Elegía para el Gallego y el Coloraó

Confieso ante todo que escribo más para mí, en este instante de recordar al colega caído.
No fui amigo de Adolfo Moreno ni participaba de sus cofradías y gustos, sólo lo conocí como adversario circunstancial en nuestras cuitas penales.

Era típico verlo a él con su campera de pecarí, camisa blanca y su eterno pañuelo al cuello, y manejando un magnifico auto de marca de modelo antiguo. Un caballero.

Gallego o el Coloraó así  como lo conocíamos. De aspecto jovial, buen carácter, buen abogado, en fin solidario siempre y nunca  con la mala intención.

Perteneció a esa generación de abogados formados en los clásicos y que alcanzó a conocerlos de primera mano. Un libro de anécdotas jurídicas, de las cacerías y de sustos varios. Una sombra siempre presente.

Se lo veía en la mesa de los cafés abogadiles con sus colegas  abogados y jueces, arreglando el mundo, haciendo tiempo y disfrutando de sus amigos.

La muerte no le avisó y una bala se hizo presente en su cuerpo para llevárselo, ahí quedaron mudos sus papeles, los problemas de sus clientes, sus escritos para dar explicaciones y soluciones.

En su despedida estuvieron todos sus íntimos, sus pares, sus iguales, los vecinos, y en mi caso sólo aquel que siendo ocasional adversario quise reconocer su humanidad.

Adolfo fue una persona bisagra como en su funeral donde se fue aplaudido, permitió que los distintos, se juntaran. Se fue un hombre democrático con la peor de nuestras herencias; la violencia urbana y social.

No pudimos despedirnos ni decirnos nada y quienes quedamos por aquí, mientras no nos echen,  el gallego Moreno o el Coloraó, tendrá su silla en la mesa de siempre, será el recuerdo de aquellos abogados que nos honraron, del buen adversario, por eso ese aplauso para pocos y de todos.