Desafiando al bien y al mal

Foto: web
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“Paradójicamente los intelectuales se sienten fascinados por la fuerza”. Alan Minc en “Una historia politica de los intelectuales.

En la Argentina de hoy todo apunta a dos escenarios donde ubicarse: el bien y el mal.

¿Quién define eso? Cada sujeto según su punto de vista. Para una porción de la sociedad civil el mal es el gobierno, sus políticas, sus medios afines, la propaganda oficial, el espacio público al servicio del poder.

Para otra parte y especialmente la que representa el gobierno nacional, el Demonio se viste de Clarín, es quien maneja detrás de las bambalinas a políticos obsoletos, caceroleros sin representación y sindicalistas arrepentidos.

En la Argentina de hoy hay casi nulo espacio para lo multicolor, para la zona gris, para quien no quiere optar, o para quien no se siente representado por unos o por otros.

La verdad se obtiene así como promedio, saltando a tientas entre la información, el rumor, las redes sociales y el silencio.

Ambos espacios se definen como únicos y verdaderos. Ambos se llenan de conversos, que van, vienen y vuelven. Los conversos además se transforman en los más combativos: Piumato, Moyano, Timmerman, Bodou, Pichetto, y la lista sería interminable.

Igual ha acontecido en el periodismo, la cultura y hasta en el ámbito de derechos humanos. Nadie escapa a las divisiones y está prohibido o queda mal no tomar posición.

En las guerras los pacifistas siempre son pocos y equivocados.

Mirar el país desde otro lugar permite hacer algunos inventarios. A favor entre otras cosas encontramos los juicios contra la impunidad, la Corte Suprema, las politicas de inclusión, el matrimonio igualitario , el voto joven y hasta la ley de medios en su origen democrático. En el debe está la pérdida de transparencia, el no acceso a la información pública o la información deformada, un estado cerrado, la relación nación-provincias, la calidad institucional, el mensaje mediático del poder central como voz central o única.

En el centro del escenario desespera la falta de un proyecto que sea puesto a consideración de la sociedad, la definición de un modelo económico social que contemple una política de derechos humanos que comprenda la seguridad y la meta para que los sectores populares realmente asciendan socialmente sin ser esclavos de subsidios.

Argentina se rifa sus días sin que miremos el norte o sur educativo, esencia de toda revolución.

Este país, que tiene presente no sabe cómo será su futuro, sólo se puede adivinar que quien obtenga una victoria, será aclamado como el bien absoluto.

Hay batallas que se ganan a lo Pirro y después es tarde para lamentar no sólo el tiempo y generaciones perdidas, sino que salir del odio, del mundo blanco y negro, es más difícil que el abrazo necesario.

Un país que no puede admitir la presencia del otro, que insulta como único argumento, que no respeta la opinión del que disiente, sólo construye abismos cada vez más grandes.

Argentina ha sido desde sus orígenes un país de tamices y colores, y sólo en los períodos más abyectos carecimos de ellos.

Ojalá podamos mantener la pequeña utopía que la democracia no es un espejismo y que como la justicia, la seguridad, los derechos humanos, la verdad, la solidaridad, la inclusión, se ponen a prueba todos los días.

Hay cosas que no se declaman y eso son los valores de una época.

Demasiadas ausencias y dolores tenemos como presente para olvidar que la palabra fue creada por dos seres humanos para ser dicha , escuchada , respondida y que vino para quedarse.