Nada más poderoso que un barco abandonado en el desierto.
Digámoslo así: hay una barca enorme enterrada en el desierto. No es un tesoro y tampoco es una metáfora: hay una barca enorme enterrada en el desierto. Esa barca, a quien la encuentre, le dirá el secreto más importante de la historia de esta tierra: quiénes somos y cuánto hemos perdido.
Digamos ya mismo que “enorme” no es enorme: hablamos de una barca de unos veinte metros de proa a popa, o sea, de una barca pequeña si está al borde del mar y enorme si está enterrada en el pecho mismo del desierto.
De aquí que digamos que, si algún arqueólogo romántico (sería mejor a los efectos de la trama que se tratase de una arqueóloga romántica) es dado a rastrear el destino del navío y dar con él, dará, más que con una estructura que supo del agua y luego abrazó la arena y el silencio (porque sentían vergüenza), daría, decíamos, más bien, con el sentido mismo de la poesía.
Hay una barca escondida en el desierto. Nadie se atreve a decirle que las aguas se marcharon, víctimas de un crimen monumental cometido por el pueblo de Mendoza. Como un muerto que ya nadie quiere ver, casi nadie, porque el huarpe Ramón Azaguate aún la recuerda, mientras se mira las manos como buscando el mapa.
Ni él recuerda ya el sitio donde la ocultaron. Podría ser aquí mismo: debajo de este absurdo espejo de palabras que simulan ser de agua, para tentar al navío y hacer que asome su hocico sin mascarón y nos cuente todo aquello que ha venido callando desde hace 60 años.
Estamos en el desierto, en el secano, en el campo. En un paraje llamado El Puerto, que queda en el límite mismo de Mendoza con San Juan. Hemos venido a visitar a la comunidad huarpe de nuestro amigo, don Ramón.
Venimos al desierto porque tenemos sed y nos iremos de vuelta a casa con la mirada llena de agua (siempre sucede así en este sitio, no debería haber mendocino que no viniese una vez por semana al secano, sin artilugios tecnológicos, sin miedo al sol, sin miedo al polvo y a la soledad, a enamorarse otra vez de uno mismo y de los otros).
Parece cosa de un cuento recordar al padre y al abuelo del cacique Ramón, hace menos de un siglo atrás, en Huanacache, en una Mendoza que ahora se parece más que nunca a un paraíso perdido y que Ramón recuerda sin llanto, bien plantados sus pies en este escenario reconvertido, que, a la sazón, termina siendo también un paraíso.
Allá por los años ’20, ’30 y ’30 esos hombres, su padre y su abuelo, don Patrocinio y don Javier, caciques los dos, como Ramón, por supuesto, pues así son llamados los hombres mayores de estos clanes familiares, supieron nada menos que fundar un pueblo; un pueblo con puerto y todo. Y fueron por más: El Puerto, le pusieron, así como se llama ahora, se llamó desde entonces por obra y gracias de aquellos huarpes.
A las orillas del por entonces caudaloso río San Juan, recién alimentado por las aguas del por entonces caudaloso y bravío río Mendoza, Patrocinio y Javier dieron con el lugar exacto para montar un puerto y ganarse la vida, llevando cargas de una orilla a la otra, tras nadar 150 metros con una soga atada al cuello, al principio.
- Mi abuelo y mi papá hacían unas especies de balsas con cuero de vaca y palos de álamo. Los palos de algarrobo no servían, porque se hundían. Viera usted: no pasaba una gotita de agua. Así, se ataban una soga por el cuello y nadaban hasta el otro lado llevando cosas, como mercadería... Después, se hicieron postas, pasaban de a dos nadadores por vez. Decían: ‘Ahora salen los Azaguate’ o ‘Ahora salen los Jofré o los Villegas’… No sabe usted la cantidad de agua que venía antes por este río…
Miramos el río San Juan, está seco, casi seco, como las rodillas de las lagartijas, algo así. Gracias a que los de la ciudad robamos el agua que abundaba en este indecible complejo de ríos y lagunas, es ahora una formidable cicatriz de sal, que hace sierpes hasta la altura de Los Ralos, donde se encuentra con lo que era el río Bermejo –otra cicatriz de sal– y éste va a morir en el río Desaguadero –otra cicatriz de sal–.
Una red de cicatrices que delatan las horrendas heridas que causamos: había bosques interminables de algarrobo aquí, había lagunas, muchas lagunas, con peces y canoas y flamencos, nutrias y maizales y huarpes, muchos huarpes a los que llamaban “laguneros”. Todo eso murió en casi todo sitio: pero aún quedan los ojos de Ramón, donde vuelan aves y tiritan peces contra el crepúsculo.
- Después de las sogas, consiguieron llevar un cable de una orilla a la otra e hicieron una balsa más grande con álamo y cuero. Igual tenían que hacer el cruce nadando. Y le pusieron El Puerto a todo este lugar. Iban a cada rato de Mendoza a San Juan y de San Juan a Mendoza. Ahí ya incluso llevaban materiales de una mina de sulfato que había por acá cerca. Así fue hasta que, allá por 1940, llegó el bote…
El bote del que habla Ramón es la barca (yo le digo barca, porque suena más lírico, pero era un bote, un enorme bote, de veinte metros).
- Ahí se fueron acabando las cuadrillas de nadadores… Ellos se fueron dedicando más a cruzar animales. Viera usted cómo nadan de rápido las vacas y los chanchos… Usted lleva al primer animal, con el cencerro, y todos los demás lo siguen, nadando… El que tiene problemas para nadar es el bicho chico, como las cabras, los chivos… Yo me acuerdo que, a la oración (la hora en la que baja el sol y se espera al Lucero), se juntaban cien capones de chanchos y los arriaban al agua. Usted viera lo que era eso… Seguían después 130 kilómetros arriando chanchos, durante toda la noche, hasta Casuarinas, en San Juan.
Así, entonces, en aquel puerto, con aguas profundas, allí donde ahora el desierto reina, el comercio creció aún más: de uno y otro lado, tuvieron su auge las flotas de carruajes: “El sanjuanino Carrión llegó a tener veinte carros, tirados por seis mulas cada uno; imagínese usted...”, recupera el cacique.
No duró mucho la bonanza. Si bien el movimiento en El Puerto creció hasta fines de los años ’40. Como en cualquier buena historia que se precie de tal, jamás dejó de estar presente la noción de la tragedia inminente: conforme crecía más y más la ciudad de Mendoza, las aguas bajaban. Bajaban y bajaban. Bajaban mucho más y seguían bajando.
- El bote ya no pudo seguir…
- Y, no… Quedó a un costado y después se fue enterrando. Ya ni me acuerdo bien dónde quedó.
Las aguas dejaron de llegar. Los bosques ya habían sido talados para construir el ferrocarril. Las aves y los peces se fueron a morir quién sabe dónde. Las lagunas se transformaron en enorme hoyos sin viento. Don Patrocinio murió y, luego, también murió do Javier y Ramón se fue haciendo hombre y tomó a cargo su clan, ya no como un lagunero con lagunas, sino como un lagunero del desierto que reconvirtió la economía familia a la cría de animales de corral y a la venta del precioso junquillo y no mucho más. En 1986, vinieron unos ingenieros con cascos amarillos y planos y topadores e hicieron un puente.
Nosotros aquí, por nuestro lado, levantamos este infierno urbano a costa de condenar a la desnutrición severa a aquel paraíso de los huarpes. Nadie que quiera saber realmente quiénes somos, debiera desconocer el hecho de que, como decía Balzac, toda fortuna esconde necesariamente un crimen.
Laura, una de hijas de Ramón, nos avisa que el chivito está listo. Somos muchos a la mesa y estamos contentos: unos por unas cosas y otros por otras. El vino con hielo calma el calor, aquí, en El Puerto, a un costado de una fenomenal cicatriz de sal que antes fue un río.
Somos, si bien nos miran, modestamente felices en este mediodía de oro. Nos queda claro: donde hubo río, cenizas quedan. Cenizas que nos enseñan lo único importante de esta vida: dejar un rastro.
Ulises Naranjo, Postales Mendocinas.