Antiguamente, los ancianos eran el centro de la sabiduría y el conocimiento. Fíjese nomás en nuestra abuelas, que sabían el punto exacto de cocción de determinadas comidas, sin que se les pasara nunca y concebían recetas de memoria que nos dejaban gorditos y satisfechos.
Se los respetaba, se los cuidaba, se los escuchaba: Eso, mi amigo, hoy casi no existe. Por más aumento que le pongamos a las jubilaciones, los viejos siguen siendo para nuestra sociedad, sólo eso: viejos. Por ahí nos olvidamos que casi todas las cosas que hoy disfrutamos se las debemos a ellos, y digame si no le da pena verlos haciendo colas interminables en los putos bancos, que tendrán mucho dinero, pero a la hora de diseñar comodidades para los viejitos se quedaron cortos de presupuesto.
De chiquito (mire que hace tiempo), eh) aprendí que los ancianos son una fuente inagotable de recursos e imaginación. Son como esos libros que uno guarda con ternura y de pronto, va, los lee un ratito y es como si la primavera floreciera en sus hojas. Asi los consideré siempre y por eso me granjeé su amistad.
Porque saben, entienden, generalmene dan consejos pero te dejan hacer. Enseñan sin joder y si- repiten mil veces que otras épocas eran mejores y es ahi cuando arrancan el calidoscopio de relatos y moralejas.
Pero hoy me antoja escribir sobre dos grandes amigos, que se fueron en estos dias a contar allá en el cielo, experiencias y entretener a Dios o a San Pedro, porque seguro que en el limbo andaban faltos de lindas personas.
Y asi fue que Alicia Casadio, una dirigente social de aquellas, se fue a consolar a algunos ángeles tristes, seguramente. Detrás dejó una huella imborrable de sonrisas y preocupaciones barriales, de ayudas a los necesitados, de peleas y luchas por su barrio, su pequeño Paraíso.
Y don Lino Chacón, un padre ejemplar y un abuelo con mayúsculas, que enseño a su familia y a sus amigos que la honestidad derriba cualqueir obstáculo. Daba gusto verlo a sus casi 84 años yendo en su bicicleta por su Bermejo querido, sombrerito y pañuelo al cuello, elegante a la hora de tomarse un vermú con sus amigos.
¿Qué tenían en común estas personas? Aparte de ser mis amigos, AMIGOS, queda mejor, compartieron la lealtad hacia un Partido más que centenario, que a la hora de ayudarlos, les fue esquivo. Pero nunca dejaron de sentirse orgullosos de pertenecer a él, de acompañar al "dotor", cuando el "dotor" los necesitaba en esas internas que sólo algunos entienden. Los dos, mansos radicales, mansos militantes de la vida que no necesitaban tribunas para hacerse querer.
Los dos se fueron, Alicia feliz porque iba a festejar sus ochenta con todos sus seres amados y Don Lino, porque tambien iba a estar de festejo, sus hermosos ochenta y cuatro.
Dios y el destino quisieron que no fuera asi, y los dos amigos dejaron este mundo para festejar muy lejos, allá donde no existe el dolor y la pena, las cadenas nacionales y esas cosas tan molestas de nuestra inefable vida.
No se conocieron nunca, pero cada uno llevó en su pecho, los colores del centenario partido, al que defendian a rabiar.
Mis entrañables amigos, ¿cómo decirles que voy a extrañar horrores las interminables charlas, los mates compartidos, las lluvias de abril y los zondas de agosto? Ehh?? ¿Cómo se hace para aprender lejos de ustedes?
Sólo sé y me queda el orgullo de haber compartido un cachito de vida, de aprender a querer a un amor imposible, dentro de la política misma, de la misma manera que ambos quisieron a "su" radicalismo.
Y en definitiva, sus propias vidas, fueron tambien una hermosa, cuidada y respetable forma de "honrar la vida".
Un abrazo, viejos lindos...