El amo y el niño

El abogado y escritor mendocino Tristán Casnati se sintió movido por una nota de MDZ a escribir este microcuento. Lo quiso compartir con los lectores.

El agreste y desolado paisaje de Asia Menor hacía mella en aquellos soldados hambrientos que marchaban junto a su Emperador. Un  césar desdeñoso de su lujoso carruaje que prefería ir a caballo, junto a ellos. Sólo esta gota púrpura e imperial del líder que se pone a la par hacía la diferencia entre el tesón y el desbande. Todo era difícil salvo responderle a este hombre que sabía estarles cerca y tener su confianza. Hasta que comenzaron los primeros pastores y asomó el verde de estos dominios que un día fueran de Alejandro y que ahora eran romanos.

Aunque la penetración era recíproca. El Emperador romano dominaba pero también admiraba la cultura helena y sería ésta la tierra fértil donde cosecharía al muchacho de sus sueños, aquel que sería su dios. Amante de placeres intelectuales y sensuales por igual encontraría en el joven disposición para darlos gustoso, gozoso, perfecto, bello, sumiso.

Y vendrían los años felices, los viajes, el frenesí y la energía de la pasión. Lo llevaría a muchos lugares, incluso a Roma. Pareja de amantes rendidos a los pies del poder o a los pies de la belleza, según de qué lado se los mirara. Un amor ejercido desde una potestad absoluta que frecuentemente y con el tiempo, comenzó a encontrar placer en humillar al muchacho. Y otro amor frágil de una belleza que inexorablemente declinaría con el paso de los años, presagio inconfundible de abandono e intrascendencia que se fue tornando insoportable para el joven.

Se le ocurrió entonces que su única venganza anticipada era matarse. Con su muerte no sólo se aseguraba una herida profunda sino además, el pretendido reconocimiento por parte del poderoso amante dolorido, algo que de otro modo sería inútil esperar. Concebía así una última jugada en pro de su sueño mayor: la trascendencia.

Nadie llegó a ser un dios sólo con dos armas, aunque tan poderosas: Ser de una belleza absoluta y amante imperial. El niño concretó su plan después de una noche de amor intenso y un par de horas más tarde, anoticiado de un modo convenientemente planificado, llegó su dueño desesperado hasta su mortaja de oro ensortijado flotando en la ribera del Nilo. Con los rizos entre sus dedos tuvo la triste e inmediata constatación de que su practicidad de amo del mundo no le había servido para retener al niño. Como si todo tuviera que ser imperial, lejos de lo humano, ajeno al amor.

Entonces quedaría el hombre vuelto a su dolorosa realidad, a su llanto interminable de días y noches, expuesto a su falta y su evidencia. Y las explicaciones humanas que ya no bastaron. Y en adelante los templos, las estatuas, las efigies, los bacanales de vino, pasión y amor rendidos en honor de este niño convertido en dios. ¿Sólo por ser bello y amante de un emperador?