"Cuando quise quitarme la careta,
estaba pegada a la cara.
Cuando me la quité y me miré en el espejo, ya había envejecido.
Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había quitado.
Arrojé la máscara y dormí en el guardarropa
como un perro tolerado por la gerencia por ser inofensivo.
Y voy a escribir esta historia para probar que soy valiente".
Fernando Pessoa, “Tabaquería” (fragmento).
Esta del periodismo es una profesión fantástica e insólita, que se ejerce con tal grado de impunidad que aquellos que la fatigan saben íntimamente que son parte de una construcción social siempre malintencionada, una estupenda farsa monumental tolerada por todos y creída lamentablemente por muchos incautos y, además, temida por demasiados cautos, por el simple hecho de que quienes osen alzarse en contra, saben que la venganza –siempre, siempre, siempre– será terrible, feroz, cobarde y encarnizada.
Ahí están los periodistas como pavos reales aleteando por encima de las miserias del mundo. No importa cuál sea el tema en cuestión, basta que por alguna razón algún aspecto social cobre relevancia (o se la haga cobrar, operación periodística mediante, o sea, interés económico mediante), para que salgan los “expertos” comunicadores a hablar y a escribir sobre él, como si lo hubieran frecuentado sus aristas y honduras, desde su más tierna infancia.
Un día, el lunes, por ejemplo, son versados en inhóspitos temas económicos y saben cuál es la receta exacta para hacer grande un país; al día siguiente, sueltos de cuerpo, se lucen con sus saberes de criminalística y determinan con fehaciencia quién es –posta, pero posta, posta– el asesino. El miércoles los encuentra con sesudos análisis políticos que atraviesan décadas y montan emporios de errores cometidos. El jueves bien se pueden dedicar al sentido último de la existencia y citar a autores, como si en verdad los hubiesen leído y a músicos de jazz, como si los hubiesen oído. El viernes son picarones que toda planicie del placer han recorrido y los sábados son ecologistas y los domingos son todo eso, pero junto y así y asá.
Así es, cuando no sucede que mezclan todo y fundan mafias, asesinos seriales, países fundidos, armas atómicas, renuncias y casos de corrupción e infidelidad, terremotos, enfermedades y ponen por encima de este paisaje de atrocidades, a los paladines que, se les dicta, deben ser paladines y carne y hueso de la esperanza. Sucede también que lo que tienden a pintar es cierto, entonces, la misión es debidamente exagerado: si conviene a los intereses, se ensalza con avaricia, sin elegancia y sin vergüenza; si perjudica los intereses, se difama, se deshonra y se destruye con severa impunidad.
¿Expertos en qué, al fin y al cabo? Expertos en diagnósticos. Siempre sabemos cuál es la enfermedad, pero jamás hacemos nada por curarla, pues, en lo más íntimo lo sabemos, no sabemos nada de enfermedades ni de curas. No nos pagan para eso.
(Claro que no todos los periodistas son así. No debiera hacer falta hacer determinadas aclaraciones, pero resulta que hace falta, por respeto a la gente noble que sienta dignidad en este laburo. En general, en esta profesión, se sabe cuál es la ropa que mejor le queda a cada uno, aunque a fin de cuentas, ninguno esté libre de pecado. Somos un producto social, como los curas, los canas, los empresarios, los políticos, los académicos y los delincuentes. Somos lo que nuestra sociedad merece y lo que ella produjo en nosotros, con nuestras falencias y virtudes a cuestas. Volvamos al tema).
Ahora, en estos días, la agenda periodística dice que hay que salir a hablar de drogas. Y la cantidad de barbaridades, liviana y dañinas, que se han dicho reaviva el estupor y deja –como siempre– erecta la necesidad de seguir debatiendo quiénes y qué somos los periodistas y hacia dónde va nuestra profesión y cosas por el estilo.
Por aquí y por allá, han florecido –de un día para otro– comunicadores expertos en drogas, que, con sus dichos y conclusiones, han hecho de la desinformación una bandera, intentando meter miedo, pero generando hambre de desafío en los más jóvenes; intentando poner sólo dolor donde hay también hay placer; intentando poner delito donde también hay enfermedad; intentando poner narcotráfico, donde hay libre elección y poniendo vista gorda donde hay tráfico de narcos e intentando poner prohibición, donde debiera florecer la promoción de hábitos de vida saludable, como los deportes, el arte, la cultura, la educación y la diversión.
Mañana, será otro día y mañana, será otro tema. La impunidad periodística no tiene parangón en profesión u oficio alguno que haya sido ejercido en la historia de la humanidad. Hasta nuevo aviso, estimado lector, LTA porque nadie nos pide que rindamos las cuentas, porque todos nos necesitan, nos temen y nos detestan.
Ustedes permitieron que nos calzáramos disfraz de monstruos para montar una película de humor para niños. Cuando llega la noche, ya en casa, nos miramos al espejo y, como dice el poema, claramente resulta que la careta está pegada a la cara y hemos olvidado quiénes y cómo era que éramos.
Y nos odiamos, como un buen payaso senil, alcohólico, puteador, ex guardia de seguridad de un negocio 'Todo por $2', drogón, impotente, disfónico y golpeador.
Ulises Naranjo.