en Twitter, @FedericoCroce
Siempre quise ser periodista. Y trabajar en un diario. Desde chico, escribí. Aprendí a los cuatro años a leer y escribir (supongo que por tener una madre maestra, que tenía un hijo demasiado hiperactivo y que quería leer por su cuenta los libros de cuentos) y a los seis, ya mandaba cartas, juegos y revistas dibujadas y escritas por mí al suplemento “Mundo infantil”, de diario Los Andes.
Cuando terminé el colegio secundario el miedo y la inseguridad no dejaron que me animara a estudiar Letras o Periodismo –“Te vas a morir de hambre”, me decían familiares y amigos- y me decidí por la tercera carrera que me gustaba: Derecho.
Pero ese fueguito interno pudo más, y luego de la Escribanía y una crisis profunda, me la jugué y dije: “tengo que hacer lo que me gusta”. Y empecé a buscar trabajo en los medios, mientras paralelamente comenzaba una nueva carrera: Comunicación.
Mi carrera periodística comenzó en el ámbito de la revista, al mismo tiempo en que nacía, hace un poco más de cinco años, MDZ Online. Pasé por ClubHouse, Entorno Económico, colaboré en el suplemento de Turismo de Los Andes… y como el mundo virtual y el fenómeno de las redes sociales siempre me impactaron, mi enganche con este nuevo diario digital fue instantáneo. Me gustaba su estética, me asombraba la velocidad de actualización de la noticia, y sus periodistas me parecían vanguardistas y cool.
Mi carrera siguió hasta que me enteré que en MDZ se necesitaba un reemplazo: mandé mails, llamé por teléfono, pasé por entrevistas… y quedé. Fue un mes en el que por primera vez laburaba en una redacción, y fue el mes en el que esa adrenalina que sentí me confirmó que esta iba a ser mi profesión para toda la vida.
¡No saben la felicidad que tuve el día en que me dijeron que de ser un reemplazo, pasaba a ser parte del staff permanente! Desde ese momento, hace ya tres años, y hasta ahora, vengo a trabajar contento. A pesar de cualquier otro problema o desánimo.
Me costó mucho animarme al cambio. Ya tenía un camino hecho, una carrera –la Escribanía-, un grupo de amigos –abogados y escribanos que se dividieron: algunos me decían que estaba loco, otros que siguiera el sueño-. Hubo lágrimas, hubo inseguridad, hubo incluso terapia. Y hoy agradezco a Dios, al destino, a la suerte, a la vida –según sus creencias, elijan a quien- haberme atrevido al salto: mi verdadero ser explotó en esta profesión, y puedo mostrarle a todos un 100% Fede Croce desde entonces.
Hoy MDZ transita algo parecido: el diario estaba bien. Seguro. Leído. Instalado. Podría haberse quedado como estaba. Tenía un camino trazado y armado.
Pero no. Salta. Se anima. Cambia. Se renueva. Por eso yo me siento un tipo MDZ.
Estoy seguro de que muchas veces vos mismo sentiste un impulso que te empujaba a cambiar, evolucionar. Como si fuera un envión interior que te arengaba a quebrar límites pacatos y moverte por la tracción irrefrenable del amor, de la urgencia, de la caridad o la fraternidad, del desafío.
Pero te ganó la costumbre de medirlo todo, de calcularlo todo. Te ganó el “estoy seguro así”. Y te achicaste. Te “normalizaste”. Volviste al promedio. No vaya a ser cosa que parezcas un inmaduro. O un delirante.
Para que seamos una sociedad mejor, creo que tenés que hacer memoria y conectarte con aquellos momentos de tu vida en que te inundó la alegría y la desfachatez. Esa etapa en la que sentiste un incendio interior por el gozo de jugarte la vida.
Al fin y al cabo, lector, te pido que seas desmedido y arriesgado.
Evolucionar tiene que ver con animarse a transgredir los límites de la comodidad y de las necesidades personales -que son legítimas y reales, por supuesto-. La verdad es que estoy harto de esa falsa prudencia en la que caemos. Más que prudencia, es mediocridad.
Ojalá que te animes a volverte un poquito loco, saborees la vida y te animes siempre a cambiar, a saltar hacia los desafíos.
¡Traspasá límites!