Después de hacerle el depósito y entregarle el recibo, el cajero lo mira y le pregunta si no fue a la Rafael Obligado. Qué, le dice el otro mientras trata de encontrar a tientas el bolsillo trasero para meter la billetera. Que si no fuiste a la escuela Rafael Obligado, en Dorrego, le repite el cajero, entonces el tipo le dice, sorprendido, que sí, y no te acordás de mí, lo increpa el cajero, entonces el otro lo mira bien, le da una ojeada al tiempo, a los años, y le cae la ficha de que sí, de que se acuerda, de que es el González, el rubiecito ese alto que tenía a todas las compañeras enamoradas, incluso a la Romina, que era por quien él perdía la cabeza y ella ni bola, claro, si estaba hasta la médula con el González, ese mismo que ahora lo mira con una sonrisa y al que le dice ¿González?, y el otro le responde que sí, que es él.
No se iban a poner a charlar ahí, con la cola de gente que había, así que quedaron en encontrarse en un café a la tarde, y ahí volvieron a estar frente a frente los dos, con tres décadas más encima, contándose los recorridos vitales desde entonces y tratando de recuperar imágenes y nombres de maestras y de compañeros, y así empieza a aparecer gente perdida en el tiempo, otra que no tanto pero a la que se ve poco, hasta que uno de los dos pregunta por el Martínez, y el otro le dice que lo ve seguido porque vive cerca de su casa, adonde se mudó hace unos meses, un poco después de que se divorciara.
Tiene pibes grandes, le cuenta el que se sabe de la vida de Martínez, uno ya casado incluso, y en el tono se le nota que quiere largar algo más, que hay algo que se está falsamente esforzando por no contar, y el otro nota que viene por ahí la mano, así que le pregunta en qué trabaja, entonces el que sabe le dice que en una delegación del registro civil, ah, exclama el otro, y después quiere saber si hace mucho que trabaja ahí, y esa era la pregunta, el punto que tenía que tocar para que a ese que ve regularmente a Martínez se le soltara la lengua.
No, qué va a hacer mucho, empieza a largar el otro, hace unos meses nomás, si es una delegación nueva, una que vino a inaugurar el vicepresidente, ¿te acordás? Bueno, no importa. El tema es que el puestito ese se lo ganó de la manera más insospechada. Fijate vos cómo viene a caer ahí. Resulta que la esposa, la ex esposa, mejor dicho, parece que está más rica que un asado con amigos, no sé, dicen, porque no la conozco, y resulta que no viene la mala leche que se calienta con ella un político, un cabezón, el…
El anonadado contertulio lo mira incrédulo y le pregunta si en serio se enamoró de ella el…
Que sí, le dice el otro, entonces la ex del Martínez y el político empiezan a salir, y viste cómo son las oficinas públicas, te enterás de todo, son nidos de víboras, así que se empieza a correr la bola y a estos dos ya no les importa nada, así que ya van al cine juntos, a conciertos juntos, andan juntos en moto y cuanta boludez de novio se te ocurra.
Y el Martínez ni enterado, cancherea el otro.
No, al toque se enteró, dice este, así que ahí nomás empezó a hacerse el boludo, viste, para ver si se le iba la calentura a la esposa, pero no era calentura, che, parece que estaban enamorados de verdad, así que el Martínez decide divorciarse y hacerle juicio a la ex por adulterio. Imaginate que todo el mundo los había visto juntos, así que tenía todas las de ganar.
Me la veo venir y no me la creo, interrumpe el que ahora se está enterando, y arriesga nomás la hipótesis. No me vas a decir que se ganó el puestito en el registro civil para no hacer quilombo.
Tal cual, le confirma el otro. Es de no creer, pero como no le podían bajar el copete al Martínez, porque imaginate que había quedado como un cornudo ante todos, le ofrecieron este puesto, muy bien pago, para que no abriera la boca. Y colorín colorado, el político se quedó con la ex y Martínez con una trabajito de empleado público.
Che, boludo, y a … no le interesará conocer a mi esposa, digo, así cambio de laburo y me aseguro una jubilación del Estado, dice el otro riéndose.
Habría que preguntarle, le dice este.
Alejandro Frias