Hacía tres años que mamá había muerto. Papá, en un geriátrico. Yo, muchos años afuera. Entré en el cuarto cerrado. Era una habitación repleta de espectros. Al tocar los vestidos, los pulóveres, los abrigos, que despedían aún su olor, germinaron los recuerdos. Nací en mil novecientos cincuenta, una década particular. Una infancia extraña. Los dolores y la desesperación de haber tenido una madre y odiarla. Como si se hubiera muerto, entonces. Hasta los doce años la tenía en un pedestal. Mi adoración por ella, una glotonería. La miraba y la veía despidiendo una luz azul alrededor de su figura. Qué bella. Sus cabellos abundantes permitían los peinados más exóticos. Todo le quedaba bien. Sabía coquetear, maestra en seducción. Mi padre, enamoradísimo, sufría por sus gestos y mohines, por su risa increíble, por sus escotes que mostraban tanto.
Una noche papá tuvo que cuidar al abuelo internado de urgencia en el hospital. Me dormí escuchando las voces de Víctor, el amigo de mis padres, que había pasado a tomar un café. Charlaban con mamá sobre el ataque sufrido por mi abuelo y sus consecuencias. Bruma de murmullos y quejidos me despertaron, pensé que había muerto el abuelo. Me dirigí al cuarto de mamá. Ese hombre y ella se movían desnudos, gimiendo sobre la cama. Me pareció ver serpientes entre las piernas entrecruzadas de mamá. La luz de la luna entraba por los visillos de gasa de la ventana. Me asusté al creer que la ahogaba. De pronto vi que sus manos acariciaban el cabello de Víctor y sus bocas se unían hambrientas. Me fui a mi cuarto donde solté un llanto sordo por la pérdida. Esa noche mi madre cayó a un precipicio y no logré recuperarla jamás. Quedé en una absoluta orfandad. A los doce años, “sin madre”. Al otro día mientras me cepillaba lo dientes, levanté la vista al espejo. Vi una mirada distinta en mis ojos enrojecidos y, asomando, dos pequeñas arrugas en el ceño que con los años se convirtieron en dos grietas profundas.
Y nos convertimos en enemigos con ella. Todo se lo discutía, a todo me rebelaba. Peleábamos por estupideces. Le hacía el juego sabiendo que si no le contestaba mal, todo terminaría, pero no. ¡Es la edad¡ Los adolescentes son así, decía mamá. A los pocos meses cumplí los trece. Era verano. Vacaciones en Mar del Plata. Mis padres al atardecer salían a cenar con amigos y me dejaban en el hotel. Esa noche bajé al comedor con demasiado aburrimiento. El camarero que nos atendía se acercó y me preguntó si quería salir a caminar. Fue allí en la playa, cerca de Los Leones. Por supuesto que no había luna. Sus manos, brasas ardientes, se movían entre mis piernas. Noche a noche, al concluir su trabajo, nos encontrábamos. Yo esperaba con ansias poder escaparme del cuarto. Aún me asombro de su paciencia. No realizó una penetración de golpe. Fue poco a poco, con profunda ternura. Día a día crecía más y más esa locura del primer amor ardiente. Lamer su cuerpo era mi delirio. Nos sofocaba la arena que tragábamos y que al escupirla provocaba ataques de risa entre los dos. Éramos cómplices de la felicidad. Cuando finalizaron los días de vacaciones, sumé otro dolor nuevo. No lo vi nunca más. Escribía largas poesías con arrebato por aquel amor y la pena de la ausencia y de ser diferente. Un día me di cuenta que alguien había revuelto mis hojas. Un acto irreverente que ponía al descubierto mi corazón estrujado. Entonces puse llave por siempre a mi cajón. Mis padres nunca me dijeron nada. No es fácil tirar abajo lo establecido. Tenía que buscar a alguien a quién culpar. Mamá. Me parecía un verdugo. La infiel, la mentirosa. De golpe estaba en la otra acera. Ya no corría junto a mí tomados de la mano persiguiendo mariposas o imaginarias aves. Culpé también a papá. Por soportar lo que seguramente sabía con tal de que nada interfiriera en su universo. Déspota de sus gustos, prefería mostrar una imagen de felicidad perfecta. Para él, todo.
Mamá demostró que con manipulaciones se podía obtener más de lo que le estaba permitido. Y en su controversia nos volvía locos. Mi padre le compraba hermosos regalos. Con chillidos que atravesaban las paredes y me avergonzaban, ella se los tiraba por la cabeza, reprochándole que fueran para cubrir alguna infidelidad. Él, mediante una sonrisa torcida le decía con sorna que estaba loca, pegaba el portazo y se iba. En cambio cuando discutía conmigo, se atrincheraba con papá, que le daba la razón. Ella, a veces, me apoyaba con dualidad marcada. De una de sus manos me llovían generosidades de todo tipo, con la otra, y de un plumazo, me las sacaba y con voz de reproche repetía todo lo que hacía por mí. Eso fabricaba un bloqueo hacia toda posibilidad de comprensión. Cuando creía con ilusión que la conformaba, producía un acto tremendo de histeria por razones desconocidas. Yo la miraba con sorpresa. Esa ilusión se convertía en rabia por la injusticia. ¿Qué hice mal, mamá? Parecía que ibas en un sinfín, componiendo lo que rompías. Papá, a veces, me miraba con ojos perrunos y se quedaba callado. Cuando ella se iba, él me acariciaba la cabeza, provocándome un letargo de ternura con esas manos toscas y duras. Lástima que duraba poco. Se practican vejaciones con palabras, actitudes y maestría para cargarte de culpas. Mi personalidad se convirtió en una cueva inaccesible. Por supuesto, vino mi cambio: saber simular. Aún lo hago en todos los órdenes de la vida. Mi mundo es complicado. Como profesional debo falsear mi imagen para no perder réditos.
