Debo confesarlo: ¡Me tienen muy pero muy harto con lo de las intenciones reformistas-constitucionales!. A ver: Ni se me pasaría por las mientes negar que las instituciones deben ser flexibles y poder adaptarse a los tiempos, o perecerán en el intento. Hasta ahí, todo bien. ¿Que ciertos andamiajes constitucionales argentos están algo perimidos y obedecen a inspiraciones pretéritas, de épocas lejanas? ¡Si, claro!; ¿Donde hay que firmar?. Me dicen que estos tiempos que corren como si se los llevara el mismo demonio piden a gritos que en las grandes letras de la ley mayor se contemplen sus cualidades y características tan peculiares? ¡Obvio!
Pero...chicos: La Consti nacional se reformó aceptablemente en 1994 (hace apenas 18 años), y se supone que los conjuntos de normas como ese son para perdurar en el tiempo, para que sus méritos y deméritos sean apreciados por más de una generación. Al menos eso me contaban cuando yo era chico (hace mucho pero no tanto). Tal vez la sociedad haya cambiado demasiado y muy aceleradamente en estos tiempos de redes sociales, ultraconectividad 2.0.net hasta en el inodoro, “smartphones” más “smart” que sus dueños y demás rollos tecnológicos. Si, seguro. Muy rico todo. Pero no sé hasta que punto eso implica la necesidad de reformar aquello que deberíamos mantener lo menos toqueteado posible, porque su naturaleza así lo pide.
Lamentablemente, desde la recuperación de la democracia hasta hoy, vemos que apenas a un gobernante le va medianamente bien en su tarea empiezan a aparecer las ínfulas reformadoras de la Constitución. Suelen pintarse con los argumentos que acabo de exponer: que estos tiempos no son como los que ya fueron, que es necesario “aggiornarse” para que no nos coman los albatros de la modernidad tecno, que las formas de representación han cambiado y toda Carta Magna que se precie debe tenerlo muy en cuenta para no transformarse en letra muerta, etc. Y si, es así. Pero también es muy cierto que, apenas uno rasca un poquito en esos argumentos, aparece la madre del borrego: reformar para que los que están hoy en el poder sigan estando ahí por el resto de los tiempos, a ser posible. No digo que los motivos pregonados no sean válidos, pero nos los anteponen al nudo de la cuestión de manera poco creíble, y terminan por parecer un mero maquillaje de la cuestión central: cambiar todo lo que sea necesario para que los que mandan no cambien.
Además, como decíamos recién, alcanza que a un gobernante le vaya casi bien para que algunos de sus seguidores empiecen con la cantinela “reformista” con vistas a atornillarse. Con un poco de buena voluntad podemos tomar esas intentonas como “globos de ensayo” o “cortinas de humo” o qué se yo. Pero que lo piensan, lo piensan. Que lo desean, lo desean. Y nunca son tristes perejiles los que sueltan la pelota: siempre se trata de dirigentes de postín, aquerenciados a las mesas chicas como los mejores. En ciertas provincias (Mendoza, sin ir más lejos porque para qué si estamos acá) apenas un gobernador empieza su periodo ya se habla de reforma constitucional. Es cierto que en Mendoza eso de reformar la Consti provincial (de 1916, solo cuatro años sin reelección) es como una herida absurda porque no se ha podido desde 1983 hasta hoy aunque mucha onda le pusieron. Igual, que quieren que les diga, me parece “too much” que apenas un gobernator arranca su periodo ya estén tirando sobre la mesa una modificación de tal envergadura. Pero es tan inevitable como que mañana salga el sol. Y cansa. Al menos, esperemos a ver como le va al fulano de turno y después evaluemos si se merece seguir en la poltrona o no, digo...En otras cercanas latitudes la hicieron distinta: con una mayoría legislativa amplia ya ganada, se dinamitan los preceptos que impiden reelecciones perpetuas y hasta luego. Entonces surgen esos “liderazgos” (las comillas son bien a propósito) interpretables como caudillismos que pasman a los capitalinos con poca ruta recorrida. Apenas uno cruza la General Paz hacia el lado de acá empieza a verlos, y ni hablar si se adentra en las profundidades del país. Por ahí todo suele tener un solo color: el que le guste a quien se pudo quedar en el mejor sillón hasta que le de la gana. En cualquier caso, me parece que en toda Argentilandia hay una tendencia poco saludable a reformar serialmente eso que debería ser lo menos reformable entre la legislación vigente: las Constituciones, en cualquiera de sus dos deliciosos sabores (provincial o nacional).
En este último caso, y al calor del famoso ¡54 por ciento! que los Kristinos supieron conseguir en buena ley, ya sordos ruidos oír se dejan de reformas y de “acuerdos”, y no es la primera vez. En medio del batifondo de YPF, escuchamos esta semana misma que ciertos Legisladores/as ultra K volvieron a poner la bola en movimiento. Ahora, y como para agregarle pimienta a la cosa, se alega la necesidad de reformarla porque en sus raíces es de concepción “Liberal”...cierto...¡¡¡¿¿¿Y CON ESO QUÉ, ME PREGUNTO???!!!! ¿Acaso la desmerece en algo? ¿La vamos a despreciar porque el liberalismo fue la doctrina pro-constituyente por excelencia cuando la escribieron y pusieron en vigencia? ¿Qué le agrega y qué le quita de bueno o malo que tenga semejante origen?. Ya sé que después de eso vino la corriente del “Constitucionalismo social” (de la que es un buen exponente la Consti tan peronista como derogada de 1949) y otras cosas que se fueron “hibridando” con las doctrinas originarias (Para no hablar de las de otros países, nuestra reforma de 1964 o la de 1994). Pero de ahí a querer hacerla toda de nuevo...y parece que eso es lo que se pretende, al menos hasta que alguien aclare que no es tan así. Y ya sabemos para qué lo sugieren.
No voy tras ningún “fetichismo legal”, que conste, porque entiendo que lo que no cambia se muere. Pero es que si bien se mira no hay ninguna necesidad, salvo la mencionada compulsión tan argentina a arreglar lo que no está roto y a cambiar lo más posible lo que debería mutar lo menos posible, porque se trata de reglas que van a regir a varias generaciones de argentos, esa es la idea. Y recuerden: la intención se manifestó en medio del ruido y la furia Ypefiana que nos impulsa a enroscarnos la bandera al cogote y salir a agitar en las calles por nuestra soberanía misma. Eso no es gratuito ni casual. Es casi como si nos dijeran: “Ya que hacemos esta tan grosa, qué nos cuesta seguir para adelante y hacerlas todas, ahora que venimos embalados...” Eso si: los conductores de esta magnífica gesta deberán permanecer un largo rato más en sus puestos, como para asegurarnos de no perder lo tan trabajosamente obtenido. O la película que ya vimos varias veces y cuyo final conocemos de memoria.
Y no se imaginan cuanto me gustaría equivocarme. Ojala tenga que ponerme de supositorio todo lo que escribo acá. Pero no sé...
En fin; será hasta la semana que viene, si quieren.
@robertomagno2
¿Reforma? ¡¡¡De acá!!!
¡Me tienen muy pero muy harto con lo de las intenciones reformistas-constitucionales!, dice Roberto Pérez en su columna Cosa Seria de hoy. Entrá y reformate.