No sé que estará pasando, pero hay como un impulso medio raro por parte de ciertos políticos para cuidar, proteger y aún abrumar a la ciudadanía con amorosas prescripciones. Ha pegado una especie de instinto paternal-maternal algo sospechoso, porque empiezan a imaginar normas legales que imponen procedimientos con costos que alguien pagará, y podemos suponer quienes: los giles de siempre. Todos nosotros, en buen romance. Es indefectible; cuando hay algo que no se entiende mucho, seguro que alguien está sacando tajada. Aunque no sea así (uno es mal pensado por naturaleza, o por argentino viejo nomas) no dejan de recordarme a esas señoras que les dicen a sus hijos: “Nene/a, llevate un saquito por si refresca”. La diferencia es que aquí no se trata de una recomendación si no de una imposición, nunca gratis.
Veamos: Por estos pagos apareció la onda saludable, de tintes preventivos-compulsivos, porque viene por ley la cosa, de modo que nadie deje de sentirse obligado. A uno se le ocurrió que el famoso “Papanicolau” sea obligatorio para toda mujer en edad fértil y con ansias de trabajar, y deberá hacérselo como requisito pre-laboral antes de ser contratada en relación de dependencia. Otro propuso que el temido examen de próstata sea obligatorio para los portadores de la misma, les interese saber en que condiciones tienen ese noble órgano o no. Los chistes que he escuchado al respecto son demasiado procaces como para transcribirlos aquí, aunque estoy tentado de hacerlo. Pero son muchos y se nos va a terminar el espacio. Solo diré que los más atinados dicen que en realidad no representa ningún problema ni novedad, ya que el Estado todo el tiempo nos está metiendo un dedo ahí. Saltó otro (otra, en realidad) que afirmó frescamente que para reducir los problemas de hipertensión entre nuestra gente sería apropiado eliminar los saleros de las mesas en restaurantes y comederos varios. ¡Oh! ¿Será por aquello de “Ojos que no ven, corazón (o paladar, en este caso) que no siente”? Entonces, si no vemos sal en las cercanías podremos hacer ingestas más saludables, libres de perniciosos excesos de sodio. Y por cierto, la presión social-estatal-publicitaria-legal para que toda fémina habida y por haber se haga mamografías periódicas ya mide unos siete grados en la escala de Mercali modificada.
Pocos días atrás supimos sobre la intención de cierto legislador local entre los más encumbrados para meterle una sobretasa impositiva provincial a los cigarrillos, que los llevaría a unos ¡Cien pesos! promedio por paquete para las principales marcas. Sabemos que hoy en día cien pesos no son ni la sombra de lo que eran...pero de ahí a que con ellos apenas se pueda comprar un paquete de puchos...Al mismo tiempo, vemos que tanto en Córdoba como en la antes conocida como Capital Federal (hoy C.A.B.A, horrible sigla) las autoridades respectivas planean sobre-gravar combustibles y peajes, uno para enjugar su feroz déficit crónico y otro para sostener el servicio de subterráneos (Aparte: este último es uno de los mayores misterios de la humanidad, solo comparable al triángulo de las Bermudas o a la construcción de la Pirámides de Egipto: ¿Como diablos es tan deficitario y ha debido bancarlo todo el país, lo use o no, cuando viajan con él casi un millón de personas al día a $ 2,50 por barba y encima ha recibido subsidios de la Nación que oscilaron entre el 70 y el 40 por ciento de sus gastos operativos durante décadas? Qué se yo...que venga Dios y lo averigüe, si es que puede. Porque el sentido común más elemental indica que debería ser una mina de oro por la cual se peleen jurisdicciones varias para tenerlo, no para sacárselo de encima con sindicatos y todo...) Pero volviendo a lo nuestro, tanto a cordobeses como a porteños se les ha dicho en varios idiomas que lo que pretenden es inconstitucional de aquí a Tailandia, porque implica una doble imposición: El erario nacional ya le da