Por entonces terminé la secundaria y por el cansancio de las discusiones, donde siempre perdía, solicité estudiar en otra provincia. Mamá armó el escándalo habitual, se pasó una semana en cama con su acto de estar enferma. Era otra artimaña para obtener lo que quería. Yo buscaba un lugar seguro, aunque después comprendí que es contradictorio. Ese lugar seguro en realidad no existe. Es un laberinto del cual cuesta salir, sin ver por dónde. En aquellas ocasiones papá cedía a sus caprichos igual que yo. No soportábamos los gritos, llantos, palabras entrecortadas, ataques que la dejaban sin respiración. Se golpeaba el pecho, diciendo que el corazón le estallaba. Esa mirada que decía por culpa tuya estoy enferma. Madre arrebatadora. Madre bipolar. Esta vez pacté diferente. Me iba igual, ya era mayor. Escuché los: qué maldad, qué será de mi vida si te vas. En cuanto me recibí, me fui a Europa. Ya lo dije, a los trece años todo se fracturó. Dónde termina el sueño y empieza el fraude. Cómo mantener un estilo de vida que no le gusta a los demás. Fue una de mis épocas más dolorosas. Los deseos por el otro sexo, por supuesto no eran los míos. Me reía fuerte para que creyeran que éramos de igual pensamiento. Descubrí las mentiras de los adultos y aprendí las mías. Yo temblaba de miedo por mis falacias. Era un trabajo decirlas y no olvidar el invento para repetir lo mismo. Es una oscuridad la memoria. La mentira es una forma de la maldad y da coraje. Son anhelos no cumplidos o excusas para que no me castigaran y ocultar lo que realmente me sucedía. Inventaba mi mente una familia soñada. En ella nadie simulaba, ni encubría, ni engañaba. Había padres y hermanos que se besaban y abrazaban. Se charlaba sin eufemismos ni pudores. Imaginaba, tipo Hollywood, una chimenea, y nosotros alrededor de los leños ardientes, proyectándonos del mismo modo que leones y su manada.
Tardé bastante en olvidar mi primer amor. Hasta que aprendí que es una locura temporal. Después de un tiempo, el amor se volatiliza semejando golondrinas en busca de días mejores. En el momento de la pasión el mundo se transmuta de arriba abajo. Uno no quiere separarse ni un instante de quien ama. Después lo cotidiano va arrumbando el amor hasta que no sabes dónde ubicar el trasto y lo tienes que desechar.
Empecé a envejecer sin afectos verdaderos. Mis parejas duraban un par de años, después parecía que un viento helado se levantaba como sombra entre nosotros. A veces soplaba de un lado, a veces del otro. Al final debía cerrar una vez más, puertas y ventanas para no congelarme. Fue por entonces que los compadecí, al entender que los errores de los padres son misteriosos y los hijos los repiten cuando ellos son padres. Esto yo lo veía en los amigos que tenían familia. Ahora volví a la morada. No fui capaz de llegar antes de que mamá muriera, tal vez por no sentir la muerte, tal vez por no volver al antiguo espanto de ver su mirada, la boca cerrada en el gesto amargo. Pero tuve que volver. La casa debía ser vendida. Mis tíos la habían mantenido, pero ya estaban hartos, ellos también eran muy mayores. Había que suturar de una buena vez el pasado. Recorrí las habitaciones, crucé el comedor y la cocina hasta llegar al enorme patio de baldosas coloradas. Me senté en una de las sillas de hierro, deslucidas por su antigüedad, con ausencia casi total del luminoso esmalte blanco, que ostentaban antaño. En las macetas, sólo algunos restos de plantas secas. Evoqué aquellos días de geranios, rosas y malvones desbordando los recipientes de barro. Las fiestas en ese mismo patio. Mamá y la empleada doméstica esmeradas en pulir y hacer brillar toda la casa. A la mañana siguiente flotaba un olor a cigarrillos, mezclado con lustra mueble. La música de moda del tocadiscos llegó a mis oídos con claridad envolviendo los pasos de baile de los invitados. Y mamá como siempre protagonista de aquellas noches. Su gracia y desenfado para aquellos tiempos, atraían a todos. Me levanté de la silla. Estaba refrescando en el patio. Me pareció increíble volver. Socarronamente vinieron a mi mente las letras del tango.
Tres años ya que ella murió. Entré en el cuarto cerrado. Era una habitación repleta de fantasmas. Al tocar los vestidos, los pulóveres, los abrigos, que despedían aún su olor, fluyeron los recuerdos. Me desvestí lentamente. Sobre la cama, con orden, puse el pantalón, la camisa, la corbata, hasta los calzoncillos. Dejé los zapatos uno al lado del otro junto a la medias grises. El vestido negro de encaje de Bruselas se deslizó algo ajustado por mi cuerpo, el tocado de lentejuelas, sobre mi cabeza. Después vinieron los guantes de seda, las medias y las finas sandalias. Me miré en el espejo. El pasado ya no existía, carecía de consistencia. Sin embargo, las sombras se corporizaron. Aquella imagen del espejo erizó mi piel: yo era mamá, arrebatadora y con ojos acechantes me miraba desde el espejo.