Hace ya varios años, escuché un chiste que iba así: Pregunta: ¿Cómo se
llama el pedazo de carne que rodea la vagina? Respuesta: Mujer.
El chiste y su relación con el inconsciente, diría Freud. Este tipo de
humor se repite con los negros, con los gordos, con los altos, con
cualquiera que ande por ahí con algo que no cuadre con la
normalización que desde varios sectores, especialmente el de la
publicidad, se imponen desde hace tiempo.
Y es muy probable (aunque haya leído a Freud y a otros psicoanalistas,
no soy profesional en esas lides, por lo que no lo puedo garantizar)
que ese tipo de humor exteriorice un pensamiento que merodea en gran
parte de la sociedad, especialmente cuando se trata de, por ejemplo,
la mujer.
En un país en el que dos mujeres tienen derecho a casarse, en el que
la más importante Corte de Justicia establece un protocolo de aborto
seguro, en el que mujeres dirigen empresas, en un país dirigido por
una mujer en el que hay mujeres jueces, gobernadoras, intendentas y
legisladoras. Un país en cuya historia reciente intervienen tantas
mujeres, ¿cómo es posible que en un mismo día una legislatura (la
mendocina) le dé la espalda a las más desprotegidas y un tribunal (el
tucumano) proteja con su decisión a los proxenetas?
Esto sin contar con que en la Ciudad de Mendoza el intendente ordenó
cerrar todos los cabarets pero sin prever protección para las mujeres,
llevando a que ellas sólo pasen de prostituirse de una comuna a otra,
con lo que la decisión tiene un tufillo de interés político más que
social.
Además de que ante esta decisión, otro intendente, el de Godoy Cruz,
tan suelto de cuerpo diga que él va a aceptar los cabarets.
Vivimos en un país en el que la mujer que impulsó el voto femenino es
una de las más veneradas pero en el cual cinco o seis hombres violan a
una niña de catorce años y no falta la voz que se eleve diciendo que
esa niña ya había tenido relaciones sexuales, pretendiendo minimizar
el ataque a partir de eso. También es el país en el que un tribunal de
Salta tiene la caradurez de sostener que una niña de nueve años tiene
un desarrollo físico que la convierte en un objeto de deseo sexual. El
país en el que si una adolescente desaparece, la primera sospecha
siempre es que se fue con el novio. Y es el mismo país en el que una
mujer permanece secuestrada durante noventa días y hay abogados
defensores que pretender convertirla en victimaria de sus captores.
Es el país en el que cada treinta horas muere una mujer víctima de la
violencia de género.
Ante toda esta evidencia (que es un milésimo de la que se puede
obtener), cabe preguntarse si vivimos en un país esquizofrénico.
Pero no creo que sea esa la respuesta. Antes, creo que la situación es
aún peor. No vivimos en un país esquizofrénico. Vivimos en un país en
el que las más rancias y conservadoras tradiciones religiosas están lo
suficientemente arraigadas a una parte del poder como para que sea
imposible lograr que se respete el derecho de las mujeres. Y también
vivimos en un país en el que una parte del poder está relacionado, por
acción, omisión o connivencia, con la prostitución y la trata de
personas, con lo que cualquier investigación judicial corre el riesgo
de ver su punto final en el tráfico de influencias.
El conservadurismo de los religiosos no permite que una mujer pueda
abortar. La complicidad del poder político y económico impide que haya
justicia ante una red de trata de personas. Y esto sólo por dar dos
ejemplos, suficientes como para decir que la mujer sigue siendo ese
pedazo de carne que rodea a la vagina, mal que nos pese a quienes no
lo creemos así.
Vivimos en una sociedad en la que una gran cantidad de gente ha dejado
de creer en la superioridad de un género sobre otro, pero que tiene
que convivir con esa otra gran parte de la sociedad que sigue
considerando que la mujer es un objeto, un ente cuya esclavitud se
consigue con un certificado de matrimonio o con un certificado de
pobreza, o que la mujer, simplemente por ser mujer, tiene un rol de
sometimiento a la voluntad masculina.
Lo peor de todo esto es que, encima, hay muchas mujeres que se
apropian del discurso masculino conservador, de manera que llaman puta
a una adolescente a la que le gusta tener relaciones sexuales pero
catalogan de “ganador” a un adolescente que tiene sexo con muchas
mujeres. Son mujeres que ni siquiera pueden aproximarse a sus pares
por pertenecer al mismo sexo, porque están convencidas de que tienen
que servir al hombre y a su dios, es decir, ser madres, ser paridoras,
ser las que se encargan de las cosas de la casa.
Pero mucho cuidado con pensar que esto sólo se da en mujeres que sólo
se dedican a criar a sus hijos y mantener la casa reluciente. No, para
nada es restrictivo de ellas, ya que el mismo discurso se puede
escuchar en mujeres profesionales que se suponen que han tenido una
formación académica más importante que la de las demás, pero que sin
embargo nunca pudieron deshacerse del lazo que las ata a la tradición.
No, no vivimos en un país esquizofrénico. Vivimos en una país en el
que muy cerca del poder está lo peor de la Iglesia católica, vivimos
en un país cuyas capas sociales más pobres son atacadas por la Iglesia
evangelista, la mormona, la adventista y varias más en las que los
hombres son pastores y las mujeres a lo sumo pueden ser las esposas de
los pastores. Vivimos en un país al que le falta educación de la más
elemental, esa que tiene que ver con el reconocimiento y el respeto al
otro, especialmente a la otra. Un país en el que todavía tiene mucho
arraigo la diferencia hombre/mujer y en el que parte de los poderes
politico y económico sigue explotando a la mujer.
Tenemos excelentes leyes (aunque la de trata de personas haya sido
detenida en el Congreso por el oficialismo) que protegen los derechos
de todos, hombres y mujeres. Pero una ley no nos garantiza nada si,
consciente o inconscientemente, por principios o por prebendas,
quienes deben impartir justicia inclinan la balanza para el lado del
victimario y convierten a la mujer en una permanente víctima.
Alejandro Frias