Un intelectual progresista, en representación de muchos, sugirió que el escándalo Boudou no era importante. Que siguen apoyando al Gobierno por sus "políticas globales" y que cerrarán filas. Ese pensamiento ruin sintetiza todos los vicios de un sector ideológico que durante años fue la última línea de defensa frente al avance de la corrupción, la impunidad y la prepotencia del poder. Y que ahora ha adoptado la negación, el relativismo moral y el verticalismo más reaccionario.
Se ve que entre las "políticas globales" que apoyan los progresistas del kirchnerismo no figuran la transparencia, la lucha contra la corrupción ni la independencia judicial. Y que las "políticas globales" no pueden seguir defendiéndose mientras el propio proyecto se saca de encima las lacras que lo acechan. Es difícil entender esto último: tienen la insólita idea de que tapando los pecados de su propio gobierno le hacen un favor. El progresismo brasileño, por ejemplo, muestra que esto es un verdadero disparate y que un gobierno se fortalece cuando demuestra su integridad. Dilma Rousseff habló recientemente en Harvard y dijo que "Brasil hace un gran esfuerzo luchando contra la corrupción". Luego añadió que su legado iba a ser dotar al Estado de transparencia puesto que la corrupción era enemiga de "la eficiencia, la meritocracia y el profesionalismo".
Para seguir leyendo esta nota, entrar aquí.