En Trapalanda, lo importante es que nadie sepa

"Trapalanda era un pueblo mítico, la meta de todos los que en el siglo XVI llegaron a América para inflarse con el oro y las joyas de las naciones indias. Lo llamaban también La Ciudad de los Césares y no porque tuviera alguna conexión oculta con el mundo romano: los “Césares” eran los “susanos”, las “paquitas” del descubridor Francisco César, un logrero llegado con Gaboto que emplazó a Trapalanda en algún punto perdido de la Patagonia, entre Chile y Argentina. Trapalanda no era ni dejaba de ser El Dorado y jamás se conoció de ella otra cosa que su discutible fama. Cinco siglos más tarde, “las tierras de Trapalanda” volvieron a ocupar su puesto en la utopía bajo la forma de jóvenes empeñados en huir de una civilización que los convertía en modernos esclavos. Idealismo puro, esfuerzo inútil. Ambición por ambición, vida por vida, el ideal de los chicos europeos que se refugiaban en los poblados fantasma de los Pirineos era más noble que el de los Césares".

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