He escuchado a todos hablar sobre “Malvinas”. Imposible evadir el tema cuando en los noticieros, los diarios, las revistas hablan de ello. No puedo ser imparcial. Ser objetiva. Con mis 19 años, sólo he visto las guerras de lejos. Espero eso no cambie.
Treinta años atrás, un amigo, un compañero podría haber estado allí. Y los hubiese llorado, hubiese deseado gritar mi dolor. Una parte de mí, se habría ido con ellos. ¿Qué hubiese pasado?
¿Hubiesen vuelto? Si es así, ¿Seguirían queriendo luchar hoy en día? Volver con el sueño de un país roto. ¿Acaso algún día sanarían? Hay heridas que por más que cicatricen, nunca dejan de doler. Y cómo pretender que se siga adelante si la herida nunca cerró.
Conozco ex combatientes que deseaban defender a la patria, a su patria, para ser lo que se cree un buen y digno argentino. Otros que por cuestiones de azar, distintos tipos de lesiones (algunas producidas y otras acontecidas) no tuvieron la obligación de ir. Es que cuando uno va a la guerra, va sabiendo que hay más probabilidades de morir de las que hay de sobrevivir. Siempre en la guerra algo muere.
Nunca estuve a favor de las guerras, generan tanta violencia y odio que me cuesta no aborrecerlas. Ninguna guerra está justificada. Cada una de ellas tuvo origen en la avaricia de unos cuantos con poder, que no pueden evitar siempre querer más de lo que tienen. Las guerras solo sirven a unos cuantos, las Malvinas fueron un escaparate para cubrir las malicias del proceso, donde miles de personas fueron secuestradas, torturadas y desaparecidas. Otra herida abierta.
Galtieri nos mando al muere porque su intención era esa, su intención era distraer, era reírse de nuestra inocencia e ignorancia a nuestras espaldas, su intención fue hacernos creer que podíamos tocar el cielo. Inolvidable para mí es la cara de los desaparecidos, el rostro de esos combatientes que se andaban con zapatillas Topper sin cordones, consumidos por el frío, el hambre y la incertidumbre. Tenían controlados todos los medios para que sólo se dijese lo que se convenía decir, lo que el pueblo en el fondo quería escuchar: que todo estaba en orden, que ganaríamos porque era un hecho, no una posibilidad. Estuvieron orgullosos de mentirnos, de hacernos creer una farsa que sólo dejó una gran desilusión.
La guerra a veces parece un juego, como si los seres humanos fuésemos piezas en un burdo tablero de ajedrez. Nunca fue un juego. Muchas personas murieron, jóvenes como yo, inexpertos. que fueron obligados a enlistarse porque no teníamos la suficiente cantidad de soldados para afrontar a un ejército Británico consolidado que poseía no sólo más soldados sino también más armas, buques con tecnologías que hasta entonces desconocíamos.
No se trataba de perder o ganar, pero hemos hecho de esta guerra algo más. En cierto modo, tomamos esto como algo personal. Las Malvinas ya no nos pertenecen teniendo la ocupación militar inamovible. Es hora de aprehenderlo, de acostumbrarnos a la idea.
Podemos quedarnos a odiar a los ingleses, pero eso no cambiará nada. La historia se sucedió y no hay marcha atrás. Nadie nos devolverá las vidas perdidas por el juego de la guerra.
No sé que les sucederá a ustedes cuando ven y escuchan hablar de este tema, a mi me genera dolor ver como caemos otra vez en el mismo hoyo de siempre. Siempre volviendo a lo mismo, nuestra historia es un círculo sin fin. Y más que doler, me da bronca escuchar a políticos que nosotros elegimos recurrir a discursos de Galtieri para avalar que lo que hacemos está bien. No quiero ni pensar que esa guerra puede repetirse, no quiero, no puedo, no me parece concebible. Ellos dicen lo que dicen por política, nosotros hacemos lo que hacemos porque lo sentimos. Lo nuestro tiene un único fin, y ese es poder seguir adelante.
No negaré que odio como todos odian que a ellos no les de pudor poner un buque para poder usar y exprimir los recursos que el mar les da, así como para demostrarnos que no tenemos ni un mínimo derecho sobre las islas. Odio también, verlos humillarnos y recordar como en esa época tomaron a nuestros soldados heridos como una muestra de su triunfo, como odio asimismo verlos regodearse en que ellos las tienen y nosotros no.
Odio. Existe tanto odio de por medio. Me doy cuenta entonces, me lo cuestiono, no voy a odiar. El odio es un barco que siempre naufraga. Por eso, hay que ser mejores, demostrar que existe un ejemplo, no prestarnos a sus burlas ni devolver con la misma moneda. No nos llevará más que al mismo lugar de siempre, un pasadizo sin salida. Hablemos, no hay mejor método para llegar a buen puerto que el diálogo, no existe otro medio.
Me da vergüenza escuchar a jóvenes hablar por hablar de este tema, diciendo que estarían orgullosos de volver a una guerra, de apoderarnos de las islas, de reírnos en sus caras. Si estas orgulloso de ser Argentino, ir a una guerra no es la forma de demostrarlo. El amor por la patria es otra cosa totalmente distinta. Son cosas que hoy en día no se respetan, detalles a los que nadie les da interés. La patria cuando se habla de guerras no es más que una excusa para defender un propósito. Usan el nombre del país, de la bandera, de los tantos fallecidos por una misma causa para pretender y fingir que es una justificación válida. Y si hay algo que se, es que no hay nada peor que un pueblo que no puede evitar el sentimiento de venganza, de revancha, cuando ya no hay batallas por las que luchar.
Démonos tiempo para llorar a los que ya no están. Regalémonos un poco de paz.
Ahora lo que nos ha quedado son recuerdos, son esas imágenes de nuestros soldados volviendo cabizbajos, heridos en su memoria, sangrando y sufriendo las cicatrices que quedarán, que nadie puede ni podrá sanar. Ellos siguen escuchando el eco de los bombardeos, nuestros soldados nunca dejaron las Malvinas, los que han salido vivos de ella, admiten que una parte de ellos ha muerto en esa infinita guerra, esa guerra que con el ocaso del sol un 14 de junio de 1982 se llevó todo atisbo de salvación.
“Después de la lucha por la vida, la única batalla con la que se debe lidiar es contra la ignorancia”
Anónimo