermosa ocasión perdida, un guerrero asustadizo aunque asalariado, pero carente de cualquier sentido de la épica.
“Algunos hombres son buenos, porque tienen miedo”, dice una canción de Calamaro y tiene razón. Vaya que tiene razón.
Vamos por más, enumerando: allí donde vean elegancia, deberán ver cobardía; allí donde vean electrodomésticos en cuotas, deberán ver rodillas penitentes; allí donde vean satisfacción por la paga, deberán ver obediencia sin posibilidad alguna de controversia; allí donde vean sinergia y objetivos, deberán ver unos pocos pastores crueles y ricachones y millones de dóciles ovejas enceguecidas; allí donde vean un empleado del mes, deberán ver un esclavo camino a convertirse en un negrero, aunque nunca lo logre.
El capitalismo y las religiones, entre sus varias condenas, nos han dejado la estúpida gimnasia de tener que comportarnos de manera obediente para sobrevivir y hasta incluso para terminar creyendo que hay un más allá, con ángeles con aureolas, cascadas con unicornios, salmos como sístoles y diástoles de niño y praderas como paños infinitos de billares, pero, claro, siempre y cuando le hagamos caso a nuestro patrón, tenga la forma que tenga y aunque a su vez sea –como siempre sucede– perro de otro, que es perro de otro y así, como en el Ajedrez de Borges, ese soneto sin fin.
A este comportamiento mecanizado, muchos lo llaman buena educación. A ese conjunto de procederes apropiados, lo llaman buenas costumbres. A ese premio avaro del poderoso, especie de cataplasma en el lomo partido del condenado, lo llaman ascenso, promoción u oportunidad. A esta infinita docilidad en maridaje con simples y llanos planes de negocios, la llaman excelencia. A esta memoria de la nada, la llaman aprendizaje del todo.
Decime cuánto vale tu medalla, buen perro: ahí la veo, colgando de tu cuello como un rosario de eslabones o un talismán que reemplaza tu verdadero nombre, aquel que perdiste para siempre. Decime cuánto perdés de aventura, de duda y de expectación, cada vez que recibís esa caricia en la cabeza de aquel que te alimenta con migajas. Decime qué te dice el espejo, si acaso él recuerda lo que tu pecho, no. Decime cuán sabrosa es la zanahoria por la que tiraste al precipicio tu hermosa vida de burro soñador.
Ulises Naranjo.