La educación y las nuevas tecnologías

Estábamos almorzando y surgió la duda sobre la edad de un personaje mediático muy conocido. Sin mediar palabras un adolescente que compartía la comida se levantó de la mesa y consultó en Wikipedia. Zanjó la discusión con el dato exacto.

Hoy los datos están en todas partes, pero fundamentalmente en Internet. Hasta no hace mucho debíamos recurrir a nuestra memoria o consultar en libros, enciclopedias, hemerotecas o personas más memoriosas que nosotros. Las cosas han cambiado tan rápidamente que aún nos cuesta comprender lo sucedido. Del mismo modo que la irrupción de las calculadoras en los años setenta modificó la importancia de saber calcular, pues de eso comenzaron ocuparse los aparatitos electrónicos, Internet está actuando desde la década pasada, cada vez más, como el reservorio de datos o información de toda la humanidad; una suerte de memoria colectiva. Si los datos están en Internet deberíamos utilizar la memoria de otra manera. La revolución educativa consiste en darle un uso diferente a la memoria con esa información que está ahí. Tenemos ahora más oportunidades de utilizar nuestra inteligencia para otras cosas.

La inteligencia sin memoria es como un vehículo sin combustible. Si la memoria se multiplica repentinamente de un modo exponencial, la inteligencia puede desarrollarse mucho más. Pero existe un serio riesgo con Internet: la pequeñez de los conceptos, es decir su brevedad, y la desvinculación de contextos más abarcativos. Las cosas complejas requieren más que los 140 caracteres del Twitter. Quienes tienen una visión global del saber, corren con ventaja y tendrán más oportunidades. Lo mismo ocurre con los que pueden profundizar extensamente un saber o una disciplina. En esto la escuela es fundamental.

Advierte Richard Dawkins que la validación del conocimiento a través de Internet aleja a las personas del pensamiento científico. Es así que la educación deberá apuntar a utilizar la inteligencia con otros propósitos: descubrir el valor de cada conocimiento, ya sea a través de la evidencia, de la autoridad, de la tradición o de la revelación, que son, básicamente, las formas en que sabemos lo que sabemos.

Saber buscar una información con Google o Wikipedia, valorar su confiabilidad y situarla dentro de un proceso más extenso. Y comunicar el nuevo conocimiento eficientemente.

Los adultos hemos sido formados a partir de premisas diferentes a las que debemos emplear para formar a las nuevas generaciones. Los adultos de mañana aún transitan por nuestras escuelas.

Asistimos a la presentación de una confusa revolución educativa: la entrega y el uso de las netbook y el acceso a nuevas tecnologías. Pero la verdadera revolución educativa consiste en un uso diferente del cerebro. La trabajo de padres y docentes debe apuntar a la formación de ciudadanos que sepan pensar, crear, actuar favoreciendo el desarrollo social, la convivencia y la aceptación de lo diferente, es decir que sean productivos para sí y para los demás. Que trabajen grupalmente. Que sepan privilegiar ideas, distinguir la validez de las fuentes de información, asociar datos relevantes extraídos de la inmensa e inagotable nube de Internet y comunicar lo que aprendieron. Que comprendan el valor que da a la vida arreglar una falla eléctrica, hablar francés y apreciar la música clásica. Pero más que todo, que sepan conocer sus emociones y autogestionarlas.

¿Y la tecnología? Qué buena herramienta.