Durante muchos años en nuestro país la democracia fue la excepción. Costó trabajo llegar a la instancia en que nos resulte una forma de vida habitual después de sucesivos golpes de Estado. El más atroz fue el último de ellos, en 1976.
Con los militares al poder, quienes expresaban no estar de acuerdo con los gobernantes de facto corrían el riesgo de integrar la lista de "desaparecidos" o se veían forzados al exilio. La división de poderes fue disuelta. No teníamos derechos, no teníamos garantías, no teníamos libertad. En 1983 el pueblo argentino pudo ejercer nuevamente su voto y se restauró la democracia que se había perdido.
Pero el Estado debió hacer un gran esfuerzo para volver a ganar la confianza de sus ciudadanos, para que se sientan libres de expresar sus opiniones, para que se sientan seguros de llevar adelante sus proyectos sin que peligre su vida o la de sus familiares, para dejar atrás el miedo. Recomponer la sociedad después de haber padecido el terrorismo ejercido desde la máxima autoridad fue la gran tarea que llevó a cabo Raúl Alfonsín, quien a tan solo cinco días de asumir como Presidente de la Nación, decretó el juicio a la cúpula militar.
Dos años más tarde los responsables eran condenados a prisión en una sentencia sin precedentes en América Latina. Los argentinos debimos volver a aprender cómo ejercer nuestros derechos, cómo expresarnos libremente, cómo sentirnos incluidos en la sociedad. Con el retorno de la democracia, fuimos recomponiendo nuestros valores, logrando convivir en paz y tolerando todas las opiniones.
Por eso, después de casi tres décadas de aquella elección que dejó atrás las dictaduras, son inquietantes las cada vez más frecuentes acciones de este gobierno que debitilitan y empobrecen la democracia. La embestida contra contra la justicia, contra los organismos de control, contra los medios de comunicación, contra toda voz opositora y contra todo obstáculo a objetivos de dudoso beneficio social, pone en jaque nuevamente a nuestras instituciones.
Desde la UCR estamos comprometidos con frenar cualquier intento de abuso de nuestra Constitución Nacional. Porque nuestra democracia es la base sobre la cual tenemos que construir el futuro. Y hay futuro si recuperamos el valor del diálogo, que hace posible lograr los acuerdos; el valor de la educación, que sigue siendo la herramienta para el ascenso social, para el progreso de la gente y para el desarrollo de los pueblos. Si recuperamos los valores de la cultura del trabajo y generamos empleo, cambiando el modelo productivo, este país tiene futuro.
Y por supuesto, debemos recuperar el valor de la honestidad, la transparencia y la ejemplaridad, que son esenciales para ganar confianza en el Estado, sus instituciones y sus funcionarios públicos.