Su mamá se llamaba Jesús. Su papá se llamaba Hermógeno. Ella es simplemente Doña Nena; Doña Nena de Azaguate, lo cual, en el desierto de Lavalle es decir mucho. Todos la adoran y todos la conocen así.
De hecho, el desierto mismo ha escrito su historia sobre su cuero. La ha olvidado después, es cierto, siempre lo hace, pero alguna vez la escribió como ella misma escribe en el telar de palo el alfabeto completo de la memoria mendocina cada vez que lo echa andar.
Aunque no nos importe, Doña Nena, en su telar de palos del secano, nos salva la vida y la memoria algunas veces al año.
Ahora bien, fuera de cualquier metáfora decoradora, valoración clasista o halago a los humildes por mera portación de carencia, la frase exacta a ser dicha es la siguiente: esta mujer es una de las personas más importantes de la cultura de Mendoza.
¿Quieren saber quién atesora un saber ya casi en extinción, transmitido de generación en generación y que habla de quiénes fuimos, aunque no ya de quienes somos? Ella.
¿Quieren saber quién habita el desierto desde su primer latido y crió su numerosa prole con Don Ramos en ese paraíso asolado por nosotros, los de la ciudad? Doña Nena, quién si no.
Algo hicimos mal en algún momento, no cabe duda.
Pasadas las décadas, casi ninguno de nosotros ha visto un telar plantado en el desierto como un esqueleto de animal perdido. ¿Cómo es posible haber vivido sin el abrigo de tanta belleza desolada? ¿Cómo es que no estamos rindiendo honores a esta mujer, desde cuyas manos se dice el mundo.
Nada nos pide y prácticamente nada sabe de nosotros. Nosotros tampoco sabemos nada de ella y de su pueblo. Ni siquiera sabemos que la hemos arrasado y que, luego de despojarla del agua -a ella y a todos ellos-, ya nada más podemos quitarle, más que ese ámbito de pureza en el que viven, esa íntima, aunque enorme, forma del despojo, ese paisaje de polvo, donde -aparentemente- nada se dice y, sin embargo, todo es posible de ser aprendido.
Tenga algo por seguro el lector: como no es de mucha palabra nuestra amiga, no habremos de pedirle que devele ninguno de sus secretos. Solamente miraremos sus ponchos, jergones, mantas y cubrecamas, como quien mira un niño recién nacido, con esa maravilla inaudita que tiene lo irrepetible.
“Mi abuela era ya tejendera de telar de palo. Mi mamá fue tejendera y después yo. Mi mamá tuvo doce hijos y las siete chinitas aprendieron a tejer. Yo le enseñé a dos hijas y alguna nieta por ahí también ha aprendido”, suelta Doña Nena.
Estamos en su casa, en su puesto de El Puerto, en el límite mismo de Mendoza con San Juan, al borde de un río que supo tener un peces, canoas, aves exóticas, ahogados, canciones, atardeceres de oro y nadadores de fuste. Ahora, quedan los Azaguate, algunos Villegas, algunos Jofré y toda una carga de memoria que no se resigna a que nosotros le dictemos el olvido.
No empieza la faena donde parece que termina. Primero hay que construir esa nave de madera torcida de caprichos del algarrobo. Hay que criar las ovejas también, con amor de madre y con puño de padre. Hay que esquilar la oveja y escarmenar la lana (abrir sus fibras, para quitarle la basura y la tierra), saber de la soguía, hacer la rosa, darle su uso al huso.
Y están las tinturas naturales también, pues claro: la raíz de la espina blanca del retortuño que te regala su rosadito; el retamo, claramente amarillo; la guachera del pachango y su mundano marrón oscuro, como el del alarcoco y el milhombres, con sus marrones también a cuestas.
- ¿Usted sabe cómo se hacen los perfumes?, interrumpe Don Ramón, mientras el chivo chilla en el hornito de barro.
- La verdad que no, Don Ramón…
- Se hacen con alcoholes y fragancias me supongo, apunta Doña Nena.
- ¿Sabe por qué le digo? Yo creo que si alguien hiciera un perfume con la flor del alarcoco, tendría un éxito bárbaro. No sabe qué cosa rica cuando usted se pasa la planta por la ropa… Es una cosa hermosa…
Así es la vida en el campo: uno se entrega al pensamiento y a los olores, encima del caballo, volviendo al rancho a la tardecita.
Se puede uno lavar ceniza de jume. O con quillo se puede uno lavar, que sirve como jabón, como lo usaba la abuela Matilde. Incluso, para lavar la ropa, mire: usted deja el quillo con agua caliente y hace una lejía y mete la ropa y queda toda blanquita, tan blanca como esas camisas que vienen desde las dunas, en octubre, en la fiesta de Laguna del Rosario o en El Cavadito o Asunción o San José o El Retamo o El Forzudo y tantos otros lugares donde las camisas, cuando hay fiesta, son más blancas mil palomas mentales.
Y digamos más: para salar usaban la zampa, harta en yodo. Frotaban el quirquincho o el chivo en la zampa hasta que brotaba la sabia y después a chuparse los dedos y a limpiárselos después, contra la cabellera rubia de los junquillos y a tirarse a la sombrita para atravesar esa siesta.
- Qué tiempos aquellos, Doña Nena…
- La verdad que sí, m’hijito…
- Cuénteme un recuerdo lindo de su infancia y no la molesto más.
- A la tarde, cuando nos daba hambre, mi abuela nos daba la leche de la vaca y le ponía encima florcitas tiernas del junquillo para endulzarla… Y a nosotros nos encantaba…
¿Cómo no amar o agradecer a esta mujer que tiene en los ojos mil libros que se te abren y te iluminan?
¿Cómo es posible que sea tan parecida y tan distinta de nosotros?
¿Qué no daríamos por una leche de vaca con florcitas tiernas del junquillo para endulzarla, junto a un interminable bosque de algarrobos, al pie de las lagunas que había, mirando las canoas de los huarpes con la panza llena de peces?
El cielo no es un lugar, está claro. El cielo es un recuerdo: siete florcitas tiernas de junquillo flotando en una taza de leche y la abuela Matilde fregándose las manos en su imposible delantal.
Ulises Naranjo.