Un tinto y dos blancos están entre los vinos franceses que más gustaron en este viaje. Y como no sé describirlos, simplemente debo decir que me parecieron diferentes, inolvidables, y que transformaron en únicos a los momentos en que los probamos.
El tinto fue un Guigal 98 llamado “Brune et Blonde de Guigal” (“Morocha y rubia de Guigal”). Es una bodega de la Côte Rôtie que conocí en 2011 junto, entre otros, a Alejandro Vigil, Matías Michelini, Jorge Ricitelli y Bernardo Bossi. En aquella visita nos habían impresionado los vinos top de Guigal (la trilogía “La-La-La”), y esta vez el “Brune et blonde” me volvió a impresionar. Representa todo lo que le pido a un gran vino: que impacte desde el principio hasta el
final, que sea armónico, sin que nada le falte ni le sobre, y que no me lo olvide nunca.
Los blancos fueron un Chablis 85 y un Chassagne Montrachet 94, los dos con base Chardonnay. Lo primero que hicimos fue sacar cuentas: uno tiene 27 años y el otro 18. Y están estupendos. Me hicieron acordar a un Beaucastel 69 que tomamos el año pasado en Châteauneuf-du-Pape y que nos hizo preguntarnos si alguna vez lograríamos blancos tan longevos en la Argentina.
El Chablis y el Chassagne Montrachet (el Montrachet es el favorito de Hannibal Lecter, dicho sea de paso) están así por varios factores, según nos decía Marcelo Pelleriti. Y mencionaba a la acidez natural de los vinos, al suelo, la mineralidad y, en definitiva, al terroir. Marcelo dice que no necesariamente tienen que haber tenido mucha madera al principio y que quizás no eran tan indomables como se podría suponer: “El terroir es el terroir”. Y llegaba a la misma conclusión que el resto: todavía tenemos que esperar unos cuantos años para saber si nuestros blancos actuales pueden tener esa evolución. Lo cual nos lleva a otro tema que mencioné en un post anterior: que hay que seguir trabajando muy bien, pero con la humildad de saber que otros hacen grandes cosas desde hace mucho tiempo.