Reforma y reelección

Cada vez que se menciona una reforma constitucional en Argentina se me pianta un lagrimón. Será por aquello de que “el que se quema con leche….”.

Es que nuestra Ley Fundamental, cuyo día, aunque haya pasado completamente inadvertido, fue el primero de mayo, fue sancionada hace 159 años después de sangrientas luchas fraternas que impedían una organización política razonable y sumían al país en el atraso, la prepotencia y la injusticia.

Lograda por fin su concreción, la Constitución Nacional fue la base sobre la que Argentina comenzó a desarrollarse como Nación y - sin desconocer los errores cometidos y lo trabajoso que ha sido, y es, el intento por minimizar las desigualdades sociales - permítanme dar por sentado que contar con un marco institucional no es condición suficiente pero si absolutamente necesaria para  cualquier proyecto serio de crecimiento.

El texto original tuvo ajustes en 1860 para incorporar a la Provincia de Buenos Aires, en 1866 para nacionalizar las aduanas y en 1898 para disponer la elección de un Diputado Nacional cada 33.000 habitantes (antes era cada 20.000).-

A partir de allí, las reformas de 1949, 1957 y 1994 (previo pacto de olivos) e incluso la reforma transitoria de 1972 tuvieron como principal objetivo acomodar la elección de presidente a la conveniencia de los gobiernos de turno, tanto democráticos como de facto. Demasiadas veces terminamos quemados con leche.

Dar cuenta de esta situación no significa desconocer los cambios positivos logrados en 1949 y 1994 pero también debe reconocerse que fueron, lamentablemente, una consecuencia secundaria tendiente a justificar el objetivo principal.

Por otra parte las dos modificaciones más trascendentes tendientes a democratizar el poder en Argentina no requirieron reforma constitucional: la llamada Ley Sáenz Peña, impuesta en realidad por Yrigoyen, y la ley de voto femenino impulsada por Eva Duarte fueron una realidad a través de  normas dictadas por el Congreso de la Nación.

En estos días la Diputada Nacional Diana Conti,  presidenta de la Comisión de Asuntos Constitucionales, ha expresado públicamente cuanto le alegraría que la Dra. Cristina Fernández “decidiera en algún momento darse la oportunidad de continuar al frente de la Argentina” y que para ello "Habría que cambiar el sentido de la Constitución actual. Nuestra Constitución es de una base liberal conservadora y la reforma del 94 fue sobre esa matriz. Debería darse una reforma que dé vuelta el sistema de poder".

No sé si se trata de una alcahuetería de una diputada más papista que el Papa o de una punta de lanza para poner la re-re-reelección en el tapete pero, ante la duda, enciendo luces de Alerta.  No es la primera voz oficialista que menciona este tema pero sí la primera que desnuda que la continuidad de la actual mandataria nacional es el único objetivo de una posible reforma constitucional.

Además es incomprensible el argumento usado. Conti nos corre por izquierda enarbolando un supuesto progresismo (término que sería necesario redefinir en Argentina) propiciando cambiar la matriz conservadora de la actual Constitución manteniendo en el poder a las actuales autoridades. ¿Es que hay algo más conservador que la perpetuación en el poder? ¿no es contradictorio un progresista que quiere mantener el status quo?.

Como yo lo veo aún cuando fueran maravillosas las transformaciones logradas por un gobierno, la extensión en el tiempo del ejercicio del poder ocasiona inevitablemente anquilosamiento, conformismo, pozos de corrupción y, en definitiva, la implantación de un régimen que tenderá al discurso único, sea por legítima convicción o por especulativa conveniencia.

Pretender que un liderazgo se perpetúe es un tácito reconocimiento de la incapacidad de generar una dirigencia preparada para conducir el país o lo que es peor la decisión de no permitir el crecimiento de esa dirigencia.

Ojalá no sean vacas las que veo en estas declaraciones de la diputada Conti. Ojalá la Dra. Kirchner no tenga pretensiones reeleccionarias y lo diga claramente. Ojalá nos dejemos de jorobar con cambiar las reglas del juego por conveniencias circunstanciales. De todos modos los más viejos todavía usamos pañuelo en el bolsillo. Por las dudas, ¿vio?