Este viernes estuve como tantos, intentando con dificultad informarme de lo que iba sucediendo en Paraguay. Dificultad porque, entre el fin de los torneos de primera A y B, el tema latinoamericano se fue ganando espacio solo a la hora de la votación en el Senado paraguayo que destituyó al Presidente Lugo, y solo ganó espacio con gente ofendida por un lado y cabezas gachas de vergüenza por el otro, pero sin información clara.
En definitiva, Lugo me pareció siempre un Presidente ejemplar en lo que a función pública se refiere, incluido su discurso final: aceptó la situación y se retiró.
No es el caso paraguayo como el de otros países en los que se quebró el orden y la legalidad por la fuerza. Acá se aplicó la ley. A mí no me gustó el resultado, pero como argentino debo decir que, la verdad, estoy acostumbrado al método legal express en mi país.
He visto y veo leyes fundamentales sacadas con fórceps en tiempo record por la mayoría oficialista; he visto al Jefe de Gobierno de Buenos Aires (Ibarra) destituido por un Juicio Político por un incendio tristísimo, en el que puede haber tenido responsabilidad porque era la cabeza del gobierno, pero en el que personalmente nada pudo hacer ni él, ni el actual jefe, ni el que venga por más maravilloso que sea. He visto en mi provincia también, en la década del ´70, a un Gobernador (Martínez Baca) destituido por su propio partido (peronismo); he visto sucesiones “raras” como la de Duhalde post De La Rua… pero ninguna de estas fue un golpe de estado.
Y es que me asusta que nos acostumbremos a decir que si el gobierno no nos gusta es una dictadura, y si se aplican leyes vigentes que no nos gustan es un golpe de estado.
Un golpe de estado es y fue otra cosa. Los argentinos y los latinoamericanos bien lo sabemos. Y las Democracias, aun con sus errores, aún con sus salvaguardas tipo juicio político, son el sistema que tenemos, y del que aceptamos las reglas. Lugo bien lo entendió. Aceptó las reglas al llegar y las aceptó al irse.
Pero este ataque a los parlamentos, este odio naciente a la “representatividad” de las legislaturas me asusta. Porque peor que un grupo mayoritario destituyendo a un buen Presidente, es un Presidente sin un Parlamento que lo controle. El Parlamento es, aunque no nos guste, el resguardo para las minorías. Bien lo saben los que hacen verdaderos golpes de estado, y lo primero que hacen es clausurar el Congreso.
Concluyendo, estoy en lo personal con Lugo, y con los cuatro senadores que fueron y votaron en contra de su destitución. Estoy con los pocos peronistas que en los setenta defendieron al Gobernador mendocino, con los porteños que bancaron a Ibarra post Cromagnon y con los legisladores que, en todas las legislaturas del planeta, se bancan votaciones forzadas aunque no les gusten.
Aceptémoslo. Es así la Democracia. Y hay que defenderla.