Después de una campaña electoral encendida por las críticas, las denuncias y el fantasma del fraude; después de meses de entredichos y de una movilización de la población sin precedentes en la historia de la siempre cuestionada democracia del país, México celebró sus elecciones y Enrique Peña Nieto, el candidato del mítico Partido Revolucionario Institucional, se consagró ganador con un 38.15 % de los votos para asumir con “emoción y gran compromiso el mandato que los mexicanos le otorgaron”.
Las opciones eran cuatro. Enrique Peña Nieto (PRI), la joven promesa de un partido, el PRI, que es sinónimo de política mexicana, una fuerza política que gobernó México de manera ininterrumpida durante 70 años con prácticas que no necesariamente se basaban en el respeto por las instituciones. Grandes, históricos constructores del relato, los altos mandos del PRI, junto con el incondicional apoyo de los medios de comunicación más importantes del país y alrededor de 100 millones de dólares (más de 3 veces el monto permitido para financiar campañas) lograron, en pocos años, convertir a Peña Nieto en una estrella política con poses de galán, casamiento con una famosísima actriz de telenovelas, visitas al Papa y promesas de fortalecer las relaciones con Israel. Poco importaron las denuncias de violaciones a los derechos humanos durante su gobierno del Estado de Mexico, los escándalos de corrupción, la (comprobada) compra de votos o las vinculaciones con el narco; el marketing politico y el dinero invertido dieron sus resultados y, después de 12 años, de la mano de Enrique Peña Nieto, el 1 de Diciembre vuelve el poder del PRI a México.
Por otro lado estaba Andres Manuel López Obrador (PRD), el “candidato de la izquierda”, un hombre que también fue candidato en 2006 y que, tras denunciar la ilegitimidad de los resultados que le otorgarían la presidencia a Felipe Calderón (actual presidente), se declaró “victima de un robo perpetuado por la mafia en el poder” y con un masivo acto en el Zócalo se “hizo procalamar” por sus partidarios “presidente legítimo al frente del gobierno alterno de Mexico”. Un hombre con buenas ideas, segun dicen, pero que, segun dicen también, en los últimos años se perdió y desvarió un poco, no se sabe si producto de la edad o de algo que podría haber consumido. Se trata de el líder de un partido que mantiene su poder en el Distrito Federal, Estado de México y otros nueve Estados importantes del país, y que para el cierre de esta nota se ubicaba en segundo lugar en los comicios con un 31.64% de los votos , sólo 6 puntos abajo del ganador.
La candidata del oficialismo era la flamante Josefina “cuchi cuchi” Vázquez Mota, la Sra. de la casa, una mujer que básicamente planteó su campaña con una constante y aburrida reinvindicación del género femenimo, y que cerró sus presentaciones públicas con frases del estilo de “yo sé que los niños no votan pero también se lo que me dijo la Presidente de Costa Rica: Si te ganas el corazón de los niños, serás Presidente de Mexico”. Ay Josefina. De haber contado con el apoyo real de Felipe Calderón, Vazquez Mota podría haberse posicionado mejor, pero un Partido de Acción Nacional (PAN) dividido y algunos celos internos, volvieron complejo el panorama de la mujer de azul que el domingo temprano, y cuando sólo un bajo porcentaje de las casillas habian sido escrutadas, salió a reconocer su derrota.
El ambientalista Gabriel Quadri de la Torre fue el sorpresivo y tardío candidato del Partido Nueva Alianza (PANAL), fuerza política liderada por la temida maestra Elba Esther Gordillo, presidente vitalicia del Sindicato de Trabajadores de la Educación, una mujer con tantas cirugías estéticas como casos de corrupción que la involucran. La candidatura de Quadri fue un tanto polemica y sorpresiva, surgió hace sólo unos meses, tras la ruptura del PANAL con el PRI. Según contó él mismo en el programa de radio de la periodista Carmen Aristegui, la idea de postularse como presidente surgió en una cena de amigos, en un círculo literario, y aunque al principio él no se lo creyó, después le pareció interesante y además le gustaba eso de que Nueva Alianza fuera humanista (?), de modo que, no sin antes plantear un par de condiciones (entre ellas que la campaña “no costara de mi bolsa”), Quadri de la Torre fue a por la presidencia de la Nación “para abrir el espacio para la racionalidad en el debate público desde una perspectiva liberal y de sustentabilidad”. Insisitó con la sustentabilidad, y sin tener nunca nada que perder más que la dignidad, aprovechó el cuarto lugar que nunca perdió en las encuestas para traer al debate temas como el aborto, la legalización de la marihuana y el matrimonio gay a la vez que recorrió el país a trote y nado (con notables actuaciones físicas) con la promesa de “un México moderno, sustentable, liberal y próspero”.
Durante casi toda la campaña, los sondeos le otorgaron un primer lugar “tranquilo” a Enrique Peña Nieto, que a pesar de las denuncias en su contra, clamaba en plazas llenas ser la alternativa que Mexico necesitaba: “Una representa más de lo mismo, inseguridad y violencia, desempleo y más pobreza; y otro es el candidato del populismo autoritario, que no respeta las reglas y desprecia las instituciones. México no anda para seguir igual ni para dar un salto al vacío”. La teoría de “mejor malo conocido que bueno por conocer” funcionaba, y el candato priista se aseguraba un triunfo muy cómodo, pero el viernes 11 de Mayo las cosas se complicaron cuando, en la distinguida Universidad Iberoamericana, fue repudiado y practicamente expulsado por los estudiantes.
El viernes negro de Peña Nieto fue el día en que los jóvenes mexicanos, en los últimos tiempos muy apáticos y poco involucrados con la política, se levantaron contra el PRI, los medios de comunicación y todo lo que este binomio representa para la historia política del país.
Las redes sociales explotaron, comenzó la movilización, se encendió el debate: nació así el movimiento #Yo Soy132 y, conforme ascendía su influencia y efrevescencia, descendía la popularidad de Peña Nieto y escalaba posiciones López Obrador.
Los jóvenes no fueron solo contra el PRI, se manifestaron también contra la militarización del conflicto con el narcotrafico y exigieron controles nunca antes impuestos al Instituto Federal Electoral (IFE) y al Tribunal Electoral de la república.
A estos reclamos se sumaron músicos, actores y algunos intelectuales, más representantes de casi todas las universidades y de todos los estados. Por primera vez desde la masacre de Tlatelolco, los jóvenes del país alzaron su voz y decidieron participar activamente de las elecciones, controlar los resultados y velar por el buen desarrollo de las prácticas democráticas. Llenaron plazas, marcharon por todo el país, y a la luz de las velas volvió a encenderse la llama de la juventud en la política mexicana.
Peña Nieto gano las elecciones, volvió el PRI, volvieron las sombras del pasado pero el pueblo se despertó para abandoner la resignación forzada, para demostrar que otro país es posible, para al menos abrir un debate hasta hace poco tiempo inexistente, callado. A dos días de las elecciones siguen las denuncias por malas prácticas, negligencia, complicidad; siguen las marchas contra un proceso electoral del que, aun a pesar de los controles, se sigue sospechando.
En México volvió el PRI pero ahora más que nunca las cosas parecen querer tomar otro rumbo y el reto para todos los que así lo quieren esta en mantener el debate aun después de la elección, en seguir levantando la voz para ser escuchados, en no bajar los brazos, en seguir luchando por un país que los comprenda a todos y no solo a los amigos del poder, en abandonar la sumisión y sumarse al compromise.
Resulta difícil hacer un análisis completo de la política interna de un país en el que uno no vive, entender los reclamos de cada una de las partes y formar una opinión. Sin embargo no resulta difícil encontrar paralelismos entre la política de los países de la region y entender que al final día la política es mil pero sólo una.