duro y parejo con impuestos a peajes y combustibles por conceptos similares, y entonces no puede venir una provincia a meterle más carga por lo mismo o casi, so pretexto que necesita dinero fresco. El caso de los cigarrillos es idéntico, pero aquí nadie acusa recibo: “¿Chicos, cuantas veces me van a cobrar por lo mismo?” podrían preguntar las tabacaleras, además de apelar judicialmente hasta armar una de esas novelas tribunalicias que parecen apasionarnos a los argentos y dejan a John Grisham a la altura de un maní. Algunos parecen pensar, parafraseando a San Martín: “¡Seamos sanos, que lo demás no importa nada”! No sé si es así...hay un par de cosas para evaluar. En primer lugar: sí yo fumo, me gusta comer con abundante sal y mi prostata me importa poco o en todo caso puedo saber por mí mismo cuando necesita una puesta a punto...¿Qué pasa, soy un antisociable, estoy al margen de la ley, debo pagar más de lo que ya pago habitualmente por ser una suerte de inadaptado, ehhh? Para despejar esas dudas (o engordarlas en calidad y cantidad) nos choreamos de la Legislatura el borrador del esbozo de ensayo de “paper” en el que ciertos asesores proponen nuevos impuestos y obligaciones “saludables”, siempre en pos de una “mejor calidad de vida de la población”, como si ésta no pudiera determinar por sí misma lo que quiere, le gusta y le conviene...Y pensar que pagamos por esto...
ANTEPROYECTO 1): “Aplicar una sobretasa impositiva en Ingresos Brutos por legañas”. El desagradable espectáculo de ver como una persona o varias llegan diariamente a sus lugares de trabajo y estudio con los ojos “pitiñosos” (diría mi abuela) debe ser enmendado. Porque además, un correcto lavado de cara al despertar reduce los riesgos de cáncer de piel, de acumulación de grasa debajo de los ojos en forma de antiesteticas ojeras crónicas, y de tener cara de orto por el resto del día.
ANTEPROYECTO 2): “Impuesto a la panza”. Todo aquel o aquella que tenga un sobrepeso estimado en 25,1% de la masa corporal estipulada para su edad y estatura según los parámetros de la Organización Mundial de la Salud, y el mismo esté localizado en la zona abdominal, deberá abonar el doble de lo previsto en cada trámite que realice ante el organismo recaudador y legalizador de procedimientos varios donde el Estado tenga algo que ver aunque sea un poquito. A tales efectos, se imprimirán estampillas fiscales con la imagen de obesos mórbidos en trance de muerte horrible (O de los participantes en “Cuestión de peso”, que viene a ser casi lo mismo) para que el segmento poblacional aludido tome conciencia de los riesgos a los que se expone por no cerrar la boca.
ANTEPROYECTO 3): “Gravamen a la escupida callejera”. Sin duda, gargajearse en la vía pública es contrario no solo a la educación y las buenas costumbres, si no también a la salubridad por la que todos debemos velar. O sea: al que se eche un pollo andando por la calle le caerá...no sé...por ejemplo, podría ir un inspector y pegarle un sopapo en la oreja...no, porque se trata de sacar guita...en todo caso, que le pidan los comprobantes de pago de impuestos y cosas así, y si no está al día que lo revienten...¡No, ya sé!: Obligarlo a pagar un multa de mil pesos y a limpiar lo que estampó contra el piso. Eso podría ser...
Había más, pero no lo ponemos porque nos da vergüenza ajena. En realidad, a nadie le ha parecido TAN mal que el Estado y sus hacedores de leyes se ocupen de estas cosas, pero quieren prioridades. Por ejemplo: que en vez de preocuparse por la sal que consumimos y nos mata lentamente, impidan que delincuentes varios nos maten rápidamente. O en vez de ocuparse de próstatas y úteros ajenos, involúcrense no solo con propagandas para evitar la masacre cotidiana de los accidentes de tránsito. Bueno, ellos sabrán, y nosotros deberemos vigilarlos con mil ojos y otras tantas orejas, porque sí no nada tiene sentido. Chau, y nos vemos cuando nos veamos.