La dominación que desde el imperio centralizado del lejano norte han realizado sobre países como el nuestro, está llegando a niveles insospechados.
Es cierto que, a lo largo de los siglos, los diferentes dominadores de la historia mundial han impuesto sus culturas a los vencidos; así, en estos siglos XX y XXI, el poder que sobre las pampas han impuesto naciones angloparlantes nos ha llevado a adaptar nuestra lengua y nuestras costumbres a imagen y semejanza de los vencedores.
De aceptar el “living” y el “ok”, hasta san Valentín y halloweeen, hemos ido sumando, cual obedientes vencidos, costumbres foráneas. También estamos aceptando que, aun en nuestro propio idioma de sometidos, les expliquen a los niños desde el sur del imperio (lo más al sur que pudieron, que es en las lejanas playas de Miami) que se dice “calcetines” en vez de “medias”, o “señales” en vez de “semáforo”; todo con el noble objetivo de que los vencidos hablemos con el mismo vocabulario, tal vez con la necesidad de poder entendernos (ellos a nosotros) con el menor esfuerzo posible. Y parece ser que, nos guste o no nos guste, así ha sido la cosa en la historia.
Pero sin dudas que esta realidad se puede cambiar porque, aunque usted no lo crea, no está escrito lo que va a pasar mañana; razón por la cual, sentarse a esperar que se repita el ciclo, es solo un triste consuelo de flojos, que no es que no haya sobredosis de esa especie por acá.
Pero para cambiar la historia, es fundamental ser parte, o al menos intentarlo. Y ahí es donde entra el título de este escrito y mi preocupación principal, que surge de leer titulares en periódicos que rezan que, en tal o cual catástrofe, “no hay argentinos en la zona”, por lo que deberemos suponer que la cosa no debe haber sido tan grave.
Al parecer, de aquella Constitución que proclamaba (y aun proclama) que en este país estamos abiertos a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino, estamos mutando al formato individualista del norte, del dominador, que reza que, si hay muertos, sea en guerra o en terremoto, son los propios. Los otros no importan, o no existen, que es casi lo mismo. Similar (aunque en menor escala) a lo que pasa con la inseguridad; si el muerto es de mi barrio o de mi clase social, qué vergüenza; si no, no sé de qué me están hablando.
En fin, que podremos aceptar la “forma” del dominado y aún volver de eso. Pero del “fondo”… del fondo no se vuelve.