El escándalo suscitado a partir de la revelación de decenas de miles de documentos clasificados de las embajadas de Estados Unidos en todo el mundo por parte de la organización WikiLeaks generó y seguirá generando múltiples tensiones diplomáticas, como el actual pedido de extradición de Julian Assange, el principal responsable de dar a conocer esos documentos, ahora refugiado en la embajada de Ecuador en Londres. Si bien esta megafiltración –festejada por historiadores y analistas de las relaciones internacionales, que en sus investigaciones deben esperar décadas y hurgar pacientemente en los archivos diplomáticos para acceder a estos documentos– tiene múltiples efectos, uno de ellos es que permite conocer mejor al gran público cómo se despliega, al menos en parte, la política estadounidense en el mundo, aunque su actuación concreta en América latina, con más de una treintena de intervenciones variopintos, desde invasiones exitosas o frustradas a otros países, apoyo a golpes de Estado internos o presiones de distinto tipo, nos eximen de comentarios mayores.
En lo que respecta a la Argentina, la ponderación negativa de distintos miembros del actual Gobierno nacional –y de funcionarios de gobiernos provinciales, banqueros, empresarios, etcétera–, produjo sorpresa e indignación. Siendo la más increíble aquel documento que se refiere a nuestra Presidenta, posiblemente porque cause asombro que sus discursos sean coherentes y lúcidos sin recurrir a lectura alguna, algo a lo cual los norteamericanos, recordando a Bush (Jr), Coolidge, Harding y otros “brillantes” presidentes de su país, no están acostumbrados. Pero este tipo de “caracterizaciones” no son nuevas. A lo largo de la historia, la diplomacia del país del Norte calificó de formas diversas, generalmente poco cariñosas, a gobernantes argentinos con quienes tuvieron duras disputas bajo gobierno de distinto pelaje y señaló desacuerdos entre ellos u opiniones contra sus propios gobiernos.
Para seguir leyendo esta nota entrar aquí.