@robertomagno2
Les tengo malas noticias, muchachos y muchachas. De seguro la mayoría de ustedes recordarán la malhadada “Teoría de los dos demonios”, que despuntó allá por los albores de la democracia, poco antes o poco después de 1983, si mal no recuerdo. Era aquello de creer y decirle a quien quisiera escucharlo que tan horribles habían sido los militares de la dictadura en retirada como los guerrilleros de ultraizquierda y diferentes palos; O sea: todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor. Esa tesis fue bombardeada hasta la demolición por los organismos de Derechos Humanos, que la asimilaron a una herejía conceptual, ya que para ellos los únicos demonios fueron los militares genocidas y sus socios civiles de adentro y afuera. Esto se discutió hasta el cansancio, y finalmente se impuso la idea de los organismos de DD.HH, tanto que ya ni se menciona el asunto.
Mal hecho, porque la teoría de los dos demonios ha vuelto, y para peor asoma uno más, por ahora en el rol de actor de reparto. Esa es la mala noticia que les anuncio. Pero a no desesperar, porque como dijo Marx (Karl, no Groucho) la historia siempre se repite: primero como drama y luego como farsa. Y en cuanto a nuestra historia en particular, tenemos tanto de una como de otra modalidad. Justo ahora, cuando la atormentada y atormentante década del 70' está permanentemente en el candelero y vuelve a ser materia de todo, vienen asomando los nuevos dos demonios más uno, y como no podía ser de otra manera, en clave bastante farsesca.
Afortunadamente, y no me cansaré nunca de remarcarlo, no hay (ni creo que haya nunca más) armas de por medio. Apenas computadoras variadas, tablets y smartphones para bardear prójimos, además de una artillería periodística o casi como jamás habíamos visto en los medios tradicionales, que por cierto se han multiplicado, concentrado, entrelazado y retorcido como en una orgía de pulpos empachados de Viagra. Esas son hoy las armas de los demonios en cuestión. Es un poco mareante, para qué negarlo, y quien busque ganar un cacho de ecuanimidad no tiene más remedio que armar su opinión personal cual un moderno Doctor Frankenstein: tomando pedazos de aquí, trozos de allá, fragmentos de acullá, y que salga lo que dios quiera. No es lo ideal, ni mucho menos, y ahí se ven las zarpas de los diablitos que les digo: porque para saber lo que catzo está pasando, solo tenemos lo que nos surte en abundancia uno de los demonios (“El periodismo militante” - militante K, cabría agregar) y por otro lo que se sirva arrojarnos el siguiente belcebú de turno: los autodenominados “Periodistas independientes”, o empleados de medios y multimedios que no responden precisamente al gobierno, que uno sepa. O que lo disimulan muy bien.
¿Y usted preguntará por qué cantamos, o donde está el piloto, o cual es el tercer demonio, mejor dicho? Obvio: viene a ser la amalgama visible y audible de aquellos informadores-opinadores-formadores/deformadores de opinión o aspirantes a serlo que bregan por mantener alguna distancia de las posiciones extremas mencionadas, alegando que el gobierno K y todos sus satélites, partidarios o no, hacen algunas cosas bien y otras tantas para el tujes; o que en el fondo todo lo que hacen está bien, pero las formas son deplorables. Variante: que todo lo que empiezan bien lo terminan entre mal y pésimo, o que por mucho que se hayan equivocado, hay espaldas políticas y económicas sobradas para desfacer el entuerto, y entonces no hay que preocuparse y solo controlar que se corrijan rápido. Sin duda, este tercer demonio es el más “demonizado” de todos. Demonizado mayormente por los otros dos, que no soportan que les vengan a birlar ni una pequeña esquinita del escenario. El nuevo tercer diablucho es acusado de tibio, vendido, timorato, acomodaticio, turbio, no “jugado”, veleta, estúpido, necio, “panqueque”, con menos visión que un gato de yeso, ausente voluntario de los “grandes debates nacionales”, desinformado, cooptado de a ratos por la “corpo” opositora y a veces por la pauta oficial, ineptos que confunden a la gente, y todo lo que quieras. Están cumpliendo la misma función que Curly en “Los tres chiflados”: recibir casi todos los sopapos de sus pares. Podría suponerse que aspiran a criticar o elogiar cuando con su mejor buena fe lo consideren justo y necesario, y que los proyectiles en forma de pagos (oficiales o no) los rozan y aún les pueden impactar debajo de la línea de flotación aunque no por eso los inclinan lo suficiente a babor o estribor como para hundirlos. Pero los otros se las arreglan para presentarlos como el tonto del pueblo.
Todo esto es muy malo, que quieren que les diga. Sucede que el periodismo tenía (hasta no hace mucho más de una década atrás) la más alta credibilidad posible entre todas las “corporaciones” argentinas. Y gracias a estas peleas que a veces son por segmentos de poder puro y duro y a veces no pasan de grescas de peluquería entre vedetontas histéricas, ese capital se ha ido diluyendo, y ahora todos son sospechosos de todo. Tanto da que algunos se amontonen para gritar “¡¡¡Queremos preguntar!!!” (en una puesta en escena totalmente afanada al gran Tato Bores cuando en los 90' sufrió censura previa por parte de una jueza que sigue en su puesto, muerta de risa), como que se haga en plena Plaza de Mayo un absurdo “Juicio Popular” a un manojo de periodistas de pasado dudoso, si, pero con pleno derecho a criticar lo que se les antoje hoy, mañana y pasado mañana también. Nadie le cree mucho a nadie, y el ciudadano de a pie empieza a encontrar calzones sucios donde antes no los había, o bien sí estaban pero no se veían, sin perjuicio de que alguien los haya ensuciado y puesto allí a propósito.
Por eso les digo: el grupo social y profesional que en otras décadas fue tomado como “fiscal” de todas las atrocidades (en los 80') y luego se le impuso el rol de “juez” de cuanta porquería hacía el poder político (en los 90') hoy está en el mismo lodo y todo manoseado con las mismas fuerza que juró controlar y moderar. Y eso no puede ser bueno; hablo del periodismo, por si alguien no se dio cuenta o ya perdió el hilo de mis retorcidos argumentos. Para resumir y simplificar: No debe haber periodismo “militante” (un demonio) ni periodismo “profesional” (el otro demonio, al parecer). Solo periodismo, a secas y sin comillas. Lamentablemente, a este último le están endosando en triste papel de “tercer demonio”, y bastante bobo si le hacemos caso a sus detractores. Será que tal vez estemos en tiempos de “demonizar” todo aquello con los que no estamos de acuerdo o no entendemos...qué se yo. Pero para este humilde escriba, en realidad no hay diablo alguno, y no debería haberlo porque somos apenas humanos, tan falibles como perfectibles y nunca viles sicarios del mal y el caos, por mucho que nos quieran presentar así. De lo contrario, estaríamos aceptando la existencia de verdades “absolutas”, de esas en las que solo creen los fanáticos. Y de fanatismos ya fuimos provistos hasta el hartazgo, no lo olviden.
En fin... será hasta la semana que viene, y vivan lo mejor posible. No se vuelvan locos con el Dólar tampoco.