"“Se podrán quedar con la Fragata pero con la libertad y la dignidad de este país no se va a quedar nadie”. La frase de Cristina Fernández, demasiado teñida de despecho, no era propia de un comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. Si las chapuzas del Gobierno habían puesto al borde del ridículo a un barco de guerra, a su tripulación y a los invitados extranjeros, su definición despojaba al buque escuela de su condición de símbolo de la soberanía, de proyección de la nación. El propósito no era otro que quitarle gravedad al incidente y, sobre todo, afirmar la voluntad de no establecer una negociación pública , sinónimo de claudicación en el ejercicio del poder según los manuales de conducción política del kirchnerismo. Pero podía adivinarse algo más: la jefa de Estado se había apropiado de la facultad de señalar en cada momento dónde está depositada la soberanía".